Alberto Garzón, la carne y el surrealismo

Miguel del Pino

Voy a hacerle un favor al ministro Alberto Garzón suponiendo que su capacidad intelectual es mucho más limitada de lo que cabría suponer a alguien que ha alcanzado tan alto grado en el gobierno.

Porque suponiendo cualquier otra opción, tras el estudio de sus recientes recomendaciones sobre la conveniencia de limitar el consumo de carne, la valoración de su capacidad sería bastante más negativa.

Un mantra supuestamente ecologista para contribuir a "salvar la Tierra", esa es la base sobre las que se asientan los consejos "sanitarios" y "ecológicos" del ministro Garzón; una de las últimas modas de las tendencias hippy-ecológicas es la satanización de la ganadería y la propuesta del veganismo como práctica supuestamente natural y sana.

Por lo menos, en este caso, los fundamentalistas anti-carnívoros no se han inventado ningún jefe piel roja lanzando mensajes acordes con sus deformaciones ideológicas; las tribus indias norteamericanas convivían con las gigantescas manadas de bisontes formadas por millones de ejemplares y ni se agotaba el agua, ni se contaminaba la atmósfera, ni faltaba la carne para la buena alimentación de sus miembros.

Especialmente preocupante es que estas recomendaciones procedan de un ministro comunista: la escasez de carne en la dieta es propia de países poco o nada desarrollados y la dieta derivada de tal carencia supone importantes limitaciones para la parte menos favorecida económicamente de la población, precisamente aquella por la que más debería luchar el mandatario.

Remitamos al ministro a los castizos tiempos del género chico, de aquellas zarzuelitas cortas fundamentalmente madrileñistas. Un personaje muy típico de tal teatro costumbrista eran el empleado del matadero o el carnicero: todos se afanaban en buscar su amistad ya que de ella podía derivarse algún regalito cárnico con que aliviar la falta de proteínas.

Nos hemos trasladado al Madrid en transición entre los siglos XIX y XX. ¿Sabe el ministro Garzón cual era la principal fuente de proteínas para el consumo del pueblo? La respuesta es: un par de sardinas arenques secas al día, el resto garbanzos, lentejas o arroz. ¿Dejamos la carne y volvemos a tan sufrido producto marino y a los "porotos", como llaman en Argentina a estos vegetales simbolizando en ellos, desde luego injustamente, la pobreza?

Si pensamos en las dos grandes familias de plantas cuyos frutos y semillas nos proporcionan el mínimo proteico necesario, las leguminosas y los cereales, es cierto que tenemos una gran deuda de gratitud con nuestros antepasados que aprendieron a cultivarlas; la lenteja, la judía, el garbanzo, el guisante, la soja, el arroz, el trigo, la cebada, el centeno y algunas otras, son básicas en nuestra alimentación pero sus proteínas tienen menor valor ecológico que las contenidas en la carne.

El complemento cárnico de la dieta de cualquier población humana enriquece la dieta y no debe limitarse a las clases sociales más favorecidas; esta es una conclusión demoledora para la ideología del ministro Garzón, cuya cara debe estar aún congestionada por la bofetada del presidente en forma de elogio al chuletón al punto.

También el presidente Sánchez ha estado aquí desafortunado y grosero ya que no se trata de elogiar o criticar las opciones individuales, siempre respetables, sino la conveniencia, ecológica y económica del consejo ministerial.

El hombre es carnívoro desde sus ancestros

Una de las conclusiones arrojadas por los estudios realizados en plena naturaleza con los grandes primates como protagonistas, concretamente los de Jane Goodall en Tanzania sobre los chimpancés, nuestros antropoides más próximos genéticamente, es que son mucho más carnívoros de lo que se suponía.

Gorilas y orangutanes son más vegetarianos estrictos, pero los chimpancés son eficaces cazadores y glotones carnívoros, como debieron de ser nuestros ancestros humanoides. Disguste a quien disguste.

Los supuestos ecológicos que maneja el ministro Garzón para recomendar la limitación del consumo de carne llegan al surrealismo, por no decir claramente a la falsedad. Un ganadero de reses bravas, don José Vázquez, no ha tardado en echar cuentas sobre el consumo de agua real del ganado vacuno a lo largo de su vida; se va el ganadero al caso extremo del sacrificio de una vaca de quince años, que habrá bebido unos veinte litros de agua al día durante su vida. Esta situación es muy diferente de la real, ya que las reses se sacrifican generalmente en edad de añojos.

¿Dónde están los miles y miles y litros de consumo de agua supuestos? Si a lo que se refiere Garzón es al cultivo de pastos y de vegetales para los piensos ¿le parece que tampoco es ecológica la actividad agrícola? ¿Qué apostamos a que acabamos de verdad con la España rural si seguimos por estos caminos?

La España rural está demasiado debilitada por los ancestrales malos tratos de nuestros políticos para poder soportar más afrentas procedentes de la incomprensión y de la ignorancia. Nuestro planeta no necesita salvadores, pero nuestro campo sí. Sr Garzón: ¿Nos recomienda una reducción de nuestros recursos ganaderos?

El equilibrio, tanto ecológico como económico de nuestros sistemas rurales, es imprescindible para la supervivencia de la totalidad de nuestro entramado social y nuestra economía; lejos de lanzar descabellados ataques contra cualquiera de los pilares del campo, ganadería, agricultura, caza, turismo rural, o cualquier otro, bien harían nuestros dirigentes en cuidar y mimar tan complejo patrimonio.

Y si no son capaces de hacer lo que llevamos al menos dos siglos esperando, por lo menos que tengan la prudencia de callarse.

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