La Pasión de Màxim Huerta

Marcel Gascón Barberá

Hace unos días vi, con más de 15 años de retraso, La Pasión de Cristo de Mel Gibson. La vi para preparar una entrevista con la actriz rumana que hace de Virgen María en la película, Maia Morgenstern. La Pasión de Cristo me pareció una obra de arte formidable. Hace más por la religión que todos esos curas que, como el Papa, se avergüenzan de serlo. La película de Mel Gibson también me ha dado la idea para titular este artículo.

Unos días antes de que yo viera La Pasión, Màxim Huerta fue entrevistado en el programa de TV3 Planta baixa. A la sombra de la Ciudad de las Artes, joya de la corona de la Valencia luminosa que nos dejó aquel exuberante PP, Huerta se sinceró ante el visitante catalán sobre su fugaz experiencia de ministro. Lo primero que me llamó la atención fue cómo se lo propusieron. Sánchez le llamó un día por teléfono y le ofreció el puesto. Quiero que seas mi ministro de Cultura, le dijo a bocajarro, sin preguntarle siquiera qué tenía pensado hacer una vez en el cargo. Los socialistas siempre le han dado mucha importancia a la cultura.

Huerta también habló para la tele catalana de su primer Consejo de Ministros. Con franqueza poco habitual para un político, dijo que pasó ciertos nervios, y que los demás ministros le parecieron muy preparados… para parecer que estaban preparados. Quien más le impresionó fue, sin duda, Carmen Calvo, a la que definió, con la colaboración del entrevistador, como una especie de Nostre Senyor que con su aura presidía el cónclave. Al menos para TV3, la parte estrella de la entrevista fueron, sin embargo, sus confesiones sobre su renuncia al ministerio una semana después de que asumiera el cargo.

Huerta fue acusado en los medios de haber defraudado a Hacienda en el pasado. Aunque el ministro ya no debía nada y había pagado por aquella irregularidad una sanción administrativa, la presión mediática le puso contra la pared, y Huerta capituló sin presentar batalla presentando inmediatamente su dimisión. Tres años después de aquello, Máximo I el Breve denunciaba la virulencia de la turba que le arrastró al fango, y se quejaba de que el Gobierno le dejara caer sin una simple llamada de Sánchez para preguntarle cómo estaba.

"He perdido la autoestima", decía el exministro al programa de TV3 sobre las heridas que le dejó el affaire. La entrevista me pareció, en su momento, un ejercicio de sinceridad admirable. Yo ya tenía por Huerta una cierta simpatía. Primero por la naturalidad con la que, después de su paso por el Gobierno, había vuelto a utilizar su nombre original, Máximo, un acto de apostasía a ojos de los nacionalistas en las regiones con lengua propia, que exige cierto valor si se hace desde las filas progresistas. Pero, sobre todo, porque Huerta tiene ahora un magazín de tarde en la tele autonómica valenciana que veo con mi familia siempre que voy a España.

A diferencia de otros presentadores de la cadena con más bilis política, Huerta se muestra generalmente como un hombre de concordia. Originario de Utiel, el exministro es de los pocos profesionales del canal que respeta la identidad lingüística de lo que un amigo de Requena llamaba la Valencia castellana. El asunto parece ser importante para Huerta, que insiste en no traducir los nombres de sus pueblos y no tiene problema en cambiar al castellano cuando habla con sus vecinos. A mí me parece que le honra.

Esta simpatía, y la autenticidad que había percibido en la entrevista, me llevaron a escribirle un correo a la dirección de contacto de su editorial. Por una parte le felicitaba por la entrevista, pero también le invitaba a una paella en mi pueblo. Si dice que sí la hará mi madre, que también disfrutó de la entrevista y comparte mi simpatía hacia Huerta.

Este 29 de diciembre, el presidente Sánchez ha condecorado a 23 exministros por el mero hecho de haber sido ministros. En la lista está también Huerta, cuyo nombre ha sido utilizado por todos los que han criticado la frívola arbitrariedad de la medida. No porque Huerta sea peor que el resto de condecorados, sino porque sólo estuvo siete días en el cargo, lo que hace especialmente ridículo el homenaje.

Horas después de que se anunciaran las condecoraciones, Huerta era tendencia en Twitter, de donde el periodista y escritor de Utiel desaparecía súbitamente entre mensajes de apoyo compungidos de sus amigos y compañeros. "Otra jauría contra Màxim Huerta", ha escrito, por ejemplo, Carme Chaparro en Yahoo Noticias. "Hoy el acoso, la burla y el rencor vuelven a darle caza por algo que él no ha pedido", ha dicho la periodista, que también ha desvelado que Huerta pensó en "quitarse la vida" por el "nivel de escarnio público" que sufrió tras su experiencia como ministro.

Mirando atrás a la entrevista, creo ahora que Huerta pecó de victimismo. Nadie puede reprocharle su sufrimiento o ponerlo en duda. Pero, hasta donde yo sé, nadie ha rebasado con el presentador los límites tolerables de crítica, que incluyen el escarnio, propios de una sociedad democrática. Los insultos, los desprecios y las descalificaciones son el pan de cada día de todo político, de todo personaje público, y así debe ser en democracia. Quien no pueda soportarlos no debería aceptar un cargo de ministro. Y haría bien en no querer ser una estrella, porque con la fama viene la exposición, que sólo en el caso de los dictadores viene libre del peaje de la mofa y el insulto.

Menos perdonable que lo del periodista es la sobreactuación de sus afectados defensores. Si Huerta es poco menos que un Nazareno que carga la cruz de la que será colgado, ¿qué podemos decir de los insultos sistemáticos que reciben Isabel Díaz Ayuso, Pablo Iglesias o Esperanza Aguirre? ¿Qué hacemos con los escraches a Cifuentes? ¿Y con el calvario que mató a Rita? ¿Cómo llamanos a las 169 portadas de Camps? ¿Qué decimos del suelto de El Mundo que le deseaba la muerte a Bosé? ¿Y de la deshumanización constante de Santiago Abascal, que creció entre camisas pardas con pistola que querían matarle y sigue recibiendo pedradas en los mítines?

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