Curvas peligrosas

Luis Herrero

No entiendo las caras largas con que los socialistas han abandonado la sede de Ferraz después del Comité Federal del sí a la abstención. También lo ha sido del no a las terceras elecciones. Cuestión de perspectivas. Salían en fila india, con la cabeza agachada, a paso de derrota, como si fueran los supervivientes de un ejército masacrado que acude al exilio, al destierro o a la melancolía de la extinción. No lo entiendo. Si miraran alrededor con los ojos bien abiertos se darían cuenta de que, en el paisaje de después de la batalla, todos los contendientes, sin excepción, no importa el escudo de armas que lleven en sus insignias, están malheridos. No hay ninguno que no corra un riesgo cierto de defunción.

La legislatura que está a punto de comenzar se parece mucho a un hospital de campaña. Todos llegan a ella mutilados, gangrenados o con un buen boquete en la tripa. Está claro que no todos saldrán con vida. Algunos, sí. ¿Hubiera sido más fácil la sanación del PSOE si en vez de llegar a la oposición parlamentaria siendo el menos grave de los lisiados y teniendo enfrente a un Gobierno en parihuelas lo hubiera hecho en estado de coma, afectado por el mal del sorpasso, y encima teniendo que encarar a un Gobierno con el alta médica bajo el brazo? El argumentario de los 139 abstencionistas era exactamente ese. Nunca entenderé a los 96 insurgentes que se han negado a rendirse a su poder de convicción.

Los militantes de un partido, me refiero a los militantes de larga duración, a los que participan en la vida orgánica de las agrupaciones y están al corriente de sus cuotas, suelen mantenerse fieles a sus siglas en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza. La mayoría de ellos se hubieran sentido orgullosos de sus dirigentes si éstos se hubieran mantenido firmes en la gallarda postura del "no es no" a Mariano Rajoy. No se habrían dado de baja ni habrían desertado de las agrupaciones por muy terribles que hubieran sido las consecuencias electorales de esa apuesta tan romántica como suicida. Pero la militancia sólo es una pequeña parte de la base electoral de un partido. Seamos serios, ¿qué tiene más fuerza legitimadora, una votación interna o unas elecciones generales? ¿O es que los dirigentes no pueden secuestrar la voz de los militantes, pero los militantes sí pueden secuestrar la de los votantes?

La certeza de que las urnas hubieran castigado al PSOE en unas terceras elecciones era precisamente la fuente de legitimidad que tenía el Comité Federal para impedirlas. La cuestión no era si los dirigentes del PSOE querían imponer su voluntad sobre la de los militantes, sino si debían impedir que la voluntad de los militantes pudiera más que la del conjunto de la base electoral del partido. Ahora mantienen la hegemonía de la oposición y, desde ese emplazamiento, podrán condicionar la política de un Gobierno en franca minoría. De otro modo, el Gobierno hubiera campado a sus anchas y los socialistas, a rueda de Podemos, hubieran sido actores irrelevantes de la legislatura. No es que hubieran llegado malheridos al hospital de campaña, es que hubieran llegado desahuciados. Y eso, para España, hubiera sido letal.

Ahora, que puedan recuperarse o no depende de ellos mismos. Les aguarda un duelo apasionante con Podemos para ver qué tipo de izquierda, en lo ideológico y en lo litúrgico, se lleva el gato al agua. Para ganar necesitan tiempo. Tienen que reagruparse, rehabilitarse, rearmarse ideológicamente y cortarle las alas al populismo emergente. ¡Casi nada! No es una tarea de meses, sino de años. Por eso creo, bravatas aparte, que ellos son los primeros interesados en conseguir que esta legislatura de curvas peligrosas sea todo lo larga que sea posible. Cuanto más, mejor. Una vez que el barco está en el astillero no puede volver al mar hasta que tenga bien reparadas las vías de agua. Tampoco le interesa a Ciudadanos una disolución prematura. Sólo puede acreditar su utilidad a base de demostraciones prácticas. Hasta ahora, como a los reclutas, el valor se le supone.

La gran duda es qué le conviene al PP. No es verdad que el partido de Rajoy haya llegado hasta su peor resultado electoral en más de veinte años sólo por la corrupción. Ha sido su vaciamiento ideológico, su desafección por los principios, y también el olor a viejo de su estructura organizativa, tan caudillista en el vértice como borreguil en la base, lo que ha determinado su pérdida de apoyos. Si con mayoría absoluta no ha sabido desplegar "su" política, la que de verdad le conecta con su base electoral, ¿será capaz de reconstruir un proyecto propio teniendo que transigir permanentemente ante las demandas de una oposición que le gana en número de escaños? El próximo Congreso del PP no tiene que ser sólo el de la renovación de caras y normas internas de conducta -que también-, sino el de la puesta en pie de un proyecto de ideas capaz de rescatar del pasotismo a los millones de votantes que se fueron cabreados a su casa. ¿Podrá hacerlo con un Gobierno tan débil?

La principal amenaza de una legislatura corta no procede, creo, de la prisa de la oposición por deshacerse del Gobierno, sino de la prisa del Gobierno por deshacerse de la oposición. Margallo, tan impetuoso él, ya amenazó el otro día con elecciones el tres de mayo si los Presupuestos no obtenían el apoyo del Congreso de los Diputados. Cree que esa bala, la de la disolución exprés, intimidará a los partidos que necesitan tiempo para curarse de su heridas, pero olvida que si esa bala se dispara no sólo se llevará por delante al PSOE, y tal vez a buena parte de Ciudadanos, sino también a Rajoy. El Presidente ya ha cumplido su gran sueño: alcanzar un segundo -y último- mandato. ¿De verdad cree Margallo que se conformará con que sólo dure seis meses? Él aspira a mucho más y hará lo que sea por conseguirlo. Así que todos necesitan tiempo. Mucho tiempo. Bienvenidos, amigos, a una larga y quién sabe si fructífera inestabilidad.

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