El bucle del tedio

Luis Herrero

Lo más suave que puede decirse de la situación política actual es que ha entrado en un bucle aburridísimo. La expectación inicial ha derivado en un tremendo bostezo. El interés ha dado paso a la indiferencia. Las crónicas baldean cada día pozos secos como tejas. El resultado del esfuerzo es siempre un poco más de la misma nada. No es que estemos atrapados en el tiempo, como Bill Murray en el día de la marmota, sino más bien atrapados en el tedio, como Jack Lemon en El Apartamento antes de que le dieran la llave del baño de directivos. Bill Murray, después de todo, cambiaba de actividad a diario: unas veces aprendía a tocar el piano, otras ensayaba distintas formas de suicidio, de vez en cuando le sacudía un puñetazo a un tipo pesadísimo que le abordaba por la calle, o trataba de salvarle la vida a un indigente borracho, y siempre estaba depurando nuevas técnicas de seducción para llevarse a la cama a Andie MacDowell. Había mucha más variedad en el mismo dos de febrero de Punxsutawney, Pennsylvania, que en el correcto fluido temporal de la empresa de seguros neoyorquina de C.C. Buxter.

Los políticos españoles están afectados por la misma rutina melancólica que los oficinistas de El Apartamento. Siempre hacen lo mismo, dicen lo mismo y amagan con lo mismo. Son tan cansinos que se han vuelto invisibles, como los hombres de celofán de las subtramas de algunas películas. Pero algunos de ellos no se han dado cuenta y siguen pavoneándose por el escenario como si ansiaran esa divinización que tanto reprobaba Einstein en su ideal democrático. El paseo de Iglesias y Sánchez por la carrera de San Jerónimo fue un ejemplo paradigmático de esa estúpida arrogancia que se ha instalado en su ánimo y que, sin duda alguna, les nubla el juicio. Sus mecánicas reiteraciones ya no interesan a nadie, pero ellos las siguen escenificando como si fueran cuadros teatrales de una trascendencia sublime. Alguien debería decirles que la nube de fotógrafos que escoltó su recorrido no estaba allí por interés, sino por obligación, y que el tráfico no se paralizó por ellos, sólo era el atasco habitual de la factoría Carmena.

Me temo que esa explosiva combinación de arrogante inutilidad de los actores sobre las tablas y de caras de aburrimiento en el patio de butacas desembocará indefectiblemente en un ensordecedor pateo del público en todo el teatro. Lo que, traducido a términos políticos, significa que si se repiten las elecciones nos podemos encontrar con una abstención pavorosa. Si el 20-D, a pesar del cerco al rancio bipartidismo, de los niveles máximos de interés por la política que detectaban las encuestas y de la incertidumbre del resultado final sólo se registró un raquítico 69,7% de participación -cuatro puntos por debajo de la media-, el 26-J podríamos quedarnos por debajo del 65, lo que significaría, de muy largo, el peor registro de toda la secuencia histórica desde 1977. Hasta ahora, las elecciones con menos participación han sido las de 1979, donde acudió a las urnas el 68,04% del censo. ¿Se imaginan que la entrada en escena de los llamados partidos emergentes, los que venían dispuestos a revolucionar el cotarro y a devolverle la ilusión al electorado asqueado por el hastío, se saldara con la contienda electoral de mayor pasotismo ciudadano de la historia?

Habrá quien piense que exagero en la predicción, pero lo cierto es que el único precedente del que podemos echar mano para establecer un punto de referencia aún la deja corta. En mayo de 2003, cuando se repitieron las elecciones autonómicas madrileñas por culpa del "tamayazo", la participación cayó casi siete puntos. En mayo fue del 69,3 y cinco meses más tarde, en el bis de octubre, se situó en el 62,6. Los analistas que olfatearon después la causa del cataclismo nos dijeron que se había debido a dos razones principales: el hartazgo y la decepción. De aquella experiencia los expertos extrajeron la enseñanza de que los ciudadanos se cansan de tener que sacarles las castañas del fuego a los políticos inútiles y que ese cansancio, en muchas ocasiones, se traduce en un profundo enojo. De ambas cosas -empacho electoral y cabreo por la ineficacia de los políticos a la hora de formar Gobierno- hay sobreabundancia en el actual paisaje de la política española.

La pregunta es a quién de los cuatro grandes perjudicaría más el incremento de la abstención si hay regreso a las urnas el 26 de junio. En mayo de 2003 el más perjudicado fue el PSOE. Según el CIS, la abstención de los votantes socialistas se situó casi cuatro puntos por encima de la de los votantes del PP e IU. No existían entonces ni Podemos ni Ciudadanos, pero dicta el sentido común que la fidelidad de los electores que han apostado por los nuevos partidos tiende a ser mayor que la de los votantes de los partidos viejos. De nuevo surge la pugna entre lo nuevo y lo viejo, el equilibrio entre la gente que quiere entrar y aquellos que no quieren salir. Un dato actual para objetivar la corazonada: casi dos tercios del electorado socialista -otra gentileza estadística del CIS- declara tener poco o ningún interés por las cuestiones políticas, una cifra muy superior a la de Podemos. De ahí que la amenaza de la abstención, por lo que respecta al hartazgo, se cierna mucho más sobre el PSOE que sobre el resto.

¿Y respecto a la decepción? En ese aspecto es Podemos quien se lleva la peor parte. Confróntense las encuestas de este fin de semana en El País y El Español. Según la de Pedro J., el 61% de los que votaron a Podemos cree que su partido es quien más ha empeorado desde el 20-D hasta la fecha. Con diferencia, el peor registro de todos. Según la de Prisa, el 75% de los españoles cree que el partido de Iglesias no se ha esforzado por negociar y llegar a acuerdos que permitan la formación de un nuevo Gobierno. Las estimaciones de intención de voto de ambas encuestas coinciden en que Podemos se hunde y el PSOE sigue a la baja. Sólo crece Ciudadanos. Así que, de acuerdo a lo que dicta la ciencia demoscópica, la izquierda no debería ver con demasiados buenos ojos la repetición de las elecciones. Los unos por culpa del hartazgo y los otros por culpa de la decepción, ambos se juegan el hilo de vida que les mantiene unidos a la esperanza de gobernar.

¿Y qué pasa con el PP? No descubro ningún mediterráneo al afirmar que Rajoy lo fía todo a la reacción que puede provocar en el electorado más sensato el miedo de haberle visto las orejas al lobo del Frente Popular. Pero yo en su lugar haría esos cálculos con cierta prudencia. En mayo de 2003, en Madrid, no es que se le vieran las orejas al lobo del Frente Popular, es que se le vieron las orejas, el hocico, el rabo y las pezuñas. Con la aritmética en la mano -que a veces no es tan tozuda como dicen los voceros de Génova- el lobo tenía el poder garantizado. Sólo el "tamayazo" de última hora se lo arrebató. Aun así, en la repetición de las elecciones, cinco meses después, el PP no sólo no ganó ni un solo voto, sino que perdió 85.000. Su único consuelo fue que los demás aún sufrieron pérdidas de mayor cuantía. Y eso que, en aquellas circunstancias, al PP no se le podía atribuir ni un átomo de culpa ni del hartazgo ni de la decepción. En esta ocasión, en cambio, es percibido por casi todos (por el 85% del censo, según Metroscopia) como el partido menos predispuesto a desbloquear el atasco de la investidura.

Tal como yo lo veo, las elecciones de junio no les convienen a casi nadie, pero en el ánimo de los partidos no está la idea de la ganancia propia sino la de la debacle ajena. Tenía razón Woody Allen: la vocación del político de carrera es convertir cada posible solución en un nuevo problema.

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