¿Nuevo Cisma de Occidente?

Manuel Pastor

Como insinué hace algunas semanas en un artículo, el mundo puede estar presenciando los inicios de un Nuevo Cisma de Occidente, esta vez no religioso sino político: ya teníamos dos Papas (Benedicto y Francisco, ambos en Roma por consenso), y ahora tenemos también dos Emperadores (los presidentes estadounidenses Donald Trump y Joe Biden, separados y enfrentados por falta de consenso). Aunque Trump haya quedado relegado a la sede cismática y simbólica de “Aviñón”, en Mar-a-Lago (Florida), sigue siendo considerado el presidente legítimo por una “Trump Nation” con 75 millones de ciudadanos/votantes leales (¡imaginemos un país con casi 30 millones más que España!). 

Lo que voy a decir a muchos le parecerá una broma o una blasfemia política: en mi opinión Trump ha sido uno de los presidentes americanos más importantes  –sin menospreciar a otros esenciales (para mí, notablemente los presidentes Ulysses S. Grant, Theodore Roosevelt, Franklin D. Roosevelt y Ronald Reagan)-  desde Lincoln y la Guerra de Secesión en el siglo XIX, por las sendas profundas crisis históricas y constitucionales de la Democracia Americana que a ambos les tocó vivir (Lincoln: una guerra civil con más de 620.000 muertes. Trump: una pandemia criminal con más de 400.000 hasta ahora). Crisis a las que tuvieron que enfrentarse con decisión y coraje, aparte del dramatismo que rodeó el final de sus respectivos mandatos. 

Lincoln, como es sabido, fue asesinado. Trump lo está siendo simbólica y políticamente, censurado en las redes sociales, y linchado por la prensa y la televisión en medio del presunto gran fraude electoral que ha “cancelado” la Democracia Americana. Si Trump es el Abraham Lincoln de nuestros días, Joe Biden debería ser considerado el traidor Jefferson Davis o, con menos melodramatismo, un Fake President gracias a la corrupción electoral, el resentimiento NeverTrump y las sucesivas traiciones al presidente legítimo por los dos partidos del Establishment, por la gran mayoría de los medios de comunicación y por la siniestra confederación Big Brother Tech.

Quizás no somos plenamente conscientes de que hoy estamos inmersos en otra Guerra Civil, no militar sino cultural y legal-constitucional. Si el trasfondo internacional del presente es el de una nueva Guerra Fría Global con guerras periféricas “calientes”, en el plano nacional (en los Estados Unidos, en España y en las demás naciones) es una auténtica Guerra Civil Cultural y Mundial entre dos culturas políticas incompatibles: de una parte una cultura democrática liberal (constitucional) y de otra una cultura antidemocrática colectivista (anticonstitucional).

El carácter democrático, se infiere, está en relación directa con el imprescindible respeto a las “reglas del juego”, la Constitución, la legalidad constitucional, y la limpieza en las elecciones (es decir, los inalienables derechos individuales y el imperio de la ley, lo que en Europa llamamos el Estado de Derecho). Como dijo Lincoln ante la Secesión, cualquier alternativa de facto a la Constitución no es democracia, sino “anarquía” (además, el uso y abuso del impeachment fuera de lo previsto constitucionalmente es prevaricación, anarquía legal).

El primero de los derechos naturales inalienables –como reza la Declaración de Independencia de 1776-  es el Derecho a la  Vida. Trump ha sido el primer presidente expresa y plenamente Pro-Life de la historia. Biden, pese a declararse “católico” (hipócritamente, como muchos de nuestros “democristianos”), está a favor del aborto a la carta. Asimismo ha anulado con una orden ejecutiva la Comisión 1776 que Trump creó para defender los fundamentos de la Nación estadounidense, y contrarrestar el Proyecto 1619, que propone una especie de Memoria Histórica progresista basada en el “racismo sistémico”.

Resulta casi tedioso tener que repetir los grandes logros de Trump en solo cuatro años (v. por ejemplo Deroy Murdock, “Final, fair look at Trump presidency…”, FoxNews, Jan.16, 2021). Me limitaré a mencionar cinco áreas: Políticas Pro-Vida. Políticas a favor de la paz mundial y tratados en Oriente Medio entre Israel y regímenes árabes. Políticas de prosperidad económica, desregulación y recortes fiscales, con mejoramiento histórico de las minorías. Nombramientos de tres jueces conservadores en la Corte Suprema y casi trescientos en las Cortes Federales. Fortalecimiento de las fronteras, de las Fuerzas Armadas y de la Seguridad Nacional frente a los enemigos exteriores (particularmente China). Todos estos logros han sido acompañados de un profundo sentido patriótico y entusiasmo popular (un populismo que no dudo en calificar de positivo, a diferencia de los populismos izquierdistas).

Pero este Nuevo Cisma de Occidente (de las democracias liberales, mientras en Oriente se consolida un Imperio Totalitario), aparte de su naturaleza global como consecuencia de la Guerra Civil Cultural y Mundial, tiene ya ramificaciones particulares en los Estados Unidos, como la guerra civil política dentro del Partido Republicano, entre populistas y elitistas (Trumpistas vs. Establishment GOP), o la guerra civil religiosa dentro de la Iglesia Católica americana que seguramente contagiará al propio Vaticano (cardenal Gómez vs. cardenal Cupich), por los problemas morales relativos al aborto, la familia, las delirantes políticas de género, etc.

El decadente física y moralmente “Emperador Biden” en la Casa Blanca  –pendiente de las revelaciones que se produzcan sobre la presunta corrupción a través de su hijo Hunter Biden-  representa muy bien el triste hecho de que hoy el siniestro “Estado Profundo” ha usurpado el Estado.

Es imposible no ver paralelismos entre los gobiernos “Kerenski” de Joe Biden-Kamala Harris y de Pedro Sánchez-Pablo Iglesias. Igualmente entre la histeria de la derecha americana afectada por el Trump Derangement Syndrome y la que padece la derecha española con el Vox Derangement Syndrome. Algunos como el ex presidente Aznar o el ex embajador Rupérez, y casi todos los dirigentes actuales del PP, con Pablo Casado a la cabeza, puede que necesiten ayuda psiquiátrica urgente como patéticos sufridores de ambos síndromes transatlánticos.

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