El chotis de Casado

Luis Herrero

El reparto de roles de los partidos de la oposición durante la crisis del coronavirus obliga al PP a bailar un chotis en un ladrillo. Abascal ha elegido el papel de mister no. No a todo: a apoyar al Gobierno, a cogerle el teléfono, a acudir a sus convocatorias, a buscar puntos de encuentro. Ya veremos si esa estrategia de inflamación del cabreo, ruidosa pero inútil, es rentable a la larga. Mientras la incógnita se despeja, el margen de maniobra de los dirigentes del partido no tiene más restricciones que las de seguir campando a sus anchas por las dunas de la indignación.

Arrimadas está en las antípodas. Ella fue la primera en proponer la reedición de los pactos de la Moncloa. Además, Ciudadanos ha sido, hasta ahora, en único partido opositor que ha apoyado algunos de los reales decretos dictados por el Gobierno —confinamiento aparte— para hacer frente a la crisis derivada de la pandemia. En el trueque ha obtenido pequeñas recompensas, como la de la moratoria fiscal a autónomos y Pymes, que le permiten presentarse ante la opinión pública como un partido útil.

La estrategia es toda una enmienda retrospectiva a la elegida por Rivera durante los últimos meses de su mandato. Pero su margen de maniobra es mucho más estrecho que el de Abascal. Ella tiene que mantener, mientras busca los acuerdos, un discurso de dureza crítica con el Gobierno que la resguarde de la acusación de haberse pasado al enemigo. Los socios de Sánchez, podemitas e independentistas, le sirven de punching ball. Pactos, sí, pero sin los apóstoles de la estatalización y la independencia al otro lado de la mesa.

El tercer modelo opositor, y el más difícil de todos, es el que ha elegido el PP. Casado vende lealtad y disposición a la ayuda, pero ha decidido cerrar el grifo de cualquier apoyo parlamentario al Gobierno que no sea el de la prórroga del estado de alarma mientras dure la recomendación sanitaria del confinamiento domiciliario. Responde a las llamadas de Sánchez y se ofrece como interlocutor —cosa que no hace Abascal—, pero se niega a darle oxígeno —cosa que sí hace Arrimadas— para mantener en vigor el discurso de la alternativa.

Con este panorama en el arco parlamentario, la esperanza de que pueda fructificar un gran acuerdo que nos saque del lío, es vana. Todos lo saben. Sánchez, el primero. Si lanza la propuesta no es porque piense que pueda salir adelante, sino porque necesita añadir a la lista de culpables, después de haber señalado a Europa, al principal partido de la oposición. En un intento descarado de diluir su responsabilidad en tanta chapuza, los cabezas de huevo de la Moncloa necesitan sacrificar chivos expiatorios.

La obligación del PP, hasta donde a mí se me alcanza, es no ponérselo fácil. Casado debe darse cuenta de que el cinturón mediático que arropa al Gobierno —más que un cinturón, una faja— está deseando proyectar de él esa imagen de rompedor de barajas que tanto conviene a los intereses de Sánchez. Por mucho que este domingo haya prometido, "de corazón", aparcar los insultos es evidente que el presidente no quiere atraerle a la firma de ningún acuerdo. De hecho sigue sin descolgar el teléfono. Por eso Casado debe ser más astuto que él.

Si no acude a la reunión de esta semana en La Moncloa, Iván Redondo y sus mariachis darán botes de alegría. Y más si consiguen, como pretenden, que su ausencia la suplan las organizaciones empresariales, con quienes parecen dispuestos a pactar casi lo que sea con tal de dejar al PP con el culo al aire. Yo creo, humildemente, que Casado debe acudir a la reunión sin gestos de estreñimiento y con espíritu constructivo. La cartografía de la crisis señala dos caminos. Uno lleva a la salvación y otro al abismo. Su reto consiste en saber venderse como sherpa del primero.

El hecho de que Sánchez haya dejado claro que no piensa dinamitar, hoy por hoy, la coalición con Podemos y que permita que Iglesias haga proselitismo de una política de empleo sin empleadores, donde las empresas privadas sean devoradas por las fauces del sector público, deja mucho espacio libre para un discurso alternativo. Espero que Casado sea capaz de bailarlo sin salirse del ladrillo. Yo, en su pellejo, ensayaría muy bien la coreografía. Alguien debe cargar con la culpa del desacuerdo y tiene que hacer lo posible por no ser él.

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