El turno de Junqueras

Luis Herrero

Ya sabemos lo que hace el Supremo cuando los acusados de rebelión, sedición, malversación y delitos conexos comparecen ante el juez y se refirieren a la DUI como a un mero acto simbólico, acatan la aplicación del 155 y se comprometen a actuar en el futuro dentro del marco legal que establece la Constitución. Lo que no sabemos es qué hubiera hecho si los acusados se hubieran negado a declarar -como Junqueras y compañeros mártires en la Audiencia Nacional- o lo hubieran hecho para ratificar la vigencia de la independencia y la obsolescencia constitucional.

Todo el mundo da por hecho que el juez Llarena ha dejado a la juez Lamela a los pies de los caballos, interpretando la ley de un modo más ventajoso para los intereses del Gobierno, y que el auto del magistrado del pasado jueves por la noche preludia el futuro inmediato de los antiguos consellers todavía encarcelados. Bueno, a mi no me parecería mal que se cumpliera el vaticinio. Pero entiéndase bien: siempre, claro está, que los presos preventivos pagaran por su libertad bajo fianza el mismo precio que pagaron Forcadell y los miembros de la Mesa del Parlament para evitar el trullo.

¿Qué hay de malo en que Junqueras vuelva a casa por Navidad, o incluso antes, si renuncia a considerarse el vicepresidente legítimo de la Generalitat, si da por no proclamada la República catalana y si se compromete a actuar en política, después del 21-D, con escrupuloso respeto a los límites que fija la Constitución? Lo que sería malo es que obtuviera el indulto por los delitos que ya ha consumado. Que se beneficie de la libertad provisional si desaparecen las causas que establece la ley para justificarla no es ningún contradiós. ¿Pero se atreverá Junqueras a marcarse un Forcadell para salir de Estremera? Esa es la gran cuestión.

Y la respuesta más razonable es que no. Hay una bolsa electoral de dos millones de ciudadanos catalanes que se quisieron creer que la tierra prometida de la independencia estaba a la vuelta de la esquina. Salieron a la calle, blandieron esteladas, percutieron cacerolas, camuflaron urnas y echaron de los hoteles a la Guardia Civil. Todos ellos han visto a Puigdemont poner pies en polvorosa, con la excusa ventajista de internacionalizar el conflicto, y a la presidenta del Parlament abjurando de la causa para eludir la cárcel. Si Junqueras siguiera su ejemplo, ¿qué harían esos votantes el 21de diciembre?

La manifestación de ayer dejó bien claro que la falta de compromiso de algunos de los líderes independentistas con las prescripciones del procés está haciendo mella en los ciudadanos que soportan a pie de calle el peso de la movilización social. El objetivo era aproximarse lo más posible a las cifras apabullantes de la diada de 2014. La Guardia Urbana contó en aquella ocasión a 1.800.000 manifestantes. Aunque sabían que no llegarían a tanto, la intención de los soberanistas era llegar esta vez al millón. No lo lograron. Los cálculos más optimistas hablan de 750.000. Menos de la mitad que hace tres años. Digamos que el mambo ha degenerado en blues y lleva camino de convertirse en réquiem.

La ausencia vergonzante de Forcadell, que lucía rostro de muerta en el entierro cuando salió de su pernocta carcelaria, demostró que el independentismo no puede ocultar sus muñones ante la opinión pública. El miedo a que fuera señalada por los manifestantes como un miembro más de la distinguida cofradía de las 155 monedas de plata no sólo la retuvo en el salón de su casa, sino que la apeó -junto a Ana Simó, partícipe de su misma estrategia judicial- de las listas electorales que ERC dio a conocer justo antes del comienzo de la manifestación. El mensaje parecía claro: Junqueras, como Roma, no recompensa a los traidores.

¿De qué le serviría al líder republicano haber apostado por la confrontación electoral con la lista del President, que es el invento bruselense de tapar con parches de la sociedad civil las vías de agua del PDeCAT, si al final protagonizara el mismo comportamiento autodefensivo que Forcadell? Su mejor baza es presentarse ante los electores como el único candidato que no ha tenido miedo a pagar con la cárcel su defensa de la República. Y si juega esa baza y sale de las urnas, como predicen las encuestas, convertido en el nuevo caudillo de la rebelión, ¿qué nos hace pensar que se abrazará al PSC y a Podemos para volver al redil estatutario? No tengo nada en contra del optimismo, pero no conviene confundirlo con la estupidez.

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