¿Un eje Rusia-Turquía?

Mario Noya

Eso es lo que se preguntan y temen muchos en Occidente luego de la visita que Recep Tayyip Erdogan rindió a Vladímir Putin el pasado día 9, en su primer viaje al extranjero tras el fallido golpe de Estado del 15 de julio, que ha permitido al islamista desatar un tan planeado como exitoso contragolpe que está provocando estupefacción entre los que se preguntan y temen si se está fraguando la referida alianza entre esos dos regímenes liberticidas.

Como dicen MacFarquhar y Arango, Erdogan y Putin tienen en común el autoritarismo, el nacionalismo y la fobia a la prensa libre –y el machismo, aporta Aydintasbas–. Así como el resentimiento hacia un Occidente que los habría humillado y ofendido. "Tras la Guerra Fría, ambos [Rusia y Turquía] fueron apartados del proyecto de la Gran Europa", aduce Lukyanov. "Paradójicamente, fueron Putin y Erdogan quienes, en los inicios de sus respectivos mandatos, hicieron los mayores esfuerzos para encajar en el proyecto. Así que los dos tienen parecidas historias de decepción" a sus espaldas, y sobrados motivos para forjar un pacto de apestados.

Pero hay pocas razones para argumentar que estamos asistiendo a un vuelco geoestratégico de semejante envergadura, sostienen no sólo Danforth y Miller. Rainsford incluso lo ve imposible.

Porque sigue siendo mucho, y sobre todo sustancial, lo que les separa. Empezando por el gran asunto, Siria, que de hecho hizo saltar por los aires las relaciones entre Rusia y Turquía a finales del año pasado, luego de que los turcos derribaran un avión ruso de los que están manteniendo con vida al carnicero de Damasco, enemigo jurado del histérico de Ankara, que sin vergüenza en un primer momento presumió de semejante hazaña, posteriormente pidió disculpas y ahora anda echando el muerto encima a la permanente conspiración gulenita. Erdogan dice digo y Diego y ahora no se cansa de llamar "amigo" a Vladímir Putin, pero Vladímir Putin no olvida, como dejó gélidamente de manifiesto en el encuentro de San Petersburgo (¿fue cosa de muy mala idea organizarlo en el Salón Griego del Palacio de Constantino?), donde lo primero que hizo fue aludir a la referida "tragedia", que en boca de Erdogan se convirtió en un "lo que pasó", como con perspicacia advirtió Suchkov.

Desde noviembre de 2015, el formidable putinismo ha emprendido una feroz campaña antiturca que incluso ha resucitado los conflictos de Rusia con el Imperio Otomano y pinta a los turcos como un hatajo de traidores. Cuando el derribo de su caza, Putin habló de "puñalada por la espalda"; a la que respondió con una guerra económica que ha devastado la agricultura y, sobre todo, el turismo de lo que queda de la Sublime Puerta: se calcula que, en el primer semestre de 2016, el desplome del turismo ruso (de 4 millones de visitantes a sólo 100.000 en sólo un año) ha provocado pérdidas en ese sector de unos 840 millones de dólares.

Las relaciones se están recomponiendo y las sanciones levantando, pero la desconfianza rusa hacia el país demonizado por el putinismo (al punto de que una encuesta en Rusia lo situó en el tercer lugar en el ránking de enemigos de la Patria, sólo por detrás de EEUU y Ucrania) sigue ahí, en el ambiente y en los organismos multinacionales: Lynch afirma que el otro día el embajador ruso ante la ONU bramó contra Ankara por seguir permitiendo que las fuerzas anti Asad campen por sus respetos en la frontera turco-siria –"sin que ninguno de ustedes haga nada", aprovechó para acusar a sus colegas del Consejo de Seguridad, en una reunión a puerta cerrada–. Por lo que hace al propio Putin, en la víspera del histórico encuentro con Erdogan se reunió con el presidente de Irán, el otro gran valedor del gran enemigo del turco, y al día siguiente hizo lo propio con el de Armenia, país que tiene unas relaciones históricamente pésimas con el país donde hablar del genocidio armenio se considera literalmente un crimen que puede llevarte a la cárcel.

A Putin y Erdogan les separan Siria y la cuestión kurda… y la lucha contra el terrorismo y el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán y el equilibrio de poder en el Cáucaso y en Asia Central; incluso Crimea y Chipre –paradójicamente, apuntan Danforth y Miller, Ankara quiere salir de este último atolladero y Moscú, que los turcos sigan ocupando el norte de la isla y, por tanto, enfrentados con la prorrusa Grecia–. Pero desde luego tienen margen para la colaboración, para embarcarse en una empresa signada por el "oportunismo constructivo", que dirían las fuentes de Suchkov en el Kremlin. No en vano Rusia es el segundo mercado exportador de Turquía, y el comercio bilateral ha alcanzado los 25.000 millones de dólares y quieren que en breve llegue a los 100.000. Por lo que hace a la energía, Rusia ha puesto ya más de 3.000 millones en el proyecto para la construcción de una planta nuclear en la localidad turca de Akkuyu, que Ankara considera una "inversión estratégica" (20.000 millones); y, como recordaba aquí el otro día Jesús M. Pérez, se ha reactivado el proyecto Turkish Stream, un gasoducto que permitiría a Moscú dar salida a sus exportaciones de gas por vías alternativas a las europeas, fuentes permanentes de conflicto de Rusia con la UE y con buena parte de los antiguos miembros del Pacto de Varsovia.

De este oportunismo estratégico, de este pacto entre apestados quien puede obtener y de hecho está obteniendo más provecho es el autócrata ruso, al que de momento su socio ha regalado, sin siquiera pedirlo, 1) el descabezamiento del Ejército turco, que parece tener mucho más presente que su presidente que, en estos momentos, Rusia tiene a Turquía prácticamente cercada (vía Crimea –en el norte–, Armenia –en el este– y la inevitable Siria –en el sureste–); y 2) una fenomenal fuente de tensión en esa OTAN que no le permite moverse completamente a sus anchas en –de nuevo– Siria y, no menos importante, Ucrania.

¿Acabará este turbulento estado de cosas provocando la expulsión de Ankara de la OTAN? Eso es lo que piden ciertas voces muy influyentes, que públicamente advierten: "Turquía no es de fiar". Putin, en cambio, seguramente prefiera que la herida siga abierta para seguir hurgando en ella: después de todo, alertan Zilberman y Erdemir, su proclamado "amigo" Erdogan le prestaría un mayor servicio como "aliado deshonesto" de la Alianza Atlántica que como verso suelto impredecible.

© Revista El Medio

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