La gran decepción

Marcel Gascón Barberá

El miércoles por la mañana, poco después de las nueve, me despertó una llamada de teléfono. Era mi amigo Constantino Navarro. Estaba eufórico y quería darme las novedades. Estábamos ganando. Trump se había llevado Florida. Ganaba con holgura en otros estados clave y muy mal le habían de ir las cosas para perder la reelección ante Biden. Han pasado varios días desde entonces, y a Trump le han ido las cosas tan mal como le podían ir.

Aunque cuando terminaba de escribir este artículo aún no se conocían los resultados finales, está bastante claro que el nuevo presidente será Joe Biden. Si la Justicia no lo remedia, invalidando estos resultados por las irregularidades que denuncia Trump, el magnate de Queens habrá de abandonar pronto la Casa Blanca, para solaz de sus poderosos enemigos en América y sus émulos en Europa y el mundo.

Para mí, personalmente, será una gran decepción. Estos cuatro años de Trump se han caracterizado por una exuberancia económica claramente atribuible a sus políticas de desregulación, justicia en la guerra arancelaria y apoyo desacomplejado a quienes trabajan, construyen y crean riqueza. Una exuberancia económica, por cierto, que ha resistido admirablemente hasta al tsunami del coronavirus.

Un país más próspero es, innegablemente, un país más libre y un lugar mejor en el que vivir para todos sus habitantes. Trump deja una América más próspera, que va camino de volver a los mínimos históricos de desempleo que registró el año pasado. Estos datos no han podido negarlos ni los medios que ahora, después de cuatro años de campaña contra el presidente, celebran ahora la victoria de Biden.

¿Y en quién tienen más impacto estos datos? En la gente que más difícil tenía encontrar trabajo. Los blancos pobres, sí, pero también los negros e hispanos de zonas marginales que esa prensa presenta como los grandes damnificados de la presidencia del racista Trump.

Además de los logros económicos (es decir, sociales), Trump nos deja un mundo mucho más ordenado que el que recibió en 2016 de su fotogénico predecesor Obama. Ya casi no nos acordamos del ISIS, y Corea del Norte parece más lejos que nunca de jugar a detonar bombas. Gracias a la capacidad negociadora del presidente, una parte importante del mundo árabe ha renunciado al señalamiento exclusivo de Israel como causante de todos los males del mundo (es decir, al antisemitismo como política de Estado) para sellar acuerdos hasta ahora impensables con el Gobierno de Netanyahu.

Y no nos olvidemos de China. Trump ha contribuido como nadie a abrir los ojos al mundo sobre la voracidad y las malas artes de la dictadura comunista china, aunque Bruselas necesitara una pandemia para empezar a darse cuenta.

Pero, más allá de estos éxitos concretos, gente como yo queremos a Trump por la rebelión que, él solo y con el ejemplo, representa en lo espiritual y lo filosófico. La rebelión contra la resignación de un mundo libre aburrido y en declive que suponen esos vídeos electrizantes, llenos del optimismo y la confianza que nos permitieron llegar hasta aquí y nuestros políticos han cambiado por una blandenguería estéril, gris, infantil, penitente y quejosa.

La rebelión que son su humor insolente y autoparódico y su puesta en escena en los mítines. La rebelión, también, y esto es muy importante, que hay en su reconocimiento de coches, trenes, fábricas, aviones, barcos, obreros, misiles y camiones como instrumentos necesarios de un progreso y un bienestar que no durarían ni un día si se dejaran en manos de los estetas y los teóricos que desprecian el trabajo físico y la técnica.

Y la rebelión que son discursos como el de este mes de julio en el Monte Rushmore. Allí Trump definió, como nadie lo ha hecho desde el poder, las cuestiones fundamentales de una época. Y defender, frente a las verdaderas fuerzas del odio y la reacción, la libertad, el arrojo y la justicia por encima de credos y razas que han hecho de los Estados Unidos la envidia y el ejemplo del mundo.

Trump ha perdido y sus denuncias de fraude se quedarán en pataleta si no es capaz de sustanciar las irregularidades mejor de lo que lo ha hecho hasta ahora. Independientemente de que lo haga, de que logre también convencer a los jueces y de que los jueces se atrevan a certificar tamaño fracaso del sistema si se cumplen las otras dos condiciones, le estaré agradecido a Donald Trump.

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