Algo huele a podrido en el PP

Luis Herrero

El rumor recorrió, como un escalofrío, el sistema nervioso de los cenáculos de Madrid: el nombre de Aznar figuraba en la lista de los 715. Más de uno contuvo la respiración y alzó la mirada para ver si de la bóveda celeste, abierta en dos, salían los jinetes del Apocalipsis dispuestos a asolar la faz de la tierra. Pero no. Pasado el susto, ni hubo rastro de trompetería arcangélica en el cielo ni de veracidad alguna en el malévolo rumor. A alguno de los pinches que asisten al chef de los enredos, en la cocina del poder, se le había ido la mano. A las pocas horas, la especie insidiosa se desvaneció y un suspiro de alivio devolvió el color a los rostros pálidos de Génova. Lo malo, sin embargo, es que durante un rato se lo habían creído. Era verosímil. Las cosas se habían puesto de tal modo después de las últimas revelaciones periodísticas, las impúdicas miserias de la corte del faraón estaban tan a la vista, que lo que era intocable hace algunos años -la honradez de Aznar- había dejado de ser un valor sobreentendido. Cuando llegó a la Moncloa, la retaguardia económica del PP estaba en manos de Álvaro Lapuerta y Luis Bárcenas, sus íntimos amigos eran Juan Villalonga y Miguel Blesa y dos de sus principales costaleros habían sido Rodrigo Rato y Federico Trillo… ¿Es posible que se pudran las principales ramas de un árbol sin que al tronco se le detecte ninguna afección?

Por si fuera poco, el periódico más soyarizado del momento, la antigua mosca cojonera del poder devenida ahora en bálsamo monclovita, amplificaba el sábado unas declaraciones de El Bigotes señalando a Alejandro Agag como introductor de Correa -Gürtel, en alemán- en las oscuras zahúrdas del PP. El cerco a todo lo que huele a aznarismo ha cobrado tal intensidad de un tiempo a esta parte que resulta imposible descartar la idea de la estrategia premeditada. Estas cosas no suceden por casualidad. No tengo duda de que hay algún chamán detrás de la iniciativa, pero no sé a ciencia cierta qué pretende con ella.

Circulan dos teorías. Según la primera se trata de una maniobra interna, diseñada por los sorayos que aspiran a salvarse de la quema que se avecina y dirigida sin ambages a minar la autoridad de Rajoy. Lo que pretenden es constituirse en alternativa al PP que se derrumba marcando las diferencias generacionales y biográficas con el líder que les conduce a la derrota. Si la techumbre del aznarismo se viniera abajo, Rajoy no saldría indemne de la hecatombe. Formó parte de esa tribu desde el principio hasta el fin. Fue, como Rato, vicesecretario del partido durante los años en la oposición y se sentó en la mesa del consejo de ministros, como Rato, durante los ocho años en el poder. Fue cuatro veces ministro y llegó a ser, como Rato, vicepresidente del Gobierno. Militó, como Rato, en el círculo de confianza del jefe y su nombre, como el de Rato, estuvo en el bombo de la sucesión. Convirtiendo al aznarismo en un foco de contaminación tóxica, en un retablo de políticos sórdidos que se aprovecharon de la política en beneficio propio, convierten a Rajoy en el primer intoxicado por su cercanía a la fuente del contagio. Si de lo que se trata es de señalarle como parte de lo antiguo, de lo que está viciado, de lo que ha convertido la política en la ciénaga que es hoy día, la estrategia en curso no parece ningún disparate.

La segunda teoría es que se trata de una maniobra interna, también diseñada por los sorayos que aspiran a salvarse de la quema que se avecina, pero esta vez dirigida no a minar la autoridad de Rajoy, a quien ya dan por muerto, sino a impedir el regreso de Aznar, tras el desastre electoral que se vislumbra en el horizonte, para reconstruir el partido, reedificar sus ruinas, alicatarlo de nuevo y ponerlo en condiciones de disputarle a Ciudadanos la hegemonía del centro. De lo que se trata, al parecer, es de negarle al aznarismo cualquier capacidad regenerativa. Convirtiéndolo en la cueva donde habitaron los cuarenta ladrones se le confiere a Aznar el título honorífico de Alí Babá. ¿Y quién querría a un ladrón al frente de la redada que pretende, justamente, acabar con los chorizos y los mangantes que han contaminado la vida pública?

Ambas teorías tienen en común, como se ve, la identidad de sus promotores -gente joven del PP espantada por el futuro que les aguarda si las cosas no cambian de rumbo-, la falta de fe en la capacidad de Rajoy para enmendar sus propios disparates y la denigración de sus orígenes partisanos. Lo primero es fácil de entender. La situación del PP, en efecto, es espantosa y lo propio de lo espantoso es producir espanto. Lo segundo, también. Rajoy, como dice el chiste del gangoso, ni mejoda ni mejodadá. Es lógico que traten de apuntillarlo para que no se amorcille en el cargo y dilate la agonía de todos, que es lo que persiguen los protagonistas de la primera teoría, o que miren al futuro prescindiendo de él, como se prescinde de un cadáver que flota a la deriva, que es exactamente lo que hacen los protagonistas de la segunda. Lo que no es tan fácil de entender es la denigración del aznarismo, la fuente de legitimidad del PP que aún está en el Gobierno, de la que hacen gala tanto unos como otros. Es posible que la utilicen como mera herramienta de demolición para conseguir sus fines -apartar a Rajoy del poder y evitar que sea Aznar el caballero blanco que venga a rescatarles de la ruina- pero se olvidan de que fue la traición a los valores que enarboló aquel proyecto la que provocó la estampida inicial de los votantes. Tal vez no echen de menos a los personajes que marcaron aquella época pasada, pero sí a las ideas que los personajes encarnaban. No basta con matar a Rajoy o mantener enterrado a Aznar, tienen que resucitar el ideario que les convirtió en lo que llegaron a ser. Después de todo, las ideas no son responsables de lo que los hombres hacen de ellas.

A continuación