Demasiado plomo en las alas

Luis Herrero

Pincho de tortilla y caña a quien pueda aclararme con cierto rigor científico el gran misterio de la política española: hace diez meses, el partido de Rosa Díez parecía llamado a convertirse en fiel de la alternancia, bisagra del bipartidismo, árbitro de las mayorías, hacedor de presidentes y carcelero de la oposición. Ahora es un don nadie en el tablero. Peor, es un moribundo que se aferra a la vida consumiendo compulsivamente las últimas bocanadas de oxígeno que aún le quedan al depósito de esta legislatura terminal. Su gente huye en tropel por las grietas del edificio para evitar que el derrumbe, que parece inexorable, descuartice sus ambiciones políticas. ¿Qué ha pasado para que el panorama haya cambiado tanto en tan poco tiempo? ¿Cómo ha llegado a estar UPyD de cuerpo presente en la mesa de la morgue si hasta hace un suspiro su cuerpo glorioso estaba dando saltos en la antesala del paraíso? Se lo he preguntado a muchos expertos, demóscopos, cronistas, gurús y visionarios y nadie ha sabido explicármelo. Saben el cómo y el cuándo del suceso, pero no el porqué.

A Rosa Díez las cosas le fueron bien desde el principio. A los seis meses de su fundación, en septiembre de 2007, UPyD consiguió entrar en el Congreso después de una cosecha de más de trescientos mil votos en toda España. En 2009 se hizo un hueco en el parlamento europeo y en el vasco. En las autonómicas de 2011 obtuvo ocho escaños en la Asamblea Regional de Madrid y pocos meses después, en las generales de ese mismo año, cuadruplicó el resultado de la legislatura anterior. Superó la barrera del millón de votos, casi el 5%, y conquistó, con cinco escaños, el derecho a tener grupo parlamentario propio. La progresión, sin ser meteórica, apuntaba hacia la consolidación de un proyecto llamado a desempeñar un papel moderador de extraordinaria influencia en la vida política española, muy parecido al que quiso para sí Adolfo Suárez tras la fundación del CDS. Hasta ese momento, Ciudadanos no había dado señales significativas de vida más allá del ámbito territorial de Cataluña.

Así estaban las cosas cuando llegaron las elecciones europeas de 2014. Ningún explorador, ya fuera analista con vista de largo alcance o sociólogo con empresa de gran presupuesto, había avizorado grandes novedades en el panorama público. Sus informes reportaban desánimo en los electorados de PP y PSOE, profunda desafección –incluso gran cabreo– por sus rancios hábitos de conducta, fuerte incremento de la abstención y una tímida pero apreciable irrupción en escena de Podemos, la bandera partisana que había enarbolado con fuerza la juventud más movilizada tras el empujón callejero del 15-M. El vaticinio sólo se cumplió en parte. Quedó patente, desde luego, el hartazgo de los electores con socialistas y populares. Cada uno de ellos perdió dos millones y medio de votos y más de 15 puntos porcentuales. La mayoría del electorado infiel se refugió en la abstención. Sin embargo, la participación no descendió como se esperaba porque el desinterés del electorado tradicional fue compensado con creces por el desembarco en las urnas de jóvenes y pasotas habituales que vieron en el voto a Podemos, unos por afinidad y otros por pragmatismo, la oportunidad de cebar el cambio que la política española, ya entonces, andaba pidiendo a gritos.

En medio de ese paisaje incipiente de confrontación entre lo viejo y lo nuevo, UPyD salvó la cara y obtuvo unos resultados engañosos. Por una parte multiplicó por algo más de dos los resultados que había obtenido en las mismas elecciones cinco años antes (del 2,8% de 2009 pasó al 6,5%), pero por otra parte sólo fue capaz de repetir la cosecha electoral que había obtenido en las generales de 2011: poco más de un millón de votos. Por primera vez, esa cosecha dejaba de crecer respecto a comicios inmediatamente anteriores. Dicho de otra forma, quedó de manifiesto que no había sacado tajada del derrumbe del bipartidismo. Casi ninguno de los votantes hartos de PP y PSOE confió en Rosa Díez para que gestionara su desilusión. Ese fue el primer mensaje claro del electorado que ella se negó a escuchar. No la culpaban del desastre general en que se había convertido la vida pública pero tampoco confiaban en ella para que lo arreglara. Algunos de sus lugartenientes captaron la señal de las urnas y trataron en vano de decodificarla para que Díez se diera por enterada. Los votantes no la veían como un recambio nuevo capaz de arreglar el trasto viejo, sino como la parte más noble de la vieja maquinaria. Llevaba 35 años de política a cuestas. Demasiado plomo en las alas. En el Consejo de Dirección de UPyD que se celebró a los pocos días de aquellas elecciones algunas voces le pidieron que abriera negociaciones con Ciudadanos para fusionar ambos partidos y dar lugar a una fuerza política de nueva fachada o, en su defecto, que diera paso a otra generación menos identificada con la de siempre. Pero ella dijo que no.

El partido de Albert Rivera, entre tanto, había vivido en las elecciones europeas una experiencia agridulce. Obtuvo en Cataluña 125.000 votos menos de los que había conseguido en las autonómicas de 2012 –lo que reflejaba un retroceso de un punto y medio– pero en el cómputo general se quedó muy cerca del medio millón de votos, que era una cosecha bastante más abundante de la que había obtenido Rosa Díez en su exitoso debut de 2007. Ciudadanos obtuvo muchos más apoyos fuera de Cataluña que en Cataluña. Estaba claro que los votantes moderados del resto de España se habían empezado a fijar en él. A partir de ahí el proceso de redistribución del electorado se disparó vertiginosamente. El efecto Podemos desatascó la tubería de la política estancada y los electores percibieron que la regeneración era posible. Las encuestas comenzaron a detectar que un profundo corrimiento de tierras estaba cambiando la faz del arco parlamentario a una velocidad desconocida hasta ahora en la historia española.

Es justo en ese momento cuando Albert Rivera llamó a la puerta de Rosa Díez con ánimo de plantear la fusión de ambas formaciones políticas. Pero Rosa le dijo que no y el electorado interpretó su portazo como un desprecio más de lo viejo hacia la nuevo. Al cerrarse en banda, la lideresa de UPyD demostraba que su apego al poder era intercambiable con el de los políticos del viejo régimen, habitualmente proclives a anteponer sus ambiciones personales a los intereses generales del país. Es decir, que era más de lo mismo. Pero no sólo eso. También puso de manifiesto que no había entendido en absoluto lo que estaba pasando, de fondo, en el panorama político español. Su existencia como partido bisagra, como garante de cierta higiene democrática, como factor de equilibrio entre dos partidos corruptos en fase de abierta descomposición, sólo tenía sentido en el ámbito de ese mismo esquema, bipartidista y fétido, que los ciudadanos, tras el aldabonazo de las elecciones europeas, estaban decididos a barrer del mapa. Era imposible que Rosa Díez, convertida en un apéndice del sistema, pudiera sobrevivir a la almoneda del propio sistema. Era imposible porque, entre otras cosas, formaba parte de él.

La conclusión lógica de este razonamiento es que, en contra de las apariencias, no vamos hacia un escenario político de cuatro protagonistas en lugar de dos (por mucho que esa sea la imagen que proyecte ahora mismo el fotograma de la película), sino hacia la rápida sustitución de los nombres, las caras, los hábitos y los discursos de los dos viejos baluartes del tinglado de la antigua farsa. Y en ese nuevo esquema, UPyD se ha quedado sin papel: puesto que el viejo PSOE y el decrépito PP están de salida –aunque ellos no lo sepan todavía–, ya no hace falta ningún poder vigilante que modere sus tendencias geriátricas. Lo que hace falta es alguien que ocupe su lugar. Y para esa labor de sustitución renovadora Rosa Díez no es, mucho me temo, la persona indicada. Los odres nuevos y el vino viejo, ya se sabe, forman una mezcla que no goza de buena reputación.

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