El negocio del deporte

Nueve "con algo"

Juan Manuel Rodríguez
Cuentan que un famoso campeón mundial de los pesos pesados, habituado a cenar siempre a la misma hora y en la misma mesa del mismo restaurante, solía dejar en el sitio que ocupaba habitualmente un letrero que rezaba esto: "Aquí cena el hombre más fuerte del mundo. Quien ose ocupar esta mesa se las verá conmigo". Un buen día, fiel a sus hábitos, el campeón mundial de los pesados fue a ocupar su sitio cuando, de repente, se apercibió de que alguien había llegado antes. Vio entonces que, entre un mecano de servilletas arrugadas, tazas de café todavía calientes y el humo de algunos puros habano, habían dejado una tarjeta de visita en la que podía leerse lo que sigue: "Como verás no he hecho ni caso de tu amable recomendación. Firmado: el recordman mundial de los cien metros lisos". No me negarán ustedes que la historia merecería ser cierta.
 
Cuando éramos niños, todos soñábamos con llegar a convertirnos algún día en los hombres más veloces de la tierra, los más rápidos, balas todopoderosas, inalcanzables para el resto de mortales. Supongo que hoy soñaríamos con ser tan rápidos como Asafa Powell. Es curioso pero, cuando un atleta protagoniza una gesta como la que Powell llevó a cabo este martes en Atenas, los periodistas siempre solemos recurrir a la misma bobalicona pregunta: "¿Dónde están sus límites?", como si un velocista entrenara toda su vida consciente de que su tope se encuentra, por ejemplo, en 9.90. Bien al contrario, el atleta entrena, entrena y entrena precisamente porque nadie -ni siquiera él mismo- conoce con exactitud sus propios límites. Por eso ante la famosa pregunta, ("¿Dónde están sus límites?") Asafa Powell tuvo una respuesta antológica, brillante, genial: "Nueve con algo".
 
El "algo" de Powell no es moco de pavo. Ese "algo" obsesiona desde hace más de cuarenta años a los velocistas más brillantes de la historia, desde el mítico Jesse Owens hasta Jim Haines, pasando por Calvin Smith, Carl Lewis, Maurice Greene, Tim Montgomery, Leory Burrell o Donovan Bailey. Viven y trabajan exclusivamente para reducir en una centésima ese "algo". Powell consiguió reducir en dos (¡dos!) el récord de Maurice Greene, establecido hace seis años. Supongo que habrá de pasar muchísimo tiempo todavía hasta que, preguntado por idéntica cuestión al final de una carrera, un atleta responda "¿Mis límites?... Ocho y algo".
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