Libertades asimétricas y corrupción

José T. Raga

Los españoles amanecemos cada día con la esperanza de que nada nos avergüence de pertenecer a esta nación, otrora abundante en virtudes y gestas reverenciadas y admiradas. Hoy, las cosas son bien diferentes. El honor, que estuvo presente en nuestra sociedad como componente del ser, goza de una marcada ausencia generalizada, hasta el punto de que el propio vocablo ha quedado en desuso.

El respeto a la palabra dada y su cumplimiento, que formó parte de la historia reciente de nuestro país, ha dejado de ser norma, en negocios privados y en actividades públicas. Incumplir una obligación de pago no sólo es hoy práctica habitual, sino que, además, se le pide al juez que dicte sentencia contra la pretensión del acreedor de cobrar la deuda.

Los periódicos carecen de espacio para acoger las noticias de corrupción de nuestros conciudadanos. A menudo nos preguntamos si no habrá al menos un justo en la comunidad. ¿Cómo ha podido la podredumbre impregnar la sociedad, hasta el extremo de aceptar como normal lo que siempre fue rechazado por ricos y pobres, por señores y vasallos...?

Me preguntaba, como tantos, si las cosas son así por un excesivo intervencionismo o, lo que es lo mismo, por una carencia de libertad, coartada por una regulación que invade más y más campos del actuar humano. No sería capaz de pronunciarme de forma tajante.

La corrupción existe en países dictatoriales (aunque al corrupto se le elimina sin contemplación y con rapidez) y existe también en democracias avanzadas, en las que el corrupto se autoelimina para no contemplar la afrenta social. En democracias más débiles la afrenta social se ve desplazada por la cuenta saneada, con lo que el corrupto sigue siéndolo, mientras dure, y a mucha honra.

¿Dónde está, pues, la clave? Pienso que no tanto en el valor absoluto de la libertad como patrimonio del sujeto, sino en la asimetría de las libertades entre y ciudadanos y poder. Cuando los niveles de libertad entre gobernantes y gobernados están equilibrados no hay espacio para la corrupción. Sí lo hay cuando uno goza de libertad y el otro siente la coacción. El poder tratará que su libertad prevalezca sobre la del ciudadano.

Por ejemplo, supongamos una regulación cualquiera, ante la que el sujeto se siente coaccionado, tratando de eludirla mediante la corrupción del funcionario público. ¿Qué ocurriría si el funcionario se sintiera tan poco libre ante la norma, como se siente el sujeto privado? La corrupción no pasaría de su grado de tentativa.

La corrupción se produce cuando el funcionario se siente libre ante la norma, por su discrecionalidad, para atender los deseos del ciudadano. Es este desequilibrio el que da cauce para la corrupción. Más aún cuando los sujetos carecen de la mínima referencia moral en su propio comportamiento.

Una regulación de aplicación inflexible destrozará la economía al reducir iniciativas, pero no dará pábulo a la corrupción. No tiene margen para ello: el funcionario tampoco es libre.

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