Ciudadanos, ¿Isco o Chicharito?

Luis Herrero

A Ciudadanos se le ha acabado el chollo de crecer a costa de los errores ajenos. PP y PSOE, campeones de la alternancia en todo –en el poder, en el fango, en la endogamia y en lo rancio–, habían abonado el terreno de juego para que emergiera un grito social de hartazgo y demanda de renovación. Sus propios errores crearon las condiciones para la floración de una especie política diferente.

Pero entiéndase bien que la demanda social era de una especie política diferente, no de ejemplares distintos del mismo género, por muy pintorescos, vistosos o perfumados que resultaran. Por eso UPyD no podía ser, por sí solo, el partido que protagonizara la revolución emergente. Después de todo no dejaba de ser una escisión del Antiguo Régimen, un individuo disidente –aunque mucho más aseado, eso sí– de la misma colonia de individuos que la sociedad repudia después de tantos años de decepciones consecutivas. De ahí que al rechazar la invitación de Rivera a cambiarse de grupo, a injertarse en la especie del cambio, Rosa Díez cavara su propia fosa y colocara a Albert Rivera en disposición de disputarle a Podemos el liderazgo de la verdadera transformación de la topografía política.

Pablo Iglesias era, hasta ese momento, el único representante de la nueva especie política que había salido a escena, sin reminiscencias del pasado, con un discurso renovador. Renovador pero demasiado radical. Ciudadanos también supo beneficiarse de eso. Su apuesta por el cambio razonable, en contraposición al cambio extremista que postulaba Podemos antes de su tardío giro al centro, le dio alas para encaramarse al pódium de la competición, que es donde ahora le sitúan todas las encuestas.

Si los errores de PP y PSOE sembraron la semilla de Ciudadanos, el error de UPyD la abonó y el de Podemos la hizo crecer a velocidades vertiginosas. Más que por méritos propios, el partido de Rivera ha llegado a estar donde está por deméritos ajenos. Pero el chollo se le ha terminado. Ahora tiene que gestionar su éxito y eso pasa, con carácter inmediato, por decidir si facilita o no la investidura de Susana Díaz como presidenta andaluza. La decisión que tome marcará la evolución de su futuro a corto plazo.

El reto no es fácil porque, dicho a lo bruto, se mueve sólo entre dos opciones: o ser cómplice de que el PSOE siga donde lleva cuarenta años haciendo de su capa un sayo o inhibirse del problema y dejar que lo resuelvan otros, proyectando la imagen de que la alta competición le viene grande. O se convierte en Chicharito, alguien con quien nadie contaba pero capaz de marcar goles decisivos, o en Isco, el chico de la filigrana y la inanidad.

Si se abstiene en la votación de investidura habrá puesto sus credenciales de partido nuevo, limpio y razonable al servicio de la continuidad de lo viejo, lo sucio y lo emocional. Si vota en contra y deja que Podemos e Izquierda Unida esgriman ante la sociedad que han sido ellos los que han hincado de hinojos al PSOE en el reclinatorio del pacto anticorrupción asumirá el papel de convidado de piedra. Es decir, palo si bogas, palo si no bogas.

Suele ser en esas circunstancias cuando más se equivocan los seres humanos, habitualmente urgidos por la tentación del corto plazo, del primum vívere, de lo urgente en detrimento de lo importante. Y a mí me parece, humildemente, que es en esas circunstancias cuando más necesario resulta dejarse guiar por la brújula de los principios, enemigos habituales de las necesidades perentorias.

Dado el resultado electoral andaluz, inequívoca y desgraciadamente favorable a dejar que el PSOE siga una legislatura más en San Telmo, sobre la base de arrancar de Díaz el compromiso firmado –que naturalmente ella incumplirá antes o después– de apostatar de la corrupción, con el firme propósito de no pisar moqueta a cambio de la ayuda prestada, y teniendo en cuenta que renunciando a la repetición de las elecciones Ciudadanos abjura de lo que más le beneficia, mi consejo a Rivera es que se abstenga en la última votación y deje que pase lo que en todo caso va a pasar con su ayuda o sin ella. Cualquier cosa honrada menos la insignificancia, Albert.

Mi segundo y último consejo a Ciudadanos es que, en caso de aceptar el primero, se ponga el impermeable para protegerse de la lluvia ácida que le caerá, indefectiblemente, si me hace caso. Nadie dijo que fuera fácil.

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