Susto o muerte

Luis Herrero

Si nos tomamos la actualidad política como el argumento de una novela, aunque solo sea por amenizar un poco el monótono relato de tantas penalidades, podemos convenir que hemos llegado a un capítulo cargado de misterio. España tiene la oportunidad de colocar a su ministra de Economía al frente del Eurogrupo. Sin embargo, el presidente del Gobierno no se decide a autorizar su nombramiento. ¿Por qué? No hace falta decir que, en las actuales circunstancias, cuando los países europeos se disponen a salir de la sima a la que nos ha enviado el parón impuesto por la pandemia, la presidencia de ese cónclave donde se sientan todos los ministros de finanzas de la Unión es uno de los observatorios con mejores vistas a la crisis y a sus vías de escape.

La alineación de los astros favorece la elección para el cargo de Nadia Calviño. El reciente nombramiento de un finlandés como presidente del grupo donde se sientan los números dos de los ministerios económicos reserva la cabecera de la mesa de los números uno al representante de un país del sur. A esa credencial geográfica, Calviño suma otras dos que refuerzan sobremanera su candidatura: es una alta funcionaria de la estructura administrativa de Bruselas, y por lo tanto conoce sus intrincados pasadizos secretos, y además milita en el sector ortodoxo de la socialdemocracia europea.

Sentar a una española de ideas sensatas en la presidencia del Eurogrupo sería un elemento de tranquilidad para los países que ven en el ejecutivo de Pedro Sánchez demasiadas similitudes con el que presidió Tsipras durante la crisis financiera de 2008. Con su ministra de Economía sentada en el pescante del Eurogrupo, Sánchez no tendría más remedio que liderar, por la vía del ejemplo, las políticas anti crisis que se impulsaran desde allí: reformas estructurales, ajustes presupuestarios y un largo etcétera de sapos demasiado indigestos para la dieta de un paladín de la izquierda que gobierna en coalición con lo más parecido al modelo Varoufaquis, de infausto recuerdo para los líderes de la Unión.

La prioridad de Alemania y Francia, el eje que aún corta la mayor parte del bacalao en las grandes decisiones comunitarias, es evitar que España ejerza de mosca cojonera durante el proceso de reconstrucción que se va a poner en marcha, paletadas de millones de por medio, a partir de septiembre. Por eso Merkel y Macron se han apresurado a apoyar a Calviño. Su exaltación al cargo que deja libre Mario Centeno —otro socialdemócrata sensato que llevó a Portugal por la senda de las reformas adecuadas— sería la forma más eficaz de contrarrestar la mala influencia que Iglesias ejerce sobre Sánchez.

Así que la cosa está clara: si el presidente del Gobierno quisiera, la ministra española se haría con el cargo. ¿Pero quiere? Aquí es donde el relato se adentra en el enrevesado misterio del que hablaba al principio del artículo. Su yo más profundo y el Iglesias más persuasivo tratan de convencerle para que no quiera. Las reglas del juego fijadas en el Consejo Europeo para acceder al fondo de reconstrucción —140.000 millones de euros— y las voces más juiciosas del consejo de ministros le aconsejan que quiera. ¿Cuál de las dos influencias prevalecerá? De momento ahí sigue el hombre, miradlo, deshojando la margarita para ver si el último pétalo le lleva por un camino o por otro.

En el fondo de la duda subyace la cuestión fundamental de la encrucijada que divide al Gobierno. Sánchez sabe que respaldar a Calviño significa darle el visto bueno a una política que Podemos no podrá respaldar por mucho tiempo. Tal vez Iglesias, movido por el apego que le tiene al poder, quiera venderse inicialmente como el moderador interno de las veleidades "austericidas" dictadas por el descorazonador pragmatismo europeo, pero más temprano que tarde la dureza del ajuste que nos aguarda le obligará a colocarse, por cálculo electoral, al otro lado de la acera.

El nombramiento de Calviño, por lo tanto, lleva implícita la voladura de Frankenstein, aunque sea con espoleta retardada. Por eso Sánchez no se atreve a bendecirlo. Está hecho un lío y no deja de rascarse la cabeza. ¿Qué dirán las urnas de él si rompe con Podemos y busca la estabilidad parlamentaria con el apoyo externo de la derecha? Nada bueno, se malicia. ¿Y si su empecinamiento radical nos aboca al rescate de los hombres de negro? Algo peor, probablemente. El dilema no tiene solución fácil. Susto o muerte. Ese es el dilema.

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