El negocio del deporte

Asientos en primera fila para el Braddock-Baer (y III)

Juan Manuel Rodríguez

Haría un año que nadie pegaba fuerte a Max Baer. Norman Mailer asegura que ningún sparring se arriesgaría a ponerle la mano encima a todo un campeón del mundo. Baer probablemente subiera al ring sin la suficiente información y, debido a ello, tardaría un buen rato en poder asimilar que hubiera un boxeador que no le tuviera pánico. Sin embargo, en la película, Baer sí parece tener una ligera impresión de con quien se está jugando las lentejas. Tras la pelea contra Art Lasky, el 22 de marzo de 1935, Braddock se convierte en el aspirante oficial al título mundial. Alguien llama entonces a la habitación 1008 del hotel de lujo en el que se aloja Baer y le da la noticia. El campeón, interpretado tan acertadamente por Craig Bierko que al final consigue que Baer nos caiga a todos como una patada en el bajo vientre, advierte a su interlocutor lo siguiente: "no pelearé con Braddock, es un zopenco".

Devuelto a la cruda realidad, los asaltos séptimo y octavo son, definitivamente, los de Max Baer. Domina la pelea, se siente nuevamente feliz, incluso parece dibujar en su cara una sonrisa de satisfacción. Está a gusto. No esconde su felicidad. Es posible que ya no pueda noquear a Braddock pero, por primera vez a lo largo de toda la pelea, vuelve a sentirse el campeón mundial, lleva la voz cantante. Está tan seguro de sí mismo que, justo en el octavo asalto, tiene el tiempo suficiente como para interpretar el papel del boxeador "groggy". Algún tiempo después Braddock confesaría que en esos dos asaltos sufrió mucho, pero que, cruzado con éxito el Rubicón del octavo, supo que podía vencer a Baer.

Quizás Braddock decidiera en el noveno asalto que Baer ya no tendría más posibilidades de cogerle por sorpresa. Lo cierto es que no existe un método científico capaz de evitar que te manden a la lona, pero la teoría dice que si logras pegarte a tu rival es mucho más complicado que éste pueda sacar un golpe definitivo. Eso fue precisamente lo que hizo Braddock, pegarse a Baer como si de una auténtica lapa se tratara. En esa fase de la pelea, tal y como argumenta Mailer, ambos púgiles parecen dos hermanos pegándose en el patio trasero de su casa. El pequeño cree que por fin puede tumbar al mayor, y éste último le grita: "¡Buen golpe chaval, estás mejorando, sigue así y puede que algún día lo logres!"

En el decimoquinto y definitivo asalto, con Baer y Braddock rotos físicamente, éste último, sabedor de que aventaja a los puntos a su rival, exprime su táctica hasta las últimas consecuencias. No puedes noquear a alguien que no se separa de ti, de forma que Braddock se pega sin disimulo a Baer. Aplicando aquí el argot futbolístico podríamos decir eso de que Braddock "pincha el balón", algo que, dicho sea de paso, hacen a las mil maravillas los jugadores argentinos. Me parece recordar que es el productor Brian Grazer quien compara a los púgiles con dos toros. Según Mailer, cualquier boxeador amateur habría sido capaz de aguantar esos golpes. Todo concluiría, como es sabido, con la victoria de James L. Braddock, "Cinderella Man", el hombre que no se dejó tumbar por la vida ni tampoco por otro hombre.
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