Animalistas y bestias

Miguel del Pino

El Senado francés anuncia la apertura de una investigación a fondo sobre las raíces del llamado "movimiento animalista". Los conatos de violencia que se vienen registrando con agresiones a quienes acuden a espectáculos taurinos en el país vecino han motivado esta iniciativa.

Quieren las autoridades francesas conocer este fenómeno a fondo, llegando hasta sus raíces, implicaciones y financiación, que seguramente son más complicadas que lo que podemos pensar quienes no participamos del furor de estos grupos. Deberíamos tomar ejemplo.

En principio el movimiento animalista va en contra de lo que llaman "especismo", es decir de que el hombre se considere superior a los animales; pero los más radicales no se detienen aquí, sino que llegan a proponer que nuestra especie deje voluntariamente de reproducirse y pase así a la auto extinción, dado que, consideran al hombre fuente y origen de todos los problemas del planeta.

Comenzamos esta carrera demencial con las manipulaciones típicas sobre los análisis del genoma, humano y de otras especies, por ejemplo: el parecido entre algunos de ellos, como el del hombre y el chimpancé es tomado como irrefutable prueba de que somos prácticamente la misma cosa.

Más adelante, los más exagerados hablaban de la similitud entre el genoma del hombre y el de la mosca del vinagre, Drosophila melanogaster : el mensaje está claro: "olvídese de sus supuestos valores, humanos, religiosos, patrióticos; usted es como la mosca del vinagre".

Y decía un amigo mío, medio en broma medio en serio, que desde que escuchó tal desatino no podía evitar cada vez que se afeitaba encontrar en su rostro rasgos de díptero. Por lo menos que no falte el humor, pero los mensajes ultra animalistas contienen auténtico veneno.

A lo largo de la Historia de la Humanidad han ido apareciendo y desapareciendo crueles deidades que exigían sacrificios humanos, pero no tantos como quienes predican la extinción global humana. Seguramente pretenderán salvarse ellos, como los gurús que conducen al suicidio colectivo a los miembros de sus sectas cuando ya sus cuentas corrientes están suficientemente esquilmadas.

Una sola patria, el planeta, sustituye para estos fanáticos a las de las respectivas patrias de los terrícolas y una sola religión, la adoración a Gaia, se impone a las diferentes creencias religiosas de esos humanoides reducidos a la condición de moscas del vinagre. A todo esto nos referíamos en un párrafo anterior al hablar del veneno de los mensajes.

Y vamos a la posición de los animales dentro de este monstruoso delirio. ¡Se acabó el especismo! Todos somos iguales y nuestra especie no tiene ningún derecho sobre el mundo animal; ni de explotación, ni de consumo, ni de objeto de admiración o de recreo, de manera que fuera los zoológicos, circos, espectáculos ecuestres o con perros, y no digamos la Tauromaquia, aquí los animalistas se muestran especialmente crueles al desear "ningún torero sin cornada", viejo lema del pasado siglo, o en la actualidad reclaman muerte a todos los toreros y además, escarnio y befa sobre sus tumbas.

¿Se puede llegar más lejos en la aberración? La respuesta es ¡Sí!, como han demostrado los infames comentarios deseando la muerte a Adrián, el niño que quiere ser torero y está afectado por una grave enfermedad. Tranquilo, Adrián que muy pronto estarás bien y seguro que eres capaz hasta de perdonar a tanto indeseable.

Confieso que mi columna de esta semana en Libertad Digital viene originada por la pregunta de un oyente de nuestro programa Jungla de asfalto que quería saber, con tanto sarcasmo como amargura, si "era posible cambiar de especie", ya que se negaba a pertenecer a la misma que los bestias de los mensajes contra este niño difundidos en las redes sociales. No se puede, qué le vamos a hacer, habrá que luchar contra ellos.

Hasta la irrupción de este movimiento animalista fanático, la protección de los animales corría a cargo de las "buenas personas", lo que los romanos llamaban "vir bonus", algo que no es sencillo definir pero que todos entendemos. Algunos se organizaban en sociedades protectoras, generalmente con gran esfuerzo de sus propias economías, no siempre boyantes, otros actuaban de muy diversas formas, cada uno según sus fuerzas, como los chavales que dedicaban sus vacaciones a la observación de nidos de rapaces para evitar que fueran expoliados.

La lucha para evitar el sacrificio de los perros y gatos que son recogidos por los diversos servicios municipales es buen ejemplo de lo que puede ser una causa digna de esfuerzo para las personas sensibles que no pueden soportar la idea de que se produzcan tales matanzas a seres que podrían pasar a alegrar la vida de otras tantas familias que se implicaran en su adopción.

En este caso se lucha por el bien, aunque algunos ciudadanos no compartan o traten de exagerada semejante causa.

En esta ocasión, quienes ponen la supuesta defensa del toro por delante de la curación y mimo de un niño enfermo, representan la maldad en estado puro. Esta es la diferencia.

Doscientas mil personas han votado en España al llamado "Movimiento animalista". Me niego a creer que la mayoría de estos votantes pertenezcan al mismo colectivo de quienes se manifiestan en las redes sociales haciéndose selfies con sus comentarios en los que no salen nada favorecidos. El tiempo irá retratando a cada uno, pero confío en que las brutales e inhumanas exageraciones de estos individuos aparten de sus filas a muchos engañados.

Los pobres animales son este caso las principales víctimas de los animalistas radicales. Cientos de caballos y otros animales de circos, hipódromos, zoológicos y otras instituciones similares han tenido que ser sacrificados a causa de la ruina de quienes los mantenían y no han podido resistir los ataques de los animalistas. No siempre las condiciones de su vida eran malas.

Nunca mejor dicho: hay cariños que matan.

Adrián: ni caso, y a lo tuyo, que es curarte y ser un buen hombre, tan bueno que no guarde rencor a tanto malvado.

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