El silencio ominoso de París

Luis Herrero

Que Dios me perdone pero a mí lo de ayer en París me ha parecido un acto, todo lo multitudinario que se quiera, tan cargado de buena intención como de impotencia. Un millón y medio de personas –laicos y religiosos, judíos y palestinos, moros y cristianos– y más de medio centenar de líderes mundiales –de Europa y de América, de África y de Oriente Próximo– quisieron mandar un mensaje de unidad al mundo entero. ¿Pero de unidad en torno a qué?

Yo esperaba un acto de afirmación en los principios comunes que están amenazados por la yihad. Pensé que al término de la marcha, como sucede siempre en los actos reivindicativos de esta naturaleza, alguien se haría con un micrófono y diría, en nombre de todos los reunidos, que Occidente no le tiene miedo a la guerra que le ha declarado unilateralmente el fundamentalismo islámico y que el ataque a la sede de Charlie Hebdo no es sólo la consecuencia de un inveterado conflicto, ni la acción temeraria de un puñado de terroristas fanáticos, sino un nuevo episodio bélico protagonizado por soldados de un ejército multinacional y numeroso que utiliza el terrorismo como instrumento de guerra. Pero la manifestación se disolvió y no hubo nada de eso. Sólo escuché, en corrillos callejeros, referencias particulares a los valores de la República. El único discurso fue el canto de La Marsellesa. Hollande se limitó a decir "París es hoy la capital del mundo" y el representante norteamericano, un tal Eric Holder, no fue más allá del "Hoy somos todos ciudadanos franceses". Las pancartas más extendidas aireaban el lema "Yo soy Charlie". Nadie explicó que no hacía falta serlo para estar allí porque tratar de identificar a la revista francesa con los valores que la yihad trata de llevarse por delante sería un solemne disparate. Charlie Hebdo es tal vez el último exponente, y desde luego el más anarco de todos, de la explosión juvenil del 68. Una revista que tiene a gala estar en conflicto permanente con todo sistema institucional y con cualquier forma de manifestación religiosa. Pero no es esa, ni mucho menos, la propuesta espiritual que mejor define eso que hemos dado en llamar los valores de Occidente. Y si no es esa, ¿entonces cuál es? No lo sabemos. Quiero decir que ayer nadie nos lo explicó. Nuestros representantes, los del mundo libre y algunos de otro mundo no tan libre, fueron incapaces de ponerse de acuerdo en la definición de la amenaza y de lo amenazado. Y ese, me temo, es justamente nuestro principal problema, la máxima expresión de nuestra debilidad.

La amenaza del Islam ya ha puesto a prueba muchas veces nuestra fortaleza. Primero cuando las victorias musulmanes de la Edad Media despiezaron en Asia, África y Europa lo que hasta ese momento, desde la Grecia antigua, había sido un continente común formado por los países que, a un lado y otro del litoral Mediterráneo, compartían sistema político, identidad cultural y afición por el comercio. Asia y África cayeron del lado de la media luna. La cruz impulsó a Europa hacia el Sacro Imperio. Todavía hoy, la máxima distinción a la que puede aspirar un líder europeísta lleva el nombre de Carlomagno. La Europa de oriente y occidente, Bizancio y Roma, consumaron un proceso de identificación histórica y cultural, desde los Pirineos hasta el Bósforo, sólo comparable al que trata de construir la Unión Europea de nuestros días.

El segundo gran hachazo del Islam se produjo cuando Constantinopla fue conquistada por los turcos. La cultura greco-cristiana de la Europa bizantina se extinguió y el imperio occidental, ya en solitario, fue decantando una inequívoca vocación por el progreso de las ideas y de la ciencia. Llegó el Renacimiento. El cristianismo se civilizó. La Iglesia se separó del Estado y el Estado de la Iglesia. La Ilustración declaró incompatibles la razón y la fe y el hombre europeo comenzó a sustituir los valores espirituales de su tradición cultural por la orgullosa quimera de una sociedad absoluta y definitiva en la que sólo el funcionamiento de las condiciones materiales podía garantizar la felicidad de todos. Las dictaduras de Hitler y de Stalin se creyeron capaces de crear un hombre nuevo y un mundo mejor a partir del dogmatismo de su propia ideología. La vieja Europa, por ese camino de secularización sin medida, acabó dándose de bruces con la II Guerra Mundial. Tras la devastación, los padres de la Unión Europea –Adenauer, Schumann, De Gasperi– trataron de recomponer la identidad europea retornando a las grandes constantes de la herencia cristiana. Pero su entusiasmo inicial se esfumó demasiado pronto y el proyecto de unión europea, de hecho, acabó circunscrito a los aspectos básicamente económicos del diseño original.

En este contexto, el tercer hachazo del Islam –la amenaza contemporánea– ya no pretende despiezar el continente o arrebatarle el flanco oriental al Imperio Romano. La batalla, aquí y ahora, se está librando ya dentro de la muralla de la nueva Roma. Y no sólo porque las víctimas de esta yihad residan en Nueva York, Londres o París –que también–, sino porque la amenaza afecta a los principios característicos de nuestro mundo. El renacimiento del Islam no sólo está vinculado a la nueva riqueza material de los países que adoran a Alá, sino a la conciencia de que el Corán puede ofrecerle a los hombres ese sólido fundamento espiritual que la vieja Europa ha dado por imposible. Y lo peor es que, en nombre del diálogo de las civilizaciones y del respeto al multiculturalismo, ninguno de los dirigentes políticos que ayer se manifestaron por las calles de París se atrevió a decir claramente por miedo al enfrentamiento que la democracia es mejor que la teocracia, una constitución liberal mejor que la sharia y la sentencia judicial de un tribunal independiente mejor que una fatwa. Vivimos tiempos extraños donde se asignan a todas las cosas el mismo valor. ¡Claro que se puede decir que Occidente es mejor que el Islam! De hecho, creo que se debe. A mí, al menos, me hubiera gustado oírselo decir a alguno de los manifestantes parisinos de ayer por la tarde. Que nadie lo hiciera no me parece ni un acto de tolerancia, ni de convivencia, ni de respeto, sino de miedo cerval a defender lo propio. El ominoso silencio de ayer demuestra que los líderes europeos han perdido todo interés por mantener la vigencia de sus valores característicos. Menos mal que la pervivencia de esos valores no depende de ellos. La libertad, la igualdad y la fraternidad –ahora solemos decir solidaridad– no son derechos que emanen de los parlamentos ni concesiones graciosas a los ciudadanos. Existen por sí mismos y han de ser respetados por cualquier legislador porque se anteponen a él como valores superiores. Que no sean manipulables por nadie, ni siquiera por la cobardía de los políticos, es, precisamente, la verdadera garantía de nuestra libertad y la razón última de su superioridad moral.

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