Las cosas por su nombre

José T. Raga

Los que tenemos como lengua propia el español somos afortunados, por su riqueza lingüística, que permite que nos expresemos con precisión, utilizando en cada caso el vocablo que mejor define el hecho que tratemos de describir.

Esa precisión lingüística se hace trizas cuando seres concretos tratan de que no se les entienda, o que no se entienda la verdad a la que se refieren, aplicando a su torpeza expresiva el error –el engaño– en sus comunicados.

No soy lingüista, no soy filólogo, pero sí un amante de mi lengua y me molesta que se la ultraje, no tanto por desconocimiento, sino con la intencionalidad de engañar, atribuyendo a carencias de expresión lo que es voluntad de mentir. Hasta las leyes se han contagiado de este virus de modernidad.

El Gobierno del señor Sánchez es buena expresión de ello. Siendo una cosa menor, que no voy a ahondar en sus motivaciones, todos hablamos hoy del confinamiento impuesto como consecuencia del covid-19. Confinamiento es lo que se practica por las autoridades de China comunista cuando deciden reeducar a alguien que no siente el sistema; confinamiento es lo que se practicó formalmente en el Gulag de la comunista Unión Soviética y, menos formalmente, cuando se confinaba en la dura Siberia a quien resultaba díscolo en Leningrado.

La RAE define confinamiento como "pena aflictiva consistente en relegar al condenado a cierto lugar seguro para que viva en libertad, pero bajo la vigilancia de las autoridades". Conminarnos a quedarnos en casa, sin salir, salvo justificación, y siempre bajo la amenaza de una sanción, creo que se ajusta más al arresto domiciliario que al confinamiento. ¿Por qué no decir que todos vivimos en arresto domiciliario? No quería entrar en ello, pero el peligro está en acostumbrarnos a estar confinados.

Pero hablemos de otra confusión. Recientemente, ante la protesta de los parados – ERE y ERTE–, que pese a las promesas del Gobierno siguen sin poder comprar una botella de leche con fondos públicos –los sindicatos ausentes–, se ha aclarado por el Gobierno que no paga porque no tiene liquidez. ¿No tiene liquidez o está en la ruina?

La liquidez o su carencia es una situación momentánea que puede darse en una economía sana, que, por cualquier circunstancia, tiene sus recursos, aunque abundantes, en sus almacenes.

El expresivo concepto usado por la legislación anterior era el de suspensión de pagos – más claro imposible–, que finalizaría en el saneamiento de la empresa o en su quiebra.

Mi impresión es que al señor presidente del Gobierno le ha ocurrido lo que a los empresarios manirrotos –que los hay, aunque pronto desaparecen–, que aumentan alegremente sus gastos –un vistazo a su administración es demostrativo– careciendo de ingresos para atenderlos. La situación no es temporal, porque va a peor y el endeudamiento, posible inicialmente, acaba en la ruina porque nadie financia.

Un problema de liquidez no sería problema… El problema es de ruina.

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