En la muerte del general Pacepa

Marcel Gascón Barberá

El pasado 14 de febrero murió de coronavirus en su país de acogida el antiguo general de los servicios de inteligencia rumanos Ion Mihai Pacepa. Nacido en Bucarest en 1928, Pacepa desertó en 1978 a Estados Unidos y era el espía de más rango en saltar el Telón de Acero durante la Guerra Fría. 

Su traición a Nicolae Ceausescu refugiándose en la embajada estadounidense en Bonn durante una misión oficial a Alemania enfureció al dictador, que envió a sus sicarios a buscarle y puso un precio de 2 millones de dólares a su cabeza.

La deserción de Pacepa tuvo funestas consecuencias para el régimen comunista rumano y salpicó también al Kremlin. “Conocía personalmente a todos los malvados con rango del mundo [every senior-ranking bad guy in the world], incluyendo al Gran Timonel Mao, a Kim de Corea del Norte, a Yaser Arafat y a una larga lista de líderes soviéticos y del KGB”, ha escrito Wayne A. Barnes, el agente del FBI que le tomó declaración. “Su conocimiento era enciclopédico”.

Pacepa había sido jefe del espionaje industrial rumano cuando la inteligencia de Bucarest estaba subordinada al KGB. Desde 1972 era consejero en materia de desarrollo industrial y tecnológico de Ceausescu, además de mano derecha del dictador en asuntos exteriores estratégicos y segundo de a bordo en la Dirección de Inteligencia Exterior. 

Aunque no llevaba más que la ropa que llevaba puesta, al llegar a Estados Unidos Pacepa ofreció al antiguo enemigo capitalista secretos de un valor incalculable. Sus informaciones destruyeron por completo la estructura del espionaje exterior rumano y evidenciaron la diabólica eficacia de las calumnias que la propaganda comunista orquestaba contra sus críticos. 

En 1987, casi una década después de su huida, publicó Horizontes rojos, las memorias de sus años junto a Ceausescu

Entre otros muchos secretos embarazosos para sus antiguos jefes, el libro revelaba los tratos criminales con dictadores del Tercer Mundo y grupos terroristas como la OLP de un Ceausescu respetado hasta hacía poco en Occidente por su independencia de Moscú. 

Horizontes rojos también describía la opulencia en que vivían los Ceausescu y su camarilla, mientras el resto de los rumanos pagaban con hambre y frío los delirios autárquicos del Gran Conducător.

Además de un testimonio único del ambiente de terror y sumisión al sátrapa que reinaba en la corte roja rumana, las memorias de Pacepa son un inventario lleno de morbo de los bajos instintos de la mujer del dictador, Elena, una apasionada del porno amateur que la Securitate grababa en los dormitorios de sus ministros y demás altos cargos.

Cuenta la leyenda que las calles de las ciudades rumanas se vaciaban cuando la sección rumana de Radio Europa Libre emitía, capítulo a capítulo como un folletín, los pasajes más relevantes del libro de Pacepa. 

Aunque los pudorosos redactores de la emisora que emitía clandestinamente en Rumanía desde Múnich descartaron sus pasajes más picantes, no es difícil imaginar la humillación que para los dueños absolutos del país debió de suponer ver su intimidad aireada ante unos súbditos a los que, según confesión de Pacepa, los Ceausescu despreciaban profundamente.

La muerte de Pacepa ha vuelto a poner de actualidad en Rumanía el viejo debate sobre cómo debe recordarle la Historia. ¿Fue Pacepa un héroe, un traidor o simplemente un corrupto que quiso salvarse al descubrir el régimen sus malas prácticas?

Para Ceausescu y para el sistema al que consagró la primera de sus dos vidas, Pacepa fue claramente un traidor. Pero es difícil pensar que traicionando al régimen también traicionara a un país que solo debe sufrimiento y dolor a la élite comunista que vendió a Occidente Pacepa. Pacepa traicionó si acaso a su hija Dana, que se quedó sin padre y atrapada en la Rumanía ceausescuista llevando el estigma de ser hija del gran traidor.

¿Fue Pacepa un héroe? Su deserción fue sin duda “una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble” (definición de la RAE), la de la democracia y el humanismo que se enfrentaba al despotismo soviético en la Guerra Fría. Aunque la motivación de Pacepa para romper con Ceausescu fue, según admisión propia, de orden eminentemente personal.

En su correspondencia con el historiador Denis Deletant –publicada por este tras morir Pacepa–, el insigne desertor dice que el desencadenante de su decisión de escapar fue la orden recibida de Ceausescu de organizar el asesinato de Noel Bernard, director de Radio Europa Libre en rumano, que acabó muriendo de un cáncer posiblemente irradiado por la Securitate en 1981. Pacepa no quería convertirse en un asesino ni tampoco, obviamente, decirle 'no' a Ceausescu. Desertar, por tanto, era su única opción.

Parece que también hay elementos que permiten considerar al general un corrupto. Según algunas versiones, Pacepa huyó a Occidente temeroso de que Ceausescu le castigara por el fracaso de una negociación con la Alemania Federal para producir aviones Fokker en Rumanía. Otra posibilidad apunta a que Pacepa esperaba represalias por su implicación (confirmada por las labores del espionaje estadounidense de antes de que desertara) en el contrabando de vídeos, alcohol y cigarros capitalistas, práctica habitual entre las élites comunistas con pasaporte que no parece suficiente para justificar una hipotética caída en desgracia.

¿Fue Pacepa un héroe, un traidor o un corrupto? La respuesta es clara: Pacepa fue, como todos somos muchas cosas a lo largo de nuestras vidas, todas esas cosas a la vez. Reducir su figura a una de esas etiquetas es un ejercicio de mezquindad inane que en nada ayuda a alumbrar el debate.

Más que a someterle a siempre caprichosos juicios morales, la trayectoria de Pacepa invita a asomarse con curiosidad y sin prejuicios a la realidad opaca y siniestramente fascinante que nos desveló su espantada.

Como muchos otros jóvenes brillantes de su generación, Pacepa fue reclutado por la inteligencia comunista cuando aún no había terminado la ingeniería que estudiaba. El régimen quería a los mejores para lo único que le importaba, que era mantenerse en el poder, y la élite que alistaba emprendía así un camino de no retorno que venía con privilegios, sí, pero también con compromisos irrenunciables y la obligación de lealtad incondicional al Partido.

Entre 2015 y 2018, con admirable sentido literario, Pacepa le describió así su trágico destino a Deletant: 

En 1972 me nombraron segundo de la Dirección de Inteligencia Exterior, y me di cuenta gradualmente de que tarde o temprano tendría que tener valor y romper con esa sociedad perversa. Dar el paso concreto, sin embargo, resultó ser más difícil que llegar a esa conclusión. Por una parte, me apenaba pensar en mi futuro: Ceausescu me condenaría a muerte y después borraría todo lo que recordara que una vez existió un general Pacepa. Desertor, la palabra utilizada por el Gobierno de EEUU para los funcionarios del bloque soviético que elegían la libertad en Occidente, era otra cadena alrededor de mis tobillos, pues la palabra está aterradoramente cerca de la palabra traidor. Por último estaba mi vida privilegiada en la cúspide de la sociedad rumana: mi villa de Bucarest con mi piscina y mi sauna, mi pista de tenis, mis coches y mis chóferes, mi casa de verano en el Mar Negro y mi retiro de caza en los Cárpatos. La idea de verme envuelto en asesinatos políticos fue la gota que colmó el vaso de mi indecisión.

La noticia de la muerte de Pacepa la dio en exclusiva The Epoch Times, un poderoso medio internacional afiliado al movimiento espiritual Falun Gong represaliado por la dictadura china que Wikipedia y los demás mandarines del establishment de izquierda tachan de panfleto de “extrema derecha”. 

Si no me fallan las facultades de buscar por internet, la muerte del desertor del comunismo de más alto rango ha sido hasta ahora ignorada por medios que antaño aspiraban a ser de referencia como el New York Times y el Washington Post.

Sospecho que este apagón informativo está más relacionado con las opiniones recientes de Pacepa que con su papel en la Guerra Fría, aunque los responsables de estos periódicos no tengan en gran estima a quienes apostaron sin ambages por la democracia capitalista frente al Gulag. 

En los últimos artículos que publicó, Pacepa denunció la vigencia de las campañas de descrédito de Estados Unidos que él mismo dirigió un día desde Bucarest. El general consideraba que, sobre todo durante los años de Obama, América se deslizaba peligrosamente por la pendiente del socialismo, y veía en Trump el contrapeso necesario para frenar esta deriva.
Pacepa ha muerto cargando con la inevitable sospecha que acompaña a todos los disidentes del comunismo, sobre el que el general contribuyó como nadie a revelar la verdad. Días después de su muerte, un escritor británico me escribió sobre el luctuoso suceso:

¡Escribió un libro grotesco [bizarre] llamado Horizontes rojos que obviamente le dictó la CIA lleno de propaganda negativa contra la OLP!

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