El sexo de los ángeles

Luis Herrero Goldáraz

Se preguntaba Camba hace cien años quién hace a quién, el "grande hombre" al escultor o el escultor al "grande hombre". Y la cosa tenía su miga porque una nación como aquella España, tan repleta de repente de estatuas de hombres ilustres, no podía decirse que fuese una nación fallida. ¿Cómo puede encontrarse en decadencia un país que produce grandes hombres suficientes para emplear diariamente a cien escultores?, se preguntaba el escritor gallego. Pues podía y lo estaba, al parecer, ya que, mientras los tallistas desempleados se paseaban por los pueblos rebuscando en la hemeroteca ciudadana cualquier atisbo de hombre relevante al que dejar inmortalizado en piedra, lo que no hicieron fue buscar grandes mujeres, y así el mapa de personajes históricos con los que decorar rotondas quedó tristemente descompensado.

En Madrid, según una noticia reciente, las efigies dedicadas a mujeres constituyen el cuatro por ciento del total, mientras que las dedicadas a hombres el cuarenta y cuatro. De esos datos llamativos se deduce que un cincuenta y dos por ciento de las estatuas madrileñas han sido levantadas en honor a elevadas consideraciones filosóficas o enjundiosas elaboraciones abstractas, y no a personas. ¡Menuda sorpresa! Aunque la cosa no está del todo clara porque tampoco se conoce el dato de monumentos centrados en deidades. Todo esto me hace sospechar que más pronto que tarde tendremos que bajar al barro y debatir acaloradamente acerca del sexo de las estatuas de los ángeles, lo que a mí, ciertamente, me apetece un rato.

La escena no tendría por qué resultar demasiado absurda, pienso yo. Al menos en estos tiempos en los que tampoco es que nos encontremos sitiados por ningún enemigo que quiera tomar Constantinopla. A Madrid no sé quién la quiere dominar exactamente, aunque para algunos ya haya sido conquistada por el ciclón político de Díaz Ayuso y para otros todavía sufra los embates rencorosos de independentistas verborreicos, que la acusan de paraíso fiscal como podrían haberla tildado de islote filofascista. Ya se sabe que lo importante para los nacionalistas no es el mal concreto de Madrid, siempre que continúe pareciéndose a ese monstruo que les permite seguir haciéndose pasar por víctimas.

En otra parte de la capital, concretamente en el Congreso, ciertos catalanes independentistas no es que pretendan que debatamos acerca del sexo de los ángeles, pero prefieren hablar de los derechos de los idiomas. La discusión es altamente interesante y daría para varias preguntas cambianas: ¿es el catalán el que hace al oprimido, o el oprimido el que hace al catalán? ¿Hace falta haber nacido en Cataluña para poder reivindicarse como agraviado histórico, o basta con chapurrear la lengua? ¿Puede un hablante catalán ser también un opresor, por ejemplo, si señala a una familia que pretende hacer cumplir la ley que les permite estudiar en castellano? ¿O es que el grado de opresión a la catalanidad es anterior, y por lo tanto prioritario? Ciertamente, la solución de algunos a la encrucijada es primorosa. Lo urgente es que todos los españoles empleemos varios millones de nuestros impuestos en doblar un contenido que ya está disponible en un idioma entendido por todos. Y de la opresión real ya discutiremos otro día.

¡Qué país tan curioso el nuestro! Luego dirán que los filósofos sólo provienen de Alemania y que los intelectuales patrios se conforman meramente con diluir sus teorías en las páginas de sus ficciones literarias. Eso es porque nadie ha reparado en la labor de nuestros políticos. Y mucho menos en la de nuestros escultores. Me pregunto cuántos de ellos serán mujeres.

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