El debate de los zombis

Luis Herrero

Pasad y veréis el último acto de la gran farsa. Saldrán a escena varios señores, y una sola dama, todos muy serios, con gesto grave y voz admonitoria, para hacer promesas que no podrán cumplir referidas a un futuro al que ya no pertenecen. Veréis desfilar, con la cabeza acunada entre sus brazos, a decapitados que aún no saben que están muertos hablando de proyectos de una vida mejor en medio de un camposanto de cadáveres exquisitos. El viejo convento del Espíritu Santo, después reconvertido en Palacio de Las Cortes, será otra vez el aposento de clérigos menores. No os dejéis engañar por la suntuaria apariencia de sus vestidos, engalanados aún con entorchados cardenalicios. La verdad pura y dura es que ninguno de los oradores que tome la palabra sobrevivirá a la estrepitosa caída de un Régimen que se derrumba rápida, pesada y estrepitosamente. Nunca antes ha habido, y probablemente nunca habrá, otro debate parecido. El del haraquiri franquista tuvo la grandeza de ser un suicidio dirigido a facilitar el alumbramiento de la democracia. El de pasado mañana, en cambio, ni es un suicidio -al revés, todos se aferrarán a una supervivencia imposible- ni se dirige al alumbramiento de un nuevo proyecto democrático. Lo que pase después, mejor o peor, más democrático o mucho menos, habrá que improvisarlo cuando se disipe la polvareda del hundimiento que se avecina. No sólo estamos ante el fin de una legislatura. Estamos ante el fin de la generación política que conocemos y del sistema bipartidista que ha hecho posibles las mayorías absolutas.

Que Rajoy va camino del cementerio de los elefantes es un secreto a voces. Ya sea porque no gane las elecciones, o porque no llegue a ellas si fracasa en las municipales, o porque una pinza de de los partidos de izquierda le arrebate la merienda, o porque sus eventuales aliados prefieran pactar con alguien menos chamuscado que él, lo probable es que pasado mañana suba a la tribuna parlamentaria por última vez para explicar en nombre del Gobierno cuál es el estado de la Nación. Sería todo un detalle que en esa pieza póstuma dejara constancia de que ha aprendido la lección -más vale tarde que nunca- y no hablara sólo de economía. Es verdad que ahí tiene los mejores argumentos para reivindicar su gestión, pero también lo es que no son suficientes para merecer un veredicto benigno. Heredó un partido cerrado, endogámico, personalista, rancio, con la atmósfera cargada de un irrespirable tufo a corrupción, y ni siquiera ha hecho ademán de ventilarlo, ni de abrirlo a una sociedad crecientemente participativa, ni de democratizar su gobierno, ni de renovar su vademécum. Aún sigue aferrado a los malos hábitos de la doble vara de medir, del y tú más, del engaño electoral, del argumentario políticamente correcto, de los discursos al dictado, del monolitismo gregario y del índice divino. Se podrá decir, con razón, que ese mismo diagnóstico describe la enfermedad de otros muchos partidos, de la inmensa mayoría, pero el PP de Rajoy es, de todos ellos, el más reacio a adoptar medidas curativas. No es creíble el discurso regenerador de quien no siente la necesidad de regenerarse a sí mismo.

Por lo demás, el discurso presidencial tendrá que dilucidar si el PP ratifica la pauta marcada en su última Convención de ningunear al PSOE y buscar la confrontación directa con Podemos -el escenario perfecto para hacer eficaz la estrategia del yo o el caos- o toma nota del riesgo que supone para él la irrupción de Ciudadanos en el club de los cuatro grandes y carga contra ellos como ya hizo Soraya Sáenz de Santamaría el viernes pasado en la rueda de prensa posterior al consejo de ministros. Lo fantasmagórico de la situación -nótese la peculiaridad de este debate de zombis- es que ni Pablo Iglesias ni Albert Rivera se sientan aún en los escaños del Congreso. Rajoy, por una vez en carne mortal, tendrá que debatir con dos plasmas imaginarios.

Pedro Sánchez no lo tiene mucho mejor. Su liderazgo pende de un hilo que se debilita a cada encuesta. Es un pronóstico fácil que su foto no llegará a convertirse en cartel electoral si su partido se estampa contra las urnas de mayo. Y como ese es el fijo en la quiniela que barajan los sumos sacerdotes del socialismo español, lo que pase el miércoles en el Congreso tiene para ellos una importancia relativa. Y, sin embargo, a mí me parece que su intervención es la que tiene más morbo. Primero, porque servirá para medir su talla de líder político en una corrida parlamentaria con caballos. Segundo, porque mostrará el grado de apoyo que recibe de su propio grupo, plagado de conspiradores embozados que miran a San Telmo con ganas de hacer méritos. Y tercero, y sobre todo, porque delatará si se ha dejado convencer por la invitación a la centralidad que le cursó Felipe González en el artículo de El País o si, por el contrario, se mantiene en sus trece de bascular hacia la izquierda para reclamar como propios los votos que, encuesta tras encuesta, se van en dirección a Podemos. Después de la rebanada de nuez a Tomás Gómez y de la exitosa operación de desembarco de Ángel Gabilondo en la candidatura a la Comunidad de Madrid, Pedro Sánchez ha tomado un cierto impulso que podría verse reforzado si corta las dos orejas en el debate. Pero aun así su futuro no depende de sí mismo. La sombra de Susana Díaz, otra de las grandes ausentes que tiene asegurado su escaño en la bancada del futuro, planeará sobre su cabeza como una negra amenaza que sólo conjurará una buena cosecha en las urnas. Para él, más que para nadie, la campaña electoral empieza pasado mañana.

Otro que va camino de protagonizar su primer y último debate en el mismo día es Alberto Garzón. Que la primogenitura de la izquierda ya no la ostentará IU durante la próxima legislatura es tan evidente como que el propio Garzón acabará en Podemos. A la fecha de caducidad de Durán y Lleida no creo que sea necesario dedicarle una sola oración subordinada. Y en cuanto a Rosa Díez, la única dama entre tanto zombi, su pronóstico no es muy distinto al de los demás. Después de haber luchado bravamente contra el dragón de dos cabezas y de abrir una tercera vía centrista, razonable y descontaminada, su crecimiento electoral parece haber tocado techo. Tras las elecciones europeas, los observatorios demoscópicos detectaron que Ciudadanos estaba apoderándose lenta pero implacablemente de las aguas donde la lideresa de UPyD había colocado sus palangres. En el primer momento de aquel incipiente sorpasso, un pacto entre ambas formaciones políticas hubiera supuesto un serio quebradero de cabeza para los dos guardianes del sistema, socialistas y populares, pero Rosa Díez prefirió verse en el reflejo del espejo como la madrastra de Blancanieves. Echó del partido a Sosa Wagner por haber defendido el pacto, acalló las voces de sus seguidores y después de un paripé de cara a la galería clausuró el debate de malas formas. Su error puede haber sido mayúsculo porque Ciudadanos ya le triplica en expectativa de voto (véase la encuesta de ayer en El País) y su liderazgo difícilmente sobrevivirá a un fiasco municipal y autonómico.

Así pues, pasado mañana será el apogeo de la España que se va. La España que viene aún aguarda en las tertulias de televisión.

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