Hemiciclo y sociedad

José T. Raga

Insertos en unas jornadas de exposiciones y debates públicos, en los que sus señorías nos hacen partícipes de sus ideas y pretensiones, es difícil resistirse a escribir unas líneas preguntándose qué es aquello, qué entienden algunos por democracia, porque ni en la Grecia antigua, ni hoy en los países más adelantados es el arte de zaherirse, de descalificarse o, en el límite más benévolo, de ignorarse.

Les aseguro que yo hubiera preferido disponer los textos de las intervenciones, en sustitución de la imagen de algunas intervenciones, de ademanes propios de charlatanes de feria, de gritos que en sí mismos ya son una insolencia, de aplausos indebidamente sectarios y de lecciones aprendidas en casa para responder a exposiciones escasamente relacionadas con lo que se dice.

Pero, pasando todo esto por alto, como si de un mal momento se tratara, en el frenesí de la sesión, y tomando un denominador común de la misma, me preguntaba si aquello era la sociedad española, si lo que allí se decía y argumentaba lo decía el pueblo español, que, por si se ha olvidado, es un pueblo formado por personas humanas, varones y hembras de edades diversas, que sienten, sufren y disfrutan según el hacer de sus señorías, es decir, según lo que diga el Boletín Oficial del Estado y, en su caso, la publicación equivalente en las comunidades autónomas y en los ayuntamientos.

Ante todo me preguntaba el porqué de esa obsesión enfermiza de quienes aspiran a gobernar –sea cuando sea no me importa– y de quienes están en su entorno de aumentar los gastos de la gestión pública, como si nadie tuviera que sacrificarse para financiarlos. Aún cuando se habla de impuestos, se hace como referencia doctrinal.

Me preguntaba insistentemente si los españoles que están en la calle, no en el hemiciclo, pensarían lo mismo. Y no me vengan ustedes con la apostilla a los gastos sociales, porque ya soy demasiado viejo para eso. Cuando el sector público aumenta sus gastos, ¿realmente nos sentimos mejor? Ni siquiera pido que recuerden, que para ello han pagado más impuestos; simplemente, ¿más gasto significa mayor bienestar? Y es que el dinero no siempre remedia la insuficiencia. Los medios de Cajal eran los céntimos de los de hoy, y se le concedió, con razón, el Premio Nobel.

¿Por qué cuando, aun sin venir a cuento –Appel y Bruselas por ejemplo–, se habla de la necesidad de armonización fiscal? ¿Significa armonizar con el de mayores impuestos? ¿Por qué no converger con el de los más bajos? ¿Por qué una comunidad autónoma se empeña en que otra aumente uno o varios impuestos? ¿Es que los españoles se sienten menospreciados por no pagar más impuestos? Ya sé que la mercancía se vende diciendo que serán otros los que paguen –los ricos–, pero no se equivoquen, pagamos todos.

Viendo ayer el hemiciclo percibía, al menos, una convergencia: hay que gastar más; así lo exige hoy un Estado moderno.

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