Triunfar en pasado

Luis Herrero Goldáraz

Mi problema es que comencé a jugar muy tarde. Al tenis, digo. Si no, quién sabe a dónde hubiera llegado. A tenista no, desde luego. Pero igual a médico, o a fiscal general del Estado. Uno nunca puede anticipar qué habría sido de él si la vida, con sus bofetadas en forma de fracasos, le hubiese puesto en su sitio a una edad más temprana. Pero como yo no jugué de verdad hasta pasada la adolescencia, nunca podré demostrarle a mi ego que no tengo verdadero talento para los deportes. De ahí que desde hace unos años salga a la pista con miedo a pegar una buena volea o a meter un passing de escándalo, no vaya a ser que el resto de la tarde me la pase comparándome con Federer y lamentando no haber apostado de verdad por mi verdadera pasión, que es cualquier cosa para la que ya sea demasiado viejo pero que me permita arrepentirme con saña durante las tardes de lluvia. La mejor forma de triunfar, dijo alguien en alguna ocasión, está en la imaginación. Por eso yo siempre triunfo en pasado. Es mucho menos costoso y me llena los días igual.

También nos ocurre, a los aficionados a los lamentos, que a veces nos vemos obligados a protagonizar situaciones rocambolescas. Para triunfar en pasado es necesario fracasar en presente. Eso es fundamental. Lo que pasa es que no siempre la vida pone las cosas tan fáciles. A veces tenemos que hacer como ese jugador acojonado que se cambia de banda cada vez que la jugada amenaza con acercarle el balón a los pies. Cualquier cosa menos quedarse solo delante del portero y tener que probarle a la gente que sabes ejecutar perfectamente esas jugadas de mago que imaginas con tanta facilidad. De hecho, quizás esa sea la mayor clave del asunto: para triunfar en pasado es necesario fracasar en presente, sí, pero el fracaso soñado, ese que alimentará nuestras horas nostálgicas en las que basaremos las futuras batallitas de eternos talentos frustrados, debe ser absolutamente circunstancial. Nuestro problema nunca fuimos nosotros, Dios lo sabe. Nuestro problema fue el timing, como se dice ahora. La mala suerte. No haber estado en el momento y el lugar adecuados. Nuestros compañeros, el árbitro, la gente del público que no nos supo animar. Uno debe fracasar por lo mismo por lo que Alonso se quedó en dos mundiales. El mundo lo quiso así. Pero ay de la vida si hubiésemos tenido una pizca más de suerte. La de gargantas que habrían coreado nuestro nombre.

Se me ocurre que debe de ser esta faceta tan mía lo que me hace empatizar tanto con el pobre Gabilondo. El hombre todavía no se ha recuperado del susto de haber ganado las anteriores elecciones y ya está en campaña otra vez, forzado a colocarse en fuera de juego sin que se note demasiado, con su escaño perfecto de opositor al Gobierno del PP en el alambre y con el sueño de pasar sus años postreros en la posición gratificante del que pudo gobernar pero no le dejaron amenazado de la noche a la mañana. Menuda desgracia. Gabilondo había conseguido en 2019 el fracaso perfecto. Hizo todo lo que pudo, pero la fragmentación de la izquierda le condenó. Ahora sólo le quedaba envejecer leyendo filosofía y permitir que el silencio erigiese poco a poco la leyenda en su cabeza. Qué presidente se ha perdido Madrid, habría repetido para sus adentros cuando llegase el momento del mutis político. Lástima que la fortuna sea tan caprichosa. Evidentemente, esto yo no lo puedo saber, pero es probable que se encontrase ensayando todas estas frases en su cabeza cuando estalló el terremoto murciano. Por eso ahora, cuando le veo intervenir, sólo consigo imaginarlo con los dedos cruzados dentro del pantalón y pidiendo al cielo por la victoria de Ayuso. La gente dirá que una hipotética suma de la izquierda que eche al PP de la CAM sería un triunfo histórico. Pero eso es porque no ha pensado en el pobre Gabilondo. ¿Quién querría tener que pactar con “este Iglesias” para triunfar, pudiendo fracasar en las urnas y vivir lo que quede de vida instalado en otro triunfo más cómodo y del que nunca nadie te pueda apartar? 

Sí. Definitivamente, el PSOE podrá jugarse muchas cosas el próximo 4 de mayo, pero Gabilondo se juega más: la dignidad de una vida centrada en el pudo ser y no fue, que siempre es más agradecida que la certeza del fue para mal.    

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