Segunda oportunidad

Luis Herrero

Lo más fácil, y probablemente lo más popular, es unirse a la procesión de ciudadanos indignados que, al pensar en la inutilidad de los políticos españoles, concatenan una larga sucesión de adjetivos despreciativos. La repetición de las elecciones les toca las narices. Han pasado de la decepción al aburrimiento, del aburrimiento al desinterés, del desinterés al enfado y del enfado a la indignación. El sexto peldaño de ese proceso reactivo es la desmovilización. Durante ese itinerario de maceración anímica lo primero que se exterioriza es el insulto, luego el desprecio y finalmente el ninguneo. En estos días, cuando el fracaso de la legislatura intrauterina que ha muerto antes de ver la luz aún está caliente, lo que toca es el insulto. El mes que viene, cuando vuelvan a ponerse en marcha las caravanas de los candidatos y ondeen de nuevo las insignias y los carteles en las tiendas de campaña de los partidos, comenzará la etapa del desprecio. Voces clamantis in deserto. El 26 de junio será el día del ninguneo. El pronóstico predice una abstención histórica: la más alta de las conocidas hasta ahora en unas elecciones legislativas.

Por eso -vuelvo al principio- nada hay más fácil en estos días de indignación ciudadana que unirse al coro de los desprecios. Pero, al mismo tiempo, tampoco hay nada más inútil. Salvo el efecto terapéutico del desahogo, el derecho al pataleo no reporta mayores beneficios. Torpes, rencos o astrosos, con estos bueyes hay que arar. Nos guste o no, es lo que hay. Así que seamos positivos. Por mucho que nos cabree tener que volver a las urnas, no es cierto que vaya a ser un esfuerzo inútil. El 27 de junio, el paisaje post electoral no será el de ahora por mucho que la aritmética de la ley d'Hont reproduzca números de escaños o porcentajes de voto parecidos a los que han bloqueado la situación política durante estos meses de exaltaciones ególatras.

Para empezar, lo primero que que será distinto es el número de votantes. En ese capítulo de pasotismo participativo no es que vayamos a retroceder a la casilla de salida del 20-D, es que probablemente regresaremos al tenebroso panorama previo de las últimas elecciones europeas, cuando el templo de la política se derrumbaba como si fuera una ruina de Palmira en manos del Isis. No hace tanto tiempo de aquello.

El asqueo que provocaba la vieja política, anegada de corrupción y aclimatada a la atmósfera pútrida de una partitocracia encapsulada en sí misma, desconectada de la calle e incapaz de inspirar confianza ante la crisis, hizo temer que en las elecciones el parlamento europeo, en junio de 2014, la participación se quedara por debajo del 40 por ciento. La irrupción de los emergentes lo impidió in extremis. Podemos sacó de su casa a dos millones de ciudadanos que nunca antes habían acudido a votar y esa inesperada aportación de savia nueva evitó que se consumara la tragedia. Aun así, la abstención llegó al 55,3%, la más alta de toda la secuencia electoral española. PP y PSOE, los dos pilares del bipartidismo clásico, perdieron juntos más de cinco millones de votos. Sobre esa evidencia crepuscular ha pivotado el discurso político de los últimos dos años.

Pero el rescate de esa realidad moribunda que anunciaban los nuevos partidos no se ha producido. Con ellos en liza, la previsión es que el 26 de junio muchos españoles darán por frustrado el esfuerzo de volver a confiar en la clase política. Es verdad, sin embargo, que la responsabilidad de Podemos y Ciudadanos en ese gran chasco de la ciudadanía no es la misma. Por eso, la otra gran diferencia del 26-J será el aspecto con el que acuden a la contienda los dos partidos nuevos.

El mimetismo de Iglesias con el tinglado de la antigua casta, en cuya lapidación basó desde el principio todo su crecimiento, ha sido absoluto desde el primer minuto de la malograda legislatura. Ha quedado claro que su plan para llegar al poder consistía en aliarse con todas las siglas posibles del viejo orden -PSOE, IU, PNV, ERC y CDC- y formar con ellos un ejército de aluvión que invadiera todas las instituciones del Estado.

Fracasado el plan, su empeño de ahora no consiste en vencer a la izquierda con las armas de aquella nueva política que decía representar, sino en devorarla después de darle el abrazo del oso. No quiere ocupar su espacio tras derrotarla en las urnas con un discurso innovador, lo que quiere es unirse a una parte de ella -IU-, olvidando todas las veces que la despreció por colaboracionista con el régimen caduco del 78, para dar el sorpasso y obligar a la otra parte -la del PSOE- a una rendición incondicional.

Después de eso, Iglesias ya no puede reclamar que los votantes le vean como al político que venía a traer un aire distinto a la vida pública española. Ya es uno más. Uno entre tantos. Tan ambicioso como el resto. Tan pagado de sí mismo como el resto. Tan intrigante como el resto. Tan cruel con sus detractores como el resto. Y, probablemente, mucho más rancio que el resto.

Ciudadanos nunca abjuró de la Constitución del 78 y, por lo tanto, nunca reclamó para sí el título de instaurador de un nuevo orden político. Dijo -y sigue diciendo- que venía a reformar lo que había. A mejorarlo. A higienizarlo. A actualizarlo. Y la sinceridad de su propósito sigue mereciendo el beneficio de la duda. En su ánimo -a la fuerza ahorcan- no hay deseo de sorpassos ni tentaciones devoradoras, sólo el compromiso de condicionar su apoyo a un gobierno del PP o del PSOE -o de ambos- a la aceptación de un programa de cambios que supongan mejorar, higienizar y actualizar las reglas del juego.

El PP da por hecho que no tiene que hacer nada especial para demostrar que está en condiciones de merecer el apoyo de Ciudadanos y que lo obtendrá, si la aritmética lo permite, por el natural efecto de la ley de la gravedad. La idea es que Rajoy, inmóvil como un buda de tripa imantada, atraerá hacia sí los escaños necesarios para seguir haciendo más de lo mismo, dado que ese más de lo mismo es, en todo caso, mejor -y menos peligroso- que lo que proponen los chicos del rojerío podemita. Cuanto más sólida sea su fortaleza parlamentaria -esgrime Rajoy- menos votos de Ciudadanos le harán falta para alcanzar la tierra prometida del seguir como estamos.

¿Pero qué pasaría si a la gente le da por pensar que el orden de los factores no altera el producto y que cuanto más crezca el sumando de Ciudadanos más posibilidades tendrá Rivera de exigir un Gobierno que sea, al mismo tiempo, razonable y regenerador? 135 + 40 suman lo mismo que 125 + 50, pero con la segunda operación es más fácil de conseguir que el anhelo de prolongar el más de lo mismo se transforme, sin correr riesgos, en el de cambiar a más de algo mejor.

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