Los cálculos de Saturno

Luis Herrero

Si se mueve como un candidato, habla como un candidato y conspira como un candidato, lo más probable es que sea un candidato. Y si además lleva barba y es oriundo de Pontevedra lo más probable es que sea Rajoy. Moncloa apuesta por la repetición de las elecciones. De hecho, su amo en funciones ya vuelve a zascandilear por las barras de los bares de la Castilla norteña presumiendo de gestión económica, al calor de la última EPA, y proclamando su decidida voluntad a seguir luciendo palmito en los carteles que rinden culto a la personalidad del líder del partido. De lo que va quedando de él, vaya. Me refiero al partido, porque Rajoy está entero como una Inmaculada que no ha salido de su hornacina.

No contento con los tropezones consecutivos de las europeas, las andaluzas, las catalanas, las municipales, las autonómicas y la primera tentativa de las generales, el coleccionista de fracasos se apresta a embellecer su hoja de servicios a la ruina de la derecha con otro fiasco en las urnas. Nadie se ha atrevido todavía a decirle que es veneno para la taquilla, que hay gente que huye de una papeleta encabezada por él con la misma presteza con que él huye de las votaciones de investidura y que si se sigue vendiendo a sí mismo como la única alternativa al caos habrá mucha gente que prefiera el caos. El dramático llamamiento al voto del miedo que puso en pie en la última etapa de su mandato no fue capaz de sacar de su casa a todos los que le llevaron a La Moncloa creyendo que al hacerlo contribuían al bienestar de España. Casi dos millones de antiguos votantes del PP prefirieron quedarse en su casa poniendo el árbol de Navidad antes que darle su confianza el 20-D, y muchos de los que se la dieron lo hicieron poniendo en riesgo la capacidad de resistencia de su caja torácica al taparse la nariz y contener la respiración mientras metían la papeleta en la urna. Pero Rajoy no lo sabe, o lo sabe y se la bufa. Cuando se mira al espejo no ve el reflejo de un problema, sino la solución. Y como la gente ya le ha visto las rastas al lobo -piensa- entre los que están arrepentidos de haberse quedado en casa y los que lamentan haber votado a un Ciudadanos sin suficientes capacidades aritméticas para implementar mayorías, harán que sus resultados electorales retoñen con ímpetu primaveral y le permitan seguir en el sitio que le exige la salvación de la Patria. Porque esa es otra: como le sucede a todo caudillo de ínfulas mesiánicas, Rajoy es de los que cree que si su mano abandona el timón, España se va a pique y se hunde en las procelosas aguas de este mar embravecido.

Sus cálculos -según confesaba a mediados de la semana pasada un ministro del club de los confidentes presidenciales- prevén que los socialistas, si hay que volver a las urnas, seguirán haciendo espeleología electoral y colocarán el listón de la cosecha de escaños en un nuevo récord a la baja. La incorporación de Izquierda Unida a la plataforma electoral de Podemos, cuya negociación se encuentra en avanzado estado de gestación, haría que muchos de los últimos restos que el 20-D se quedaron en el cesto del PSOE pasaran a la nueva coalición de izquierdas. El cálculo gubernamental es que los socialistas perderían, sólo por esa circunstancia, en torno a los veinte escaños. Ciudadanos, sumados los efectos negativos de la pérdida de los últimos cocientes de la ley D’Hont y el arrepentimiento de la porción del electorado que dejó de votar al PP para avisar de su cabreo respaldando a Rivera, perdería otros tantos. Es decir, que los gurús monclovitas creen que en los nuevos comicios estaría servido el sorpasso de Podemos en la banda izquierda y el hundimiento del experimento centrista que nació a rebufo de la hedionda putrefacción de la derecha. En ese escenario dan por hecho que el PSOE no tendría más remedio que agachar la cerviz y cederle el paso a un Rajoy redivivo.

¿Podría pasar? La primera parte de la hipótesis -la del sorpasso de Podemos y el retroceso de Ciudadanos-, tal vez. La segunda -la de la gentileza de un socialismo humillado-, difícilmente. El comité federal del PSOE le dijo a Sánchez el sábado pasado tres cosas interesantes: la primera, que las líneas rojas del 28 de diciembre (las referidas al referéndum de autodeterminación de Cataluña) seguían tan rojas como si estuvieran recién pintadas. La segunda, que nada de pactar un gobierno de coalición con Pablo Iglesias porque no sería un gobierno de coalición sino una coalición de gobiernos en la que Podemos marcaría el ritmo de la acción política. Y tercera, que había que huir no sólo del apoyo de los independentistas sino también de su abstención e incluso de su ausencia del hemiciclo en el momento de la votación de investidura. Es decir, que le condenaron a explorar un par de salidas imposibles. Con esos límites, o Sánchez consigue el apoyo simultáneo de Ciudadanos y de Podemos sin trueque de carteras ministeriales (algo cercano a lo imposible), o consigue el respaldo de Ciudadanos y la abstención del PP (algo manifiestamente improbable), o se va a su casa con el rabo entre las piernas y la carrera política periclitada. Al bis de las elecciones los socialistas tendrían que acudir con un candidato -o candidata- de nueva planta que, en el supuesto de que tuviera que comerse el marrón de ir a rueda de Podemos, ni querría ayudarle a consolidar su hegemonía en la izquierda convirtiéndose en su epígono parlamentario ni le cedería sin más el papel de gran antagonista de la derecha facilitando la investidura de Rajoy.

Es muy posible que un nuevo veredicto de las urnas no sirviera para desbloquear los cerrojos aritméticos que ahora mismo impiden la investidura. Tendríamos una izquierda igual de numerosa, pero presidida por el líder del leninismo 3.0 (según la feliz acuñación de Felipe González), y una derecha igual de insuficiente pero sometida al imperio del responsable de su ruina. Eso es lo pavoroso: que sabiendo que ese es el final previsible de la repetición de las elecciones, a Rajoy no le importa ir en esa dirección. Debe ser que le hace gracia la idea de que la política se polarice entre la izquierda más montaraz que hayamos padecido y el residuo más calamitoso de una derecha en almoneda que gira en torno al aparato digestivo de un Saturno pontevedrés que después de merendarse a Rivera acabará devorándose a sí mismo. Plugo al cielo para que esa maldición apocalíptica no caiga sobre nuestras cabezas.

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