Orden y credibilidad

José T. Raga

Dice el saber popular que el buen nombre se tarda en conseguir, pero se pierde con mucha rapidez. Es natural; harás mil obras buenas que quedarán olvidadas por una mala que permanecerá en el recuerdo.

Lo dicho es cierto en los aspectos más diversos de la vida. Ocurre en la vida familiar y social, entre amigos, con frecuencia en el mundo económico y, cómo no, para lo que hoy me interesa, lo vemos con mayor intensidad y rapidez, en el mundo político: líderes y aficionados, abundan en su confirmación.

Y lo que decimos respecto a grupos y grupúsculos – partidos y partiditos – es aplicable también a las naciones; resultado en este caso, del comportamiento de los gobiernos que transmiten al pueblo, sin recato, sus carencias y contradicciones, sus amores y sus odios.

¿Dónde se encuentra España ante los ojos de la humanidad que nos observa? El prestigio y respeto que mereció, hace apenas cincuenta años, está hoy bajo mínimos. Solicita la condonación de su deuda pública – lo que provoca la repulsa de la Comisión Europea – y tampoco es capaz de responsabilizarse por sus avales, ante el impago de los créditos avalados (ICO). ¿Y los fondos europeos…?

Del Gobierno, no sale una frase que trate de testimoniar lo que fue, y recuperar lo que de bueno hubo. La Constitución que se dio el pueblo español por una amplia mayoría, es hoy un instrumento a combatir: todos somos republicanos, si hiciéramos caso a lo que dice el gobierno.

Algunos consideran que en España no existe democracia plena. La responsabilidad de los delincuentes, no es de ellos, sino de una sociedad que los hizo así. En alguna Comunidad Autónoma, se expropian pisos vacíos, porque hay muchos okupas que satisfacer. Todo, para público conocimiento. El orden social, es un valor arcaico, porque el descontento es comunitario y el desorden violento es simple manifestación de ello. Las fuerzas para reprimirlo, deben contemplarlo y sufrirlo, no impedirlo.

¿Será esto congénito en las izquierdas? En 1776 ya decía Adam Smith que “Los republicanos u hombres imbuidos en las ideas republicanas, casi siempre han tenido por sospechosa esta especie de fuerza militar como contraria a la libertad”.

Si carecemos de orden social, lo demás sobra. Éste es un bien público puro, que interpela al gobierno – Estado –. Lo es, porque su demanda es conjunta de la sociedad, sin exclusión; exclusión que se da en los bienes privados. Por eso, el precio no puede racionalizar su asignación.

La primera obligación de un gobierno – Soberano, dice Smith – es proteger a la sociedad de la invasión y violencia; mencionará más adelante la predisposición siempre dispuesta a turbar la pública tranquilidad con la más leve ocasión y mísero pretexto. ¿A qué responden las imágenes que tantos – dentro y fuera – hemos visto de Barcelona, Madrid y de otras ciudades españolas?

¿Dónde está el gobierno que asegure la paz social, para afirmarnos en el Estado de Derecho? Resultado de todo ello, una España no creíble. 

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