Podemos no se rinde (todavía)

Luis Herrero

Me cuentan mis espías paraguayos que el Gobierno se enfrenta a una decisión trascendental que está provocando una profunda división de opiniones en la mesa del consejo de ministros: o fiar la aprobación de los Presupuestos a un pacto ingrato y contra natura con Ciudadanos o reconstruir las averías provocadas por ERC en el sistema operativo de Frankenstein y apoyarse en el monstruo para garantizar la continuidad de un proyecto progresista en un momento en que las prioridades sociales son especialmente necesarias para paliar las consecuencias de la crisis económica.

Son partidarios de la primera opción los cabezas de huevo de La Moncloa —Redondo y Bolaños— y el sector económico que respalda a Nadia Calviño. Al parecer, a Sánchez e Iglesias les ha mantenido unidos hasta ahora el recíproco convencimiento de que lo prioritario durante los peores momentos de la pandemia era sacar adelante las prórrogas sucesivas del estado de alarma. Por eso Podemos no torció el gesto a la hora de amigarse con Ciudadanos. Pero una cosa —dicen los podemitas— es acordar votaciones concretas en plena crisis sanitaria y otra muy distinta hornear con Arrimadas los primeros Presupuestos de un Gobierno de coalición inequívocamente alineado con las políticas inveteradas de la izquierda.

Pasar de las cuentas dictadas por Montoro a las de una componenda con los liberales, mientras socialistas y comunistas ocupan el banco azul, es un contradiós que ni Podemos en bloque ni una parte del PSOE están dispuestos a permitir sin plantar cara. Esto es lo que le ha dicho un ministro al corresponsal político de El País: "Los Presupuestos son un proyecto de país y la aproximación a Ciudadanos genera más problemas de los que resuelve, porque aleja a otros grupos nacionalistas y de izquierda que están en la mayoría, y además impide avanzar en otro asunto central de la legislatura: la resolución del conflicto en Cataluña".

Los mismos espías paraguayos me cuentan que los dos sectores gubernamentales en liza aún no han cruzado sus aceros. Todavía nos movemos en terreno de tanteo, a la espera de que el día 9 de julio se despeje la incógnita del nombramiento de Nadia Calviño como presidenta del Eurogrupo, y de que nueve días después, en Bruselas, la cumbre europea fije las condiciones para acceder al fondo de reconstrucción. Si prevalecen los criterios que defienden los países del norte, lo más probable es que el debate se resuelva por muerte dulce de los halcones doctrinarios de la izquierda.

La austeridad que preconizan los llamados países frugales —Holanda, Austria, Suecia y Dinamarca— no deja margen de maniobra para florituras y lo más probable es que ERC no quiera arrimarse a unas cuentas demasiado alejadas de la ortodoxia progresista. Añádase a esa circunstancia el calendario preelectoral que imperará en Cataluña el próximo otoño, cuando el debate presupuestario entre en punto de ebullición, y quedará debidamente explicada la dificultad de Junqueras para acudir en ayuda de Sánchez.

A pesar de todo, hay quien piensa, en el sector del Gobierno más reacio a los acuerdos con Ciudadanos, que la reanudación de la mesa de diálogo, tras las elecciones gallegas y vascas, y un difuso mensaje de unidad en las conclusiones de la comisión de reconstrucción del Congreso, servirán para reactivar el diálogo con los independentistas, por una parte, y para tranquilizar las inquietudes europeas durante la negociación de los 140.000 millones que España necesita para su recuperación económica, por la otra.

Esa es la razón por la que los de Iglesias accedieron, durante la negociación con el PSOE, a suavizar el texto de sus propuestas hasta dejarlo lo más ambiguo posible, sin referencias explícitas a políticas de gasto o al impuesto de las grandes fortunas. Echenique, sin embargo, dejó claro que ese pragmatismo táctico, en vísperas de la cumbre europea que debe aprobar las ayudas, no significa que su actitud vaya a ser la misma cuando toque hincarle el diente a la negociación presupuestaria: "El proyecto de Presupuestos —ha dicho— tiene que ser nítidamente progresista. No podemos ir de la mano de un partido que propone imponer el contrato único y la mochila austriaca. Llegar a acuerdos, sí. Pero para machacar a la gente, no".

¿Será capaz Podemos de mantener ese mismo discurso, llegado el momento, si la condicionalidad de Bruselas para aflojar la mosca aleja a ERC de la mayoría que forjó la investidura? En esa tesitura, la disyuntiva se presenta así de radical: o boda de conveniencia con Arrimadas, previa ingesta de todos los sapos que incluya la petición de mano, o punto final a la legislatura. O sea, indigestión política o abandono del poder: he ahí la cuestión. Ante semejante encrucijada, si yo fuera Nadia Calviño dormiría a pierna suelta.

A continuación