El negocio del deporte

L'omniprésent

Juan Manuel Rodríguez

Hoy me quedo con dos fotografías de Alfredo di Stéfano, mañana ya veré. La primera, un golazo de tacón a Saso, y la segunda, del año 1946, vistiendo la camiseta del Huracán de Buenos Aires. La primera la elijo porque Di Stéfano marca de tacón, sí, aunque lo hace suspendido en el aire, apoyando su mano izquierda en el suelo y golpeando el balón con la pierna derecha. Yo no estaba allí, no soy tan viejo, pero estoy convencido de que si Di Stéfano escogió esa forma de golpear a la pelota fue sencillamente porque no existía otra más práctica. Ese gol, por lo tanto, reúne plasticidad y efectividad al mismo tiempo, lo tiene todo. Al "9" del Real Madrid ya le ha superado el balón, pero se nota que mantiene la mirada fija en el aire. No es, por lo tanto, fruto de la casualidad que el balón vaya a la escuadra del portero, es ahí donde quiere enviarla. Di Stéfano marca de tacón, suspendido en el aire, ante la atónita mirada del lateral derecho vallisoletano. Es el gol por excelencia.

En la segunda fotografía, se nota que Di Stéfano está posando claramente, pero construye una pose que le caracterizaría como jugador. Las "alas", abiertas, como el halcón que está a punto de atacar a su presa. El empeine derecho literalmente pegado al balón de cuero, y la mirada arriba, escudriñando a quién pasar. Recibir y pasar. Una de las máximas de Di Stéfano era que "el mejor jugador del mundo es aquél que interviene un millón de veces en un partido y en cada intervención le dura el balón menos de un segundo en el pie". El balón tenía que estar siempre abajo... "¿De qué está hecho el balón? De cuero. ¿De dónde sale el cuero? De la vaca. ¿Qué come la vaca? Hierba. Pues entonces no me levanten el balón de la hierba". En "Anécdotas del Fútbol" se afirma que Alfredo di Stéfano sigue negando hoy que él fuera el inventor de esa divertida frase, pero, como sucedió en tantas otras ocasiones, acabaron atribuyéndosela a él de tantas veces como la repitió.

A Alfredo di Stéfano se le conoce mundialmente como la "saeta rubia". Coincido, sin embargo, con el periodista Carlos Toro cuando afirma en su libro que otro sobrenombre habría encajado más con el carácter que definió al Presidente de Honor del Real Madrid durante tantos años como jugador de fútbol. Tras la final de la Copa de Europa frente al Stade de Reims, la prensa francesa, rendida ante la arrolladora fuerza de aquel extraordinario delantero, le bautizó "l'omniprésent".
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