El bienio prodigioso

Luis Herrero

En los dos últimos años, una perfecta desconocida, reclutada a última hora para dar una batalla electoral que todo el mundo daba por perdida, se ha convertido en la política más importante de la derecha española. El hecho es indiscutible. El porqué, un arcano más difícil de descifrar de lo que parece a simple vista. En 2019, el PP era un partido sin costuras. Tras el hachazo de la moción de censura que lo desalojó del poder, muchos de los votantes que lo habían apoyado para evitar que la izquierda se adueñara de La Moncloa huyeron hacia otros parajes menos contaminados por la corrupción y el abandono de los principios. Su futuro era negro como el carbón. Vox por un lado y Ciudadanos por el otro le chupaban la sangre de las urnas. La marca se despeñaba en las encuestas como un peso muerto y la llegada de Pablo Casado no parecía haber servido para nada útil. El desánimo de los electores seguía campando a sus anchas.

En ese contexto, las elecciones municipales y autonómicas adquirieron una relevancia inusual. Si el partido de Albert Rivera consumaba el sorpasso que predecían los posos del té de algunos futurólogos, los populares, después de haber perdido el Gobierno de la Nación, perderían también el poder territorial que conservaban en muchos Ayuntamientos y cinco Comunidades Autónomas. El desastre sería total. Para los nuevos dirigentes de Génova era prioritario conservar Madrid. La joya de la corona. Casado buscó un candidato de éxito con un candil pero todos le dieron con la puerta en las narices. Nadie estaba dispuesto a bailar con un cadáver. Los pronósticos eran elocuentes: el PSOE iba a ser el partido más votado y aunque el triunvirato de la derecha tenía posibilidades de alcanzar la mayoría absoluta, Ciudadanos partía como favorito para ser el primus inter pares. Ocupar la cabecera de cartel parecía una misión suicida.

Isabel Díaz Ayuso asumió el encargo de comerse el marrón a sabiendas de que su jefe y amigo la veía como un parche para salir del compromiso. Pero la suerte se puso de su lado. Aunque el PSOE ganó las elecciones, como estaba previsto, la suma de las tres derechas logró la mayoría absoluta de los asientos de la Asamblea. Necesitaban 67 escaños y obtuvieron 68. El PP, además, consiguió 4 más que Ciudadanos (30-26) y Díaz Ayuso se convirtió en presidenta por sorpresa. Desde entonces no ha parado de crecer. No habríamos sabido cuánto si la conjunción astral de la cagada de Arrimadas en Murcia no le hubiera permitido convocar las elecciones del 4-M. Ahora su crecimiento no es una simple conjetura. En dos años ha ganado casi un millón de votos, se ha convertido en la primera fuerza y ha multiplicado por más de dos el número de escaños. ¿Estamos seguros de saber por qué?

A mi me parece que los motivos —al menos cuatro— deben colocarse por su orden. El primero de todos, el hundimiento de Ciudadanos. Tras el descalabro de noviembre de 2019, donde el partido de Rivera perdió 47 escaños, más del 60% de sus votantes decidieron apostar por el PP. Podía parecer al principio que el movimiento de arrastre era producto de la atracción que ejercía el liderazgo de la presidente madrileña, menos atormentado que el de su jeje de filas, pero las encuestas enseguida comenzaron a replicar el mismo fenómeno en el resto de España. El trasvase no se debe a la gestión particular de un gobernante en concreto. No ha sido un premio a su buena gestión, sino un castigo a la catastrófica política de sus socios de gobierno. Más de la mitad de los votos que ha ganado en este tiempo proceden de esa cantera. Ayuso se equivocaría si pretendiera colgarse la medalla.

El segundo motivo de su crecimiento ha sido la pandemia. O por decirlo mejor, su manera de gestionarla. Sin crisis sanitaria, su proyección pública como antagonista del modelo impuesto por Sánchez, y en consecuencia su rol de adalid de las libertades individuales, no hubiera adquirido tanta notoriedad. Su habilidad ha consistido en encontrar un punto de equilibrio entre la protección de la salud y el establecimiento de unas condiciones de vida, comercial y consuetudinaria, razonablemente pasaderas. Frente a la apuesta mayoritaria por el cerrojazo indiscriminado, ella supo mantener entreabiertas las puertas de una cierta normalidad, esencial para el mínimo sostenimiento de la actividad económica y el buen ánimo de los ciudadanos. Gracias a ese contraste pudo forjar un perfil propio que, en otras circunstancias, hubiera pasado más inadvertido. Lo que está por ver es si logra mantenerlo tras el fin de las restricciones.

La tercera razón de su impulso no es mérito propio. El viento que hasta ahora soplaba a favor de Sánchez ha cambiado de dirección. Su arrogancia personal, el apego al poder que desprende su conducta, la naturaleza cambiadiza de sus promesas y la identidad de sus socios de legislatura ha puesto en marcha un movimiento reactivo, también en una parte del electorado de la izquierda, que crece, según las encuestas, a velocidad constante. Madrid ha sido el primer aviso. Y Díaz Ayuso, una chulapa sin mantón, castiza y desacomplejada, la aldaba que lo ha hecho sonar por todos los rincones del país. Su desfachatez a la hora de desafiar al sanchismo, sin necesidad de autoafirmarse riñendo con Vox, es el cuarto motivo —el más intransferible de todos— que le ha permitido crecer sumando apoyos a izquierda y derecha. Y también el que la ha convertido en una pieza de caza mayor. Después del bienio prodigioso viene el peligroso. A partir de ahora, yo, en su lugar, miraría en todas direcciones antes de cruzar la acera.

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