Se busca novio

Luis Herrero

Voy a contar una pequeña maldad: la Metroscopia que tantos quebraderos de cabeza ha provocado en Génova desde que predijo el viernes pasado que Ciudadanos será el partido más votado en la Comunidad Valenciana el 20 de diciembre, la misma Metroscopia que por predecir semejante cosa fue acusada de partidista y sectaria por los voceros del PP, la Metroscopia que este domingo elevó a Albert Rivera a la condición nacional de árbitro del futuro político inmediato en medio de las protestas y los anatemas de los escuderos del Gobierno, es la misma Metroscopia que ha sido contratada por Rajoy para que le ayude a ganar las próximas elecciones generales. Arriola, que sigue al mando de la alquimia demoscópica del laboratorio monclovita -es falso el rumor de que ya esté jubilado- ha impuesto a Toharia como proveedor de sondeos. Y debo decir que a mi no me parece una mala decisión. Hipócrita, si. Mucho. Equivocada, no. Metroscopia es una empresa que suele afinar más que la media sus predicciones electorales.

Fue la primera en detectar que la demanda de algo nuevo estaba colocando contra las cuerdas al bipartidismo. Y aunque muchos creyeron al principio que confundía los deseos con la realidad, los hechos han ido poco a poco dándole la razón. Es verdad que llevó en volandas la expectativa electoral de Pablo Iglesias hasta colocarlo, a primeros de año, en disposición prospectiva de convertirse en presidente del Gobierno. Parecía exagerado. Para unos cuantos, interesado. Pero, si se miran las cosas con más cuidado, veremos que en la secuencia de barómetros que ha publicado desde el mes de enero se identifica con bastante exactitud el porqué de aquel efecto óptico. Hace un año, la demanda social de renovación -tanto de actores como de métodos en la política española- aún era un terremoto reciente. Se conocía su magnitud pero aún no se había producido el asentamiento de las placas tectónicas que lo provocaron.

Esa propuesta de renovación estaba representada por los llamados partidos emergentes. Es decir, por Podemos y Ciudadanos. En enero, la expectativa electoral de ambos ya sumaba el 36,3 por ciento. Diez meses más tarde sigue sumando casi lo mismo: el 35,6. En lo que va de año apenas sólo ha variado siete décimas. Menos de un punto. La conclusión no puede ser, por lo tanto, más clara: el descontento de los electores con la vieja política se mantiene intacto. Ese es, creo, el dato estadístico más interesante que ha registrado el barómetro de Metroscopia durante estos diez meses de 2015. Más, desde luego, que la débil fluctuación en la expectativa de voto de PP o PSOE. Los de Rajoy suben cuatro puntos de enero a octubre -19,2 frente a 23,4-, una pequeña remontada que sólo les da derecho al empate técnico con los socialistas, y los de Sánchez bajan una décima -23,4 frente a 23,5. Ninguno de esos datos refleja un cambio sustancial en el reparto de fuerzas entre uno y otro. Donde sí se ha producido un giro copernicano, en cambio, ha sido en la redistribución de apoyos de los dos partidos emergentes.

El número global de los que quieren cambiar los hábitos de la vieja política, en la derecha y en la izquierda, apenas ha variado -insisto- siete décimas -35,6 frente a 36,3-, lo que demuestra que hay un tercio del electorado firmemente decidido a evitar que la política siga siendo un juego de los dos de siempre. Pero la actual distribución interna de los porcentajes de ese tercio del electorado ya no se parece en nada a la que había en el mes de enero. Entonces, a Podemos quería votarle un 28 por ciento y a Ciudadanos un 8. Ahora, Ciudadanos tiene una intención de voto del 21,5 y Podemos de un 14. La conclusión es palmaria: por extraño que pueda parecer el principal adversario de Pablo Iglesias durante este tiempo no ha sido Pedro Sánchez o Alberto Garzón, sino Albert Rivera. La lucha no es entre PP y PSOE -que también-, sino entre Podemos y Ciudadanos.

Era verdad, por lo tanto, que el caldo de cultivo que hacía crecer a Podemos al principio era una mezcla de dos ingredientes básicos: la dificultad para llegar a fin de mes y la decepción por el comportamiento de los partidos convencionales. A Pablo Iglesias le apoyaban, sobre todo, los paganos de la crisis y los indignados con la clase política. Y si al principio era el beneficiario casi exclusivo de esas dos fuentes de abastecimiento electoral, ahora que el fenómeno de Ciudadanos ha cobrado fuerza se ha quedado sin uno de los dos motores que propulsaban su ascenso en las encuestas.

En las elecciones europeas, que supusieron la inopinada y contundente irrupción de Podemos en el escenario de la vida pública, Ciudadanos se quedó muy cerca del medio millón de votos, que era una cosecha bastante más abundante de la que había obtenido Rosa Díez en su exitoso debut de 2007. Rivera obtuvo muchos más apoyos fuera de Cataluña que en Cataluña. Estaba claro que los votantes moderados del resto de España se habían empezado a fijar en él. A partir de ahí el proceso de redistribución del electorado se disparó vertiginosamente. El efecto Podemos desatascó la tubería de la política estancada y los electores percibieron que la regeneración era posible. Las encuestas comenzaron a detectar que un profundo corrimiento de tierras estaba cambiando la faz del arco parlamentario a una velocidad desconocida hasta ahora en la historia española.

En las elecciones andaluzas, la intuición se convirtió en un hecho. Quedó patente que Podemos había dejado de ser la única apuesta posible de los indignados. Muchos de los que hasta ese momento estaban dispuestos a votarle con la nariz tapada, pasando por alto los desafueros programáticos de su discurso bolivariano, prefirieron arrimarse a Albert Rivera. Ciudadanos tenía un programa económico más sensato pero era igual de radical en la promesa de acabar con las cloacas de la vieja política. O dicho con palabras del editorial de este domingo de El País: "Ciudadanos es una opción más moderada y España hace tiempo que rechaza los radicalismos. Con frecuencia se olvida la persistencia con que los sondeos muestran que la media ideológica del país es centrista y ligeramente escorada a la izquierda, alejada de extremismos".

El problema para PP y PSOE es que, según dicen los expertos, el proceso de redistribución de apoyos de los dos partidos emergentes ya está prácticamente concluido y, a partir de ahora, la consolidación de Ciudadanos restaría apoyos a ambos. Así que conocemos la fecha de la boda -20 de diciembre- y la identidad de la Novia -Albert Rivera-, pero no tenemos ni idea de quién será el novio que se case con ella.

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