El negocio del deporte

Pitar desde el sillón de casa

Juan Manuel Rodríguez

"¡Qué fácil es pitar desde el sillón de casa!", titula su artículo mi compañero de Marca Javier Fernández Borrell. Y tiene razón, es muy fácil. Desde luego resulta mucho más fácil arbitrar desde el sillón de casa que hacerlo en un campo con setenta mil espectadores rugiendo en las gradas y veintidós tíos sobre el campo viendo cómo podrán engañarte en la siguiente jugada. Que yo sepa, nadie, nunca, jamás, ha cuestionado que sea difícil arbitrar. Es muy difícil. Dificilísimo. Y puesto que todo el mundo coincide en que es dificilísimo, ¿qué menos que exigirles a los árbitros una dedicación exclusiva a una tarea tan complicada?

Está claro que los árbitros no tienen una televisión para ver repetidas las jugadas. ¿Y por qué? ¿Por qué no la tienen? ¿No resulta un verdadero contrasentido que todo el mundo tenga una televisión para ver repetidas las jugadas una y mil veces, y que aquel de cuyas decisiones depende este negocio no la tenga? Si por mí fuera, el árbitro tendría televisión, teléfono móvil, Internet, radio, video, DVD, ordenador y, si fuera menester, una neverita para meter los refrescos.

Es muy difícil arbitrar un partido de fútbol, dificilísimo. Pero el árbitro, que como ya hemos comprobado carece de los medios tecnológicos que sí están al alcance de cualquier aficionado medio, tampoco tiene una dedicación exclusiva a su trabajo. ¿Cómo es posible? Uno es protésico dental, otro comercial, otro funcionario, otro administrativo. Y, entre empaste y empaste, le dedican el tiempo que pueden al arbitraje. Se reúnen un fin de semana. Se pegan un par de carreritas. Hacen una prueba de esfuerzo y, ¡hala, a arbitrar! Eto'o compite con Larsson por un puesto en la delantera del Barça, Gravesen con Pablo García; ¿con quién compite realmente el señor Lizondo Cortés?

Es dificilísimo dirigir un partido de fútbol, por eso los árbitros cobran lo que cobran. Cobran un pastón porque su labor es muy difícil. Y por eso cabe exigirles una mejor preparación, una mayor concentración, una dedicación exclusiva. Así funciona el mercado laboral. Lejos de hacer nada de eso, Victoriano Sánchez Arminio responde a las críticas generalizadas enrocando a sus muchachos, escondiéndoles debajo de la cama, impidiéndoles el contacto con el mundo exterior como si de veinticuatro émulos de Michael Jackson se tratara. Y eso, Vito, es jaque mate en tres jugadas. Porque si arbitrar tiene que ser difícil, mucho más difícil debe ser que la gente tenga peor concepto del colectivo que tú presides.
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