El negocio del deporte

Siguiendo el consejo de Oscar Wilde

Juan Manuel Rodríguez
Joan Laporta está a punto de seguir a pies juntillas la cínica recomendación que en su día hiciera el fino dramaturgo irlandés Oscar Wilde y, para zafarse de la tentación de seguir en la presidencia del Barça un año más pasándose por el arco del triunfo los estatutos del club, está a punto de dejarse arrastrar por ella (por la tentación, "of course"), prescindiendo de cualquier complejo de culpabilidad que pudiera surgirle al respecto. Pareciera como si el lamentable episodio de El Prat hubiera liberado finalmente al presidente azulgrana de los incómodos escrúpulos y, entre tener que convocar elecciones siguiendo la normativa vigente y exponerse a caer derrotado ante Sandro Rosell, o saltárselo todo a la torera y seguir una temporada más aferrado como el capitán Ahab al timón del Pequod, el ex líder de Elefante Azul está dispuesto a que los socios le pongan la cara roja.
 
Lo cierto es que de aquel regeneracionismo que Laporta utilizó como auténtica espina dorsal de su campaña electoral se ha pasado, en cuestión de pocos meses, a la versión más cutre del "gasparismo". Si en el año 2003 los socios mandaron a todos los candidatos a paseo y optaron por la novedad de Laporta fue, precisamente, porque estaban hasta el moño de que su club apareciera más en las páginas de sucesos que en las de El Mundo Deportivo o el Sport. Los cinco directivos que dieron un portazo lo hicieron más o menos por idéntica razón: Laporta, esgrimían unánimemente, había cambiado, ya no era el mismo, no reconocían a aquel hombre que les pidió que hicieran, con él como cabeza visible, palanca al "nuñismo". Pero no existe nadie que cambie tanto en tan poco tiempo. Quizás Laporta les tuviera siempre engañados.
 
En aquel famoso reportaje emitido hace tiempo por TV3, Laporta afirmó estar "programado para cuatro años". Rosell también lo estaba, y ése es el principal resquemor que tienen ahora mismo los directivos restantes, aquellos que aún permanecen fieles al desaliento y al presidente. Tampoco haría falta esperar a las "encuestas israelitas" para saber que, en unas hipotéticas elecciones contra Sandro Rosell, Laporta lo tendría muy complicado. Por eso está a puntito de seguir el consejo de Wilde y librarse de la tentación cayendo en ella.
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