El negocio del deporte

En la UVI de Ranieri

Juan Manuel Rodríguez
"Soy italiano, detesto el fútbol", aseguran que confesó hace tiempo Claudio Ranieri. Parece como si el entrenador del Valencia hubiera estado durante cuatro largos meses retirándole gradual e ininterrumpidamente la medicación al "enfermo" (es él mismo quien utiliza esa palabra al definir la actual situación de su equipo) para que finalmente sus futbolistas llegaran al punto que él había previsto en su cabeza desde el primer día. Si así fuera, Ranieri se habría estado dedicando a realizar arriesgados experimentos con el club que le paga, además de corroborar que es un hombre profundamente egocéntrico. El italiano sólo tendría que haber seguido la misma línea de trabajo que Rafa Benítez, pero eso era demasiado para un entrenador de su indudable prestigio internacional.

Justo antes del "apagón" definitivo a Ranieri se le ocurrió cambiar de táctica en el partido contra el Zaragoza. Desconozco si es cierta la frase que le atribuyen y con la que empecé este artículo, pero hay que reconocer que le viene como anillo al dedo. Ranieri siempre ha detestado el fútbol, o al menos el concepto romántico de ese "fútbol-espectáculo" con el que todos soñamos. No cree en los extremos; piensa que el balón es un mal menor con el que hay que trabajar a pesar de todo, y lanza en masa a sus peones contra la empalizada rival como si de conquistar un castillo se tratara. Lo hizo así en su primera etapa en el Valencia, lo repitió en el Atlético de Madrid y más tarde en el Chelsea. Y ahora, de nuevo, lo calca aquí. Lo que pasa es que ya no está Claudio "piojo" López. Julio César Iglesias definió al Valencia de Benítez como una "máquina trituradora". Aquella era una definición perfecta que ilustraba a las mil maravillas el estilo lento, implacable y seguro del equipo que entrenaba el técnico madrileño. Ahora Ranieri desanda sin rubor aquel trabajado camino y dice que es demasiado pronto para que el "enfermo" que provocó él mismo pueda salir caminando del hospital. Realmente irónico, ¿verdad?

El campeón de Liga y UEFA le regaló el balón al Zaragoza. Al Valencia le pitaron diecisiete fueras de juego, cuestión ésta que tendría que explicar futbolísticamente (y no con "gags" del Club de la Comedia) Ranieri. El caso es que el equipo no transmite buenas vibraciones y la grada, que se ha acostumbrado al caviar dominical, empieza a pensar que para recorrer un camino tan rácano como éste no hacían falta unas alforjas tan caras. Si, además de todo ello, el presidente se avergüenza en público de los futbolistas que hicieron campeón al club y Ranieri, en lugar de llamarle la atención, le apoya sin fisuras, lo normal es que el Valencia no pase a planta sino que siga en la UVI. Y así llegará el día en que los directivos se vean obligados a recabar una segunda opinión. ¿Y si el diagnóstico fuera "negligencia médica"?
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