El negocio del deporte

Otra historia de un millón de dólares

Juan Manuel Rodríguez
Era de esperar que el mejor director estadounidense de cine vivo, el señor Clint Eastwood, que ahonda siempre su mirada en las complejísimas relaciones entre los seres humanos tomando como excusa un western, el último romance de dos veteranos solitarios o la corrupción política al más alto nivel, fijara, tarde o temprano, su cámara en el mundo del boxeo que, como ya he dicho en tantas ocasiones anteriores, es el deporte más cinematográfico de todos los que conocemos. La historia protagonizada por Hilary Swank está basada en un relato corto de F.X. Toole, parcheador de boxeadores durante muchos años y que, estoy convencido de ello, también podría protagonizar él solito otra película de boxeo, quizás una "precuela" (ahora que están de moda) de esta "Million Dolar Baby" que, en caso de no obtener el Oscar para su director, estará muy cerquita de lograrlo.
 
Historias de boxeo, magníficas aventuras de hombres (o mujeres, a las pruebas me remito) curtidos en mil batallas y que un día decidieron escalar al ring para mitigar el hambre o simplemente para lograr el estrellato... El pasado miércoles, por ejemplo, murió a la edad de 99 años el ex campeón mundial de los pesos pesados Max Schmeling, primer alemán en conquistar la corona de la categoría, un hombre apodado injustamente por los norteamericanos de la época el "perro nazi", y que el tiempo demostró que había ayudado a esconder judíos en su propia casa durante "la noche de los cristales" en 1938 y que incluso salvó a algunos de morir en los campos de concentración. Schmeling, icono deportivo y considerado por la prensa especializada como el deportista alemán más importante de todos los tiempos, fundaría luego un grupo de auxilio a ex boxeadores.
 
Max Schmeling, de quien César Vidal, buen aficionado al boxeo, podría escribir no un artículo sino un libro entero, protagonizó sobre todo dos instantes histórico-deportivos irrepetibles: en 1936, enfrentándose con Joe Louis, el "bombardero de Detroit" a quien luego conocería como su "amigo Joe", en un abarrotado Yankee Stadium. En pleno auge del nazismo, Schmeling derrotó por K.O. en el decimosegundo asalto al extraordinario boxeador americano. Su victoria fue, lógicamente, utilizada por la propaganda de Hitler. Después, en 1938, llegaría la revancha en idéntico escenario. En la pelea más instrumentalizada políticamente de la historia del boxeo, Louis, alentado por el mismísimo presidente de los Estados Unidos, ("necesitamos músculos como los suyos para derrotar a Alemania") tardó sólo dos minutos en dejar sin sentido a Schmeling. Muchos años más tarde, el mejor boxeador alemán de la historia se alegraría de haber perdido aquel combate. He aquí otra historia de un millón de dólares.
A continuación