Mutis indigno

Luis Herrero

Durante tres jornadas consecutivas, el acrónimo ETA ha encabezado los titulares de la prensa. Una campaña de marketing minuciosamente calculada ha hecho sonar tres fanfarrias distintas, una cada día, para captar la atención del público. El miércoles, una carta. El jueves, un vídeo. El viernes, un acto. En los tres formatos, la misma mierda. Festival de eufemismos para evitar expresiones como terror, asesinato, crimen, extorsión o secuestro. Febriles ensoñaciones para justificar la utilidad de más de medio siglo de pistolerismo cobarde. Y como colofón, tres elípticas injurias: ni una palabra de perdón a las víctimas, ni atisbo alguno de arrepentimiento ni compromiso de colaboración con la justicia.

A pesar de todo, reclamaban un mutis digno y se lo hemos dado. Durante tres días, el cañón de luz ha buscado a los verdugos -que regresaban al escenario con la única intención de solemnizar una despedida que ya se había producido hace años- y se ha olvidado de las víctimas. Que los coreógrafos del mal diseñaran un numerito como ese es vomitivo, pero coherente. Que los políticos no lo hayan contraprogramado con un homenaje por todo lo alto a los caídos en defensa de España es una iniquidad que no admite adversativos.

Aunque eso no es lo peor. Lo peor es que estos tres días de la serpiente, que no deberían significar nada, han llevado al Gobierno a ponerse estupendo. En lugar de encogerse de hombros y mirar con indiferencia la pantomima, Rajoy ha decidido darle carta de naturaleza y valorarla como un hecho trascendente que marca un antes y un después. A sus palabras me remito: "en los próximos días -dijo textualmente el viernes pasado-, el ministro del Interior convocará una reunión del pacto antiterrorista para analizar la situación que hoy se inicia". Así que, al parecer, a juicio del presidente estamos ante el inicio de algo nuevo. ¿Pero de qué? ¿Qué ha cambiado? Estaría muy bien que nos lo explicara.

Lo único que ha pasado, hasta donde a mí se me alcanza, es que ETA ha dicho que desaparece después de llevar desaparecida mucho tiempo. Eso es todo. ¿En qué cambia esa nadería retórica la situación de fondo? ¿Qué sentido tiene convocar el pacto antiterrorista con tanta prisa? ¿Qué utilidad puede tener la reunión en este momento? Parte de la respuesta es de dominio público. El PSOE planteará la necesidad de hacer "un gesto de acompañamiento", Ciudadanos –al menos eso espero– dirá que por encima de su cadáver y el PP, es decir, el Gobierno, mirará de reojo a los batasunos para trasladarles el mismo mensaje que lleva haciéndoles llegar desde hace meses, tal vez años: yo quiero, ya veis, pero las circunstancias aún no son favorables.

Las tres posiciones han quedado nítidamente marcadas durante estos tres días de propaganda filoetarra. En nombre del PSOE, primero habló Patxi López pidiendo el acercamiento de presos "sin calendario y con discreción". Luego intervino Pedro Sánchez: "en esta materia, la política del partido es la que defiende Patxi López". Y por último, Zapatero, el negociador: "Hay que tener una política penitenciaria inteligente. No descartaría que pudiera haber acercamientos, seguramente no masivos, selectivos. Hay que ir viendo las circunstancias con tranquilidad y si es en el contexto del pacto antiterrorista, mejor".

Respecto a la posición del Gobierno, los indicios de lo que piensa -que no es lo mismo que lo que dice- son abrumadores. En dos días, dos pistas. Urkullu, el jueves: "Rajoy es sensible a un cambio en la política penitenciaria". Zapatero, el viernes: "No creo que Rajoy esté radicalmente cerrado a contemplar la hipótesis del acercamiento de presos, incluso teniendo las encuestas en contra, pero lógicamente necesitará argumentos, acompañamiento y coyuntura". Verde y con asas. ¿Hace falta alguna aclaración más?

La única voz discrepante que hasta ahora ha defendido lo mismo en público y en privado ha sido la de Ciudadanos. Sin su concurso, la unanimidad es imposible. Así que ya sabemos lo que va a pasar. El pacto antiterrorista, que se ideó para visualizar la unidad de los demócratas, servirá para escenificar todo lo contrario. Lo asombroso es que Rajoy lo sabe (como el resto del mundo), y a pesar de eso insiste en convocarlo. ¿Por qué? Solo se me ocurre una explicación, que no contribuye precisamente a mejorar mi opinión sobre el personaje: para que quede claro, ante los ojos de sus secretos interlocutores, que él no se niega a cumplir su compromiso. Vuelvo a las palabras de Urkullu en la entrevista de "El País": "El Gobierno siempre puso como condición para cambiar la política penitenciaria la disolución de ETA".

La conclusión no puede ser más triste: para salvar la cara ante los partidarios del trueque con los etarras, Rajoy parece dispuesto a hacer lo que haga falta. Eso, en el menos malo de los supuestos. En el peor de todos tal vez esté sopesando cumplir lo que prometió a pesar de todos los pesares. No creo, no creo. ¿Quién sería capaz de hacer algo así?

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