Y de repente la pena

Luis Herrero Goldáraz

Parece increíble, pero ya empieza la pena. No ha tenido que pasar ni media hora para que asome, con su mirada compungida y esa forma tan suya de pedir paso sin hablar, como suelen hacerlo los desheredados de la tierra. Aún recuerdo todas las fantasías, mi yo del 2010 parapetado en aquel doloroso 5-0, y a mi padre diciéndome que no me fuese a la cama antes del pitido final, que aprendiese de qué iba esto de ser madridista de cuna. Espero que no lea esto, sería demasiado para él, pero por aquella época yo me sorprendía a mí mismo fantaseando con algún milagroso intercambio de plantillas. Iniesta, Xavi y Messi seguirían ganando pero vestidos de blanco, y la vida se haría un poco más soportable sin tener que escuchar cada fin de semana la superioridad moral de Guardiola, con sus ecos repetidos en los ademanes de todos esos feligreses culés –sacerdotes y fundamentalistas, sumisos del dogma– que comenzaban a malacostumbrarse al éxito de un sistema que ha terminado devorándoles.

Con el paso del tiempo y el surgimiento del primer albor de rebeldía, las fantasías fueron cambiando. De ahí que esta pena sea como una intrusa de la que tampoco me quiero desprender. Uno ha sufrido lo suyo y no se quiere imaginar cómo debe de ser sufrir lo de los demás. Recuerdo ese gol de Cristiano volando en Mestalla y dándonos un trofeo que parecía imposible. Y todo lo que vino después. Recuerdo la sonrisa del alma cada vez que una nueva noticia alertaba del peligrar de las cuentas blaugranas. Y recuerdo haber deseado también este momento que al fin ha llegado, e incluso otros peores: el Barsa en Segunda, pidiendo limosnas y bregando por no desaparecer, aguantando el castigo por habernos hecho tanto daño a los madridistas sin edad suficiente para comprender que en esto del fútbol la historia sí cuenta, aunque sólo sea para tener un hogar al que querer regresar mientras se atraviesa el desierto.

Creo, y no estoy exagerando, que Xavi es la persona a la que más he aborrecido en la historia de la humanidad. Y sin embargo aquí estoy, escuchándole hablar mientras aguanta las lágrimas, y se me va la alegría. En esta noche pacífica y cruel, prenavideña, el silencio del dolor se hace insoportable hasta para quienes no podemos sentirlo. Contemplar los ojos de Busquets, como presas conteniendo cataratas, su voz resquebrajada en un recuerdo fatídico, le resta importancia a todo lo que nos hizo tragar apenas hace un parpadeo. Uno, inevitablemente, se acaba viendo reflejado en la derrota de su enemigo y, si es honesto, comparte su duelo. Aquiles veló el cuerpo de Héctor junto a Príamo porque el cadáver del héroe al que había asesinado era una premonición funesta. Todos acabaremos así. Por eso, el que sabe lo que es haber vencido, comprende. No es bonito celebrar el descalabro calamitoso del eterno rival porque es el reflejo de cualquier descalabro, incluido el propio. El Barsa es el espejo que advierte y la invitación caritativa. Lo mismo que lleva siendo el Milan desde hace décadas, lo que fue el Liverpool en su inacabable sequía liguera y lo que es el Manchester desde que se le despidió el viejo Ferguson. Contemplar unas ruinas sólo puede generar tristeza porque son el recuerdo de que cualquier esplendor es efímero.

Nadie está a salvo de la vorágine de la Historia. El Barsa sólo es su última víctima: es hora de sentarse a su lado y ofrecerle un lecho, prometerle un descanso honorable y orar por la salvación de su legado. Al fin y al cabo, acabarán volviendo, sabemos que lo harán, pero eso no quita para que podamos esperar alegremente a que tarden un rato. Que se demoren lo máximo y nos dejen descansar. Nos lo hemos ganado.

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