Shalom, Enrique

Maite Pagazaurtundúa

Conozco a los Múgica desde hace treinta años largos y los quiero y respeto profundamente. A los patriarcas de la familia les debemos agradecimiento por su compromiso y lucha en favor de las libertades durante largas décadas, siempre difíciles, durante el franquismo, la Transición y la joven y no tan joven democracia española.

Fueron tejedores de consensos en momentos históricos críticos y esa semilla ha quedado en sus hijos y nietos. Aprecio, claro, muy especialmente su capacidad de memoria.

Enrique Múgica Herzog, nieto de un judío que se escapó y recaló en San Sebastián, portaba en su ADN la memoria y la terrible lucidez para mirar a los problemas cara a cara.

Tal vez por eso participó en la vida social y política con esa fuerza natural, desbordante, que también poseía su hermano Fernando, asesinado por ETA un inclemente 6 de febrero del año 1996.

Enrique hizo frente a ETA como ministro con una eficacia ejemplar. Por eso los buscaron tan específicamente. Cuando asesinaron a su hermano, acuñó la frase por la que le conocerá la historia. No perdonaba ni olvidaba a los asesinos del también querido Fernando. Esto alcanzaba, así tenía que ser en una sociedad todavía anestesiada, a los que consentían, a los que justificaban. Atacar el mal absoluto del fanatismo identitario, hacerlo desde la raíz, significaba la necesidad de desenmascarar a los que callaban, consentían y apoyaban. A los miles de chivatos y a los miles de colaboradores necesarios que jamás hicieron frente a la responsabilidad penal, pero tampoco a la social o política. Ahí siguen. Algunos de los que te conocimos tampoco olvidamos tu trabajo y no perdonaremos a los miserables que intentan blanquear su pasado.

En tiempos de sepulcros blanqueados, se nos va Enrique. En tiempos en que no podemos enterrar dignamente a los muertos se nos va.

Shalom. Agur. Que la tierra te sea muy leve, querido Enrique.

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