Animalistas y bestias

Miguel del Pino

El reciente ataque, presuntamente por parte de animalistas, sufrido por los trabajadores del Circo Quirós durante una de sus actuaciones en Madrid, nos debe mover a la reflexión sobre la necesidad de actuar ya, con todo el peso de la Ley sobre quienes se comportan de manera delictiva amparándose en su supuesto amor por los animales.

El ataque se produjo en plena pista del Circo. Fueron varios los energúmenos que hicieron que el domador de caballos que actuaba acabara en un hospital con fuertes lesiones. A las pocas horas los agresores estaban en la calle, lo que resulta difícil de comprender por quienes no somos expertos en temas legales.

Aproximadamente 200.000 personas votan en España al llamado "Partido animalista": somos muchos los que nos resistimos a creer que la mayoría de estos ciudadanos defienda las tesis radicales de estos activistas agresivos; antes bien parece que muchos de ellos pican el anzuelo lanzado por los mismos o comen los caramelos envenenados fabricados por unos ideólogos socialmente muy preocupantes.

El llamado "animalismo radical" es un fenómeno relativamente reciente, aunque sus raíces se remontan a los años setenta del pasado siglo. La investigación profunda de aquellos comienzos revela una turbia hoja de servicios plagada de verdaderos desastres ecológicos, como la liberación de visones en el Guadarrama madrileño o el apoyo a multinacionales de fuerte potencial económico, como las de la peletería sintética. Todo ello sin la menor base científica.

Si nos movemos sólo en el terreno sentimental, cabría pensar que los animalistas son personas sensibles y de buenos sentimientos que manifiestan en su defensa del bienestar de los animales: todo ello no se compadece con la brutal agresividad que en ocasiones, como la que comentamos, muestran estos "amigos de la fauna" y poco sensibles con el sufrimiento de nuestra propia especie.

En la agresión al domador del Circo Quirós hay varias circunstancias especialmente lamentables, como la que supone que dicha agresión se produjera en plena actuación, o sea, en el desarrollo de su puesto de trabajo, el de un trabajador humilde, realmente un obrero de la pista que no sería extraño que haya pasado en alguna ocasión verdaderas penurias para sacar adelante a su familia y a sus animales: el ataque constituye una verdadera canallada.

Porque el mundo del Circo es un mundo de modestia económica y social cuando no de auténticas privaciones y aún de calamidades. En países como México, la presión y los ataques animalistas han llevado al sacrificio de centenares animales, como caballos, perros y felinos que seguramente no llevaban una existencia de mala calidad bajo los cuidados de los artistas con los que compartían la azarosa vida circense.

Las gentes del Circo son duras, sobrias y resistentes, virtudes cinceladas por la dificultad de sacar adelante día a día el llamado "Mayor espectáculo del mundo", pero sorprende su reacción ante estos ataques brutales que suele ser por lo común extraordinariamente pacífica; otro tanto sucede con los miembros del colectivo taurino, cuya respuesta suele ser muy moderada a las agresiones que tienen que sufrir cada vez más frecuentemente.

Comencemos por reconocer que el Circo requiere una profunda regulación que hace varios años se viene produciendo. Algunos animales deben salir de las pistas, ya que sus condiciones de vida en las jaulas y los carromatos son hoy día inaceptables.

Ya no veremos más grandes primates vestidos de futbolistas o de marineritos para provocar risotadas con sus tristes gracias: han sido retirados y trasladados a refugios que les proporcionen una vida cómoda que merecen; también muchos felinos tienen los días contados en el Circo, aunque quienes defienden su presencia argumentan que crían con facilidad en él, pero a pesar de todo sus rugidos y zarpazos, éstos reales o fingidos, también se encaminan a la desaparición.

Los elefantes serán los próximos en abandonar la actividad circense ya que es imposible mantenerlos en buenas condiciones en las carpas que se instalan para acogerlos. La mayor parte de los ejemplares muestra "tics", como balanceos constantes u otras anomalías de conducta. Su futuro está en las reservas, aunque para asegurar su bienestar hay que ir poco a poco y asumiendo el coste de su reubicación o "jubilación", si queremos llamarla así.

De estas reflexiones lógicas a tratar de prohibir la presencia de toda forma de vida animal en las pistas hay un abismo. Los caballos, los perritos u otros animales susceptibles de recibir buenos cuidados y hasta mimos en las instalaciones que comparten con sus adiestradores no tienen que ser sacrificados, como está ocurriendo cuando los circos cierran arruinados o tratan de convertirse en "ecológicos", terrible paradoja cuando algunos tratan de describir a los circos sin vida animal.

Y las agresiones deben haber llegado hasta este punto de inflexión que ha supuesto la agresión en Madrid al Circo Quirós. Las autoridades francesas han tomado ya muy en serio las agresiones de los animalistas antitaurinos, ha llegado la hora de que las nuestras defiendan a las personas de la agresividad de las bestias, y no nos referimos a las cuadrúpedas.

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