Un extraño en el espejo

Luis Herrero Goldáraz

Alguna vez me ha pasado que me miro en el espejo y no me reconozco. Me ocurre lo mismo que a Morata cada vez que cambia de equipo. Observo cada uno de mis rasgos pero no los identifico. Ante mí se presenta de repente otra persona completamente ajena que, precisamente por serlo y en función de lo mucho o poco que haya dormido esa noche, se me antoja o hermosísima o absolutamente despreciable. Confieso que es una sensación bastante adictiva, e incluso en más de una ocasión me he sorprendido parado ahí, delante de mi propio rostro, intentando deconstruirme hasta perder por completo el (re)conocimiento, como un niño embobado con un videojuego pero con el agravante de que lo mío hace que parezca gilipollas. Siempre es liberador poder mirarse a uno mismo desde los ojos de un extraño, y algo así creo que le pasa a Pablo Iglesias cada vez que insulta a Vox.

En el fondo es bastante comprensible. Podría sucedernos a cualquiera. Uno lleva tanto tiempo diciendo barbaridades contra los Gobiernos sucesivos y politizando el dolor ajeno, que cuando se descubre un día siendo vicepresidente y escuchando salvajadas contra su propio partido es normal que cortocircuite. En un momento de la sesión de control del pasado miércoles pareció que el líder de Podemos se palpaba como para asegurarse de que seguía sentado en su sitio, y que no era él sino la diputada María Ruiz la que soltaba exabruptos desde la tribuna. En un acto profundamente vitalista, supongo que para afirmarse en su propia realidad y quitarse de la cabeza la posibilidad de haberse convertido en un reflejo extraño en el espejo, Iglesias recuperó su mejor oratoria incendiaria y habló como no lo hacía desde el día aquel del abrazo ante las cámaras con Pedro Sánchez. Para los espectadores fue como presenciar la escena de Cisne negro en la que Natalie Portman trata de borrar el agravio que ella misma se había escrito sin saberlo.

Esta vez, el intercambio de golpes en el Parlamento no fue tanto el clásico tira y afloja y sí más un continuo autorreproche. Si se mira todo en clave de representación política, lo que se vio fue a millones de españoles echándose en cara lo mucho que detestan convivir juntos, como para hacerlo encima en mitad de una pandemia. Dicen que puede ser útil imaginar qué habría sucedido si la oposición se encontrase en el Gobierno y los partidos del Gobierno en la oposición, pero en realidad ese ejercicio intelectual ni siquiera hace falta, llegados a este punto. La identificación absoluta entre los dos extremos de la Cámara es ya tan evidente que ahora es el partido morado el que se atreve a arrebatarle al verde el carnet de españolidad. Al final, si seguimos por este camino, el único español que quedará para apagar las luces será Rufián, en un giro de los acontecimientos que definiría perfectamente el signo paródico de nuestro tiempo.

Pero más allá de todo eso, lo más descorazonador de todo tal vez sea descubrir lo poco que duran las palabras cuando no las acompañan los hechos. De poco sirve pedir unidad frente a la plaga y cierre de filas por un objetivo común si después se desdeña a la mitad de los representantes políticos y simplemente se les intenta imponer una hoja de ruta que, además, genera más problemas de los que resuelve. Del mismo modo, no parece tener sentido hablar de la grandeza de España y de la fortaleza de los españoles si a las primeras de cambio se está dispuesto a acusar a un partido que aglutina a tres millones de votantes de estar asesinando a los ciudadanos. Debe de ser que España es el único lugar del mundo en el que el covid-19 ha causado víctimas. A estas alturas, uno no sabe si eso de la representación política refleja correctamente la naturaleza del país o si genera sus propios monstruos, pero lo que sí que parece claro es que, al menos en el Congreso de los Diputados, España sigue siendo aquel engendro paranoico que de vez en cuando gusta de colocarse ante el espejo y vaciar toda su bilis contra su propio reflejo.

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