Las puertas del infierno

Luis Herrero

Que alguno de los partidos del pódium de diciembre se equivocaba gravemente al no impedir la repetición de las elecciones es una verdad que, a toro pasado, ya no admite discusión. Yo siempre creí, y así lo escribí muchas veces para descrédito de mí ya maltrecha reputación de nigromante, que no habría lugar al 26-J porque el suicidio repugna a cualquier naturaleza humana medianamente juiciosa. Volver a las urnas era lo peor que podía pasarle a PP o PSOE. Y tal vez a Podemos. Esa era la premisa que me llevaba a concluir que habría un acuerdo in extremis, sin Rajoy ni Sánchez en la lista de presidenciables, que permitiera la formación de un gobierno hilvanado con acuerdos de supervivencia. Pero es claro que me equivoqué.

Los dos baluartes del viejo bipartidismo, mirándose de reojo el uno al otro, se comportaron al dictado de su querencia genética, incardinada en lo más profundo del núcleo de su ADN: su prioridad fue la de negarle el poder al adversario a toda costa y reclamarlo para sí sin adentrarse en consideraciones más profundas. El PP se empeñó en hacer valer su condición de partido más votado, una credencial manifiestamente insuficiente en cualquier régimen parlamentario del mundo, y el PSOE en esgrimir la preeminencia aritmética -en número de escaños- que le confirió el acuerdo suscrito con Ciudadanos. El resultado de esa estúpida ceguera podría ser que el poder acabe huyendo de ambos.

Si aceptamos que el futuro inmediato que nos aguarda es el descrito en la encuesta del CIS (lo que ya es mucho aceptar, dicho sea de paso) nos daremos cuenta enseguida de que el PP y el PSOE se equivocaron un huevo al no permitir un acuerdo de investidura tras las elecciones del 20-D. Seis meses después, el PP pierde escaños y Ciudadanos -que es su socio natural-, también. Pero eso no es todo. A su debilitamiento hay que añadir, por el otro lado, el apreciable fortalecimiento de la izquierda en su conjunto, que ahora es más numerosa, y sobre todo más radical, que hace medio año. Esta es la situación: con menos efectivos en el Congreso, el PP tiene enfrente a un ejército rival recrecido. ¡Menudo negocio hicieron!

Habrá quien argumente que a veces hay que retroceder un poco para avanzar más y que ahora, paradojas de la vida, un PP con menos apoyos en el Congreso está más cerca que hacerse con el poder porque el PSOE no tendrá más remedio, si quiere evitar las terceras elecciones consecutivas, que franquearle las puertas del Gobierno. A quienes piensen así les pido que se detengan a considerar por un momento de qué clase de gobierno estamos hablando. Desde luego, no de uno que pueda acreditar fortaleza suficiente para ejercer la capacidad de iniciativa que la Constitución le otorga al poder ejecutivo. Sería, de hecho, el primer Gobierno de la democracia con más votos en contra que a favor durante el día a día de la legislatura. Un gobierno incapaz de sacar adelante las leyes fundamentales, o condenado a hacerlo moldeándolas al gusto de sus adversarios, para asombro -y cabreo cósmico- del electorado propio. Esa clase de poder sería la expresión más burda, grosera, ofensiva e inmoral de lo que significa la búsqueda del poder a cualquier precio.

Es verdad que descartada por el PSOE la posibilidad de la gran coalición, las alternativas del PP para evitar la convocatoria del 26-J eran pequeñas o heroicas. Si Rajoy hubiera aceptado el encargo del rey de buscar apoyos suficientes para su investidura se hubiera dado de bruces, seguramente, con las calabazas del PSOE. Pero en ese caso, al menos, habría dejado claro que la culpa del fracaso no era imputable a él. Por el contrario, al ser él quien le dio calabazas a Sánchez, lo que queda como mensaje prevalente es que le cerró las puertas a un programa de gobierno razonablemente moderado -el que suscribieron PSOE y Ciudadanos- sólo por no renunciar al poder, aun a riesgo de facilitar la llegada, seis meses después, de un gobierno de Podemos poco razonable y abiertamente inmoderado. Que ese riesgo existía es lo que con tanta elocuencia nos ha señalado el CIS. Y que detrás del ánimo de Rajoy anidaba cualquier cosa menos ese aliento de estadista, de procurador del bien común, del que tanto presume es lo que refleja la moraleja de su decisión.

De todas formas, el PSOE aún cometió una torpeza mayor que la del PP. Desde luego, mejor le hubiera ido conformándose con la jefatura de la oposición. Ahora es firme candidato a convertirse en la víctima propiciatoria de un sorpasso que le relegará a la condición de tercera fuerza después de pulverizar otra vez el récord a la baja de su peor registro electoral de la historia. Y todo para volver, después de todo, a la casilla de salida del 20-D en condiciones mucho más desfavorables. Con medio cuerpo más allá del borde del precipicio, a punto de precipitarse al vacío de la desaparición, los socialistas tendrán que volver a elegir entre las mismas dos opciones que le brindaron las urnas de diciembre: o Frente Popular (pero ya sin ellos en el puente de mando del acuerdo) o gobierno minoritario del PP (pero desposeídos de la primogenitura de la oposición). En un campeonato de idioteces políticas, la del PSOE merece el premio a la idiotez del siglo. Más que un suicidio, lo suyo ha sido un experimento fanático de exterminio masivo.

Han sido los errores de PP y PSOE, cada uno con su grado de culpa, quienes nos han traído hasta aquí. Lo más razonable sería que, de la misma manera que se juntaron para estropearlo todo, se juntaran para encontrar el remedio que pueda sacarnos del lío en que nos han metido. Nos han dicho muchas veces que sólo una situación excepcional podría justificar el recurso a la gran coalición. Pues ahí la tienen: un país a punto de ser abducido por el populismo bolivariano, un socialismo democrático en vías de ser borrado del mapa y una derecha sin principios jaleada por los acordes del arpa de un nuevo Nerón. Si no nos parece excepcional este fresco apocalíptico es que merecemos vivir en el infierno.

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