Una cuestión de principios

José T. Raga

Cuando los principios están confusos, o cuando existen intereses para que de hecho no imperen, la comunidad entera está abocada al fracaso. Al fracaso en todos sus aspectos: económico, político y social. Es cierto que la ausencia de un orden jurídico degenera en anarquía, pero también que el imperio de una ley perversa, impone una dictadura de hecho, cuyo vicio impregna la conciencia social, que acabará considerando normal lo que nunca habría aceptado.

Ya en su momento dijimos que la reforma laboral se había quedado muy corta, sobre todo en lo referido a la contratación; en definitiva, lo prioritario para el trabajador y para el empresario. Pues bien, la reciente manifestación del Vicepresidente de la CEOE viene a confirmarlo. Según parece, la CEOE espera reunirse en septiembre con los sindicatos, para negociar fórmulas más flexibles en la contratación laboral.

La pregunta que surge, ante esta noble y cacareada pretensión, es de parvulario: ¿Quiénes son la CEOE y los sindicatos para negociar las fórmulas flexibles de contratación? Ya sé que me dirán que son los agentes sociales, pero esa respuesta no me satisface. ¿Agentes de quién? ¿A quién representan y con qué mandato de representación? Salvo que consideremos incapaces a trabajadores y empresarios ¿Quién mejor que el trabajador de cada empresa, sabe cuál es su pretensión y hasta dónde su flexibilidad en el salario, en la tarea o en el horario? ¿Quién mejor que el empresario sabe hasta dónde puede llegar su empresa en remuneraciones al trabajo, en inversiones o en ampliación de plantillas? ¿Para qué la tutela de sindicatos y CEOE?

Si estos principios no los tenemos claros y suponemos, que el objetivo del empresario es despedir trabajadores, es reducir cada vez más el empleo en su empresa, no merece la pena seguir discutiendo ni negociando. La función primordial en la empresa moderna del siglo XXI, es el propio sostenimiento de la misma, desde la consideración de que cada empresa es un mundo diferente, que se mueve en entornos distintos y, por tanto, precisa reglas muy diversas.

Si la negociación entre los trabajadores de una empresa y el empresario, en la que las peculiaridades económicas empresariales estarán presentes, porque de todos son conocidas, se sustituye por la negociación entre las centrales empresariales y las sindicales, con la pretensión de que todos se sometan a ellas, a eso no se le puede llamar flexibilidad. Más aberrante todavía, que un empresario la considere como solución para un escenario económico diverso. Al fin y a la postre, con la negociación en estos términos, se está simplemente sustituyendo al legislador por lo negociado entre CEOE y sindicatos.

La verdadera flexibilidad es la negociación entre empresario y trabajador; ambos se necesitan y ambos tienen un mismo interés: la perdurabilidad de la empresa productiva, como fuente de rentas para unos y otros. No perdamos más el tiempo en alambicar fórmulas que sólo pueden justificar la propia existencia de las centrales sindicales y empresariales.

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