El negocio del deporte

El último movimiento del "Ogro de Bakú"

Juan Manuel Rodríguez
Como todos los años, fieles a su cita con el tablero, llegaron a Linares los jóvenes leones del ajedrez mundial con el único objetivo de destronar, de una vez por todas, ya fuera por lo civil o por lo criminal,  al viejo "Ogro de Bakú", el temible Gary Kasparov. Díganme ustedes el nombre de un deportista, sólo uno, no hacen falta más, que se haya mantenido durante los últimos veinte años como imperturbable líder de su especialidad a nivel mundial. Ahí estaban, esperando la oportunidad de darle un zarpazo mortal al ruso en forma de jaque mate, el indio Viswanathan Anand, el búlgaro Veselin Topalov, el húngaro Peter Leko o el español Francisco Vallejo. Y, esperando a acorralarle, le citaron extramuros del torneo, en la calle si fuera menester, otros tantos, desde Shirov hasta Salov, pasando por Kasimdzhanov o Adams. ¿Quién desenfundaría más rápido?... Pues volvió a hacerlo Kasparov.

A pesar de la victoria de Topalov en la última partida, Kasparov ganó su noveno Torneo de Linares y escenificó con maestría su movimiento más redondo, dejándonos a todos absortos y con la boca abierta al anunciar su retirada oficial del ajedrez. El genial "Garik", azote temprano del impenetrable Anatoly Karpov, irreverente opositor de la todopoderosa FIDE y fundador de la no menos provocativa Asociación Profesional de Ajedrez, defensor a ultranza de la inteligencia y estrategia humanas frente a la fuerza bruta, metálica y robotizada de la Computadora "Deep Blue", promotor del uso del ajedrez como parte imprescindible de la formación infantil y "alma mater" de la Academia Internacional de Ajedrez que lleva su nombre, se ha propuesto ahora derrotar en un tablero un poco más grande y evidentemente menos noble, el de la política, al presidente Vladimir Putin.

No creo que quede ninguna duda a estas alturas de la partida que Garry Kimovich Kasparov es el ajedrecista más relevante de la historia. Quizás Capablanca, Fischer, Alekhine o Lasker estuvieran a su misma altura, pero ninguno de ellos pudo, supo o quiso aportar al ajedrez lo que este descendiente de armenios de quien, cuando sólo tenía once años, profetizó lo siguiente Mikhail Botvinnik: "el futuro del ajedrez cabe en las manos de este niño". Ruge viejo león, ruge como cuando eras el jóven "Garik", y jamás firmes tablas.
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