Gracias, mi general

José Ramón Bauzá

Vivimos tiempos de escasez. Falta trigo en los graneros, faltan contenedores en los puertos y, si las peores predicciones se cumplieran, podrían faltar hasta los regalos bajo el árbol en la Navidad que ya se asoma.

Pero hay en el mundo otra carencia, menos visible aunque más acuciante, si cabe. Nos faltan líderes.

Europa despide a Merkel, el Reino Unido se inquieta por la salud de su reina y el mundo llora esta semana la pérdida de Colin Powell con una intensidad que pocos líderes estadounidenses han concitado.

¿Por qué este interés en la figura de Powell? Quizá porque su vida ilustra un espíritu de servicio y una forma de entender la política que empezamos a echar en falta justo cuando más los necesitamos.

La suya fue, además, una trayectoria que tuvo mucho que ver con España.

Vuelvan la vista a 2002, al verano en que la crisis de Perejil estuvo cerca de llevarnos a un conflicto abierto con nuestro vecino del sur. Si el desenlace no tuvo consecuencias mucho más graves para nuestro país fue, en gran medida, gracias a Colin Powell.

Cuando Mohamed VI lanzó su desafío contra España, el presidente Aznar entendió correctamente que, en esa isla en apariencia sin importancia, el nuevo monarca marroquí ponía a prueba la voluntad española de defender su soberanía.

Consciente de que un milímetro de concesión a Marruecos suponía un milímetro de no retorno –algo que llevo años diciendo de nuestros nacionalistas–, Aznar no dudó en recurrir a la fuerza para desalojar a los gendarmes marroquíes, enviando así un claro mensaje a Rabat: cualquier desafío a la integridad territorial de España, hasta el más pequeño, tendría su respuesta.

Si esta escalada no llegó a mayores se lo debemos a la intervención personal de Colin Powell, que en aquel momento dirigía la diplomacia estadounidense, y cuya mediación con Mohamed VI, y su influencia en Rabat, logró regresar a un statu quo que beneficiaba a España.

El mismo Powell llegó a reconocer que la crisis de Perejil le exigió una atención que, en el punto álgido de la guerra contra el terrorismo –no se había cumplido un año del atentado contra las Torres Gemelas–, un secretario de Estado no podía permitirse. Pero medió igualmente, dada la buena sintonía entre George Bush y José María Aznar, y la amistad personal que forjó con Ana Palacio, entonces ministra de Exteriores.

La crisis se superó, gracias a la ayuda norteamericana, y España y Marruecos enterraron un conflicto que tardaría años en resurgir.

Tristemente, los días en que nuestro país era percibido por EEUU como un aliado fiable y necesario quedan ya muy lejos. La visión que se tiene del Gobierno español en los pasillos del poder en Washington es hoy mucho menos amable que hace dos décadas, como quedó de manifiesto en las recientes críticas del Senado a nuestro papel en América Latina, cuando el influyente demócrata Robert Menéndez, presidente de la Comisión de Exteriores, afirmó:

En Cuba y Venezuela, España no comparte el compromiso con la democracia y los derechos humanos que Washington espera de un país amigo y aliado.

En esta nueva realidad, si un escenario como el de Perejil volviera a repetirse, España no contaría en Washington con un Colin Powell dispuesto a romper una lanza en nuestro favor. Y esa figura seguirá ausente mientras no reparemos nuestros vínculos con EEUU. En esa labor nos jugamos mucho, y no se resolverá con paseos de 20 segundos en los aledaños de una cumbre de la OTAN. Recuperar el prestigio internacional de España requiere invertir voluntad y capital político.

Pero Colin Powell fue algo más que un buen amigo de España.

Con su espectacular trayectoria ejemplificó también el sueño americano, y también por eso le recordamos y lloramos su pérdida. Su vida, la de un hijo de inmigrantes jamaicanos, le llevó desde las calles del Bronx a liderar la maquinaria diplomática y militar más poderosa del planeta. En el apogeo de su popularidad, Powell acarició la idea de aspirar a la Casa Blanca. Pero el general, que –de Vietnam a Oriente Medio– nunca rehuyó una pelea, decidió que la política era una lucha que no estaba hecha para él. "No tengo el fuego en el estómago", fue el motivo que alegó Powell: el respeto por las responsabilidades del mando que hombres de menor altura no habrían tenido el coraje de admitir.

Ante todo, Powell fue un exponente del country before party, la idea –un día profundamente arraigada en la sociedad estadounidense– de que tu país está por encima de tu partido. Ese compromiso inquebrantable le llevó, por encima de su afiliación republicana, a apoyar públicamente a candidatos demócratas cuando su conciencia le dictaba que era lo que más convenía a sus compatriotas.

El ejemplo de Powell, su compromiso con el interés general y la lealtad a su país por encima de la política, resulta cada día más difícil de imaginar ante el páramo de polarización y miopía política que impera en nuestros días.

Y de este buen amigo de España podemos tomar ejemplo aquí.

En una semana en la que nuestro presidente del Gobierno quiere arrastrarnos a la indignidad de blanquear el terrorismo para mantenerse en el poder, la vida de un hombre que antepuso siempre su país a su interés personal es un espejo que refleja bien la mezquindad de quienes hoy nos gobiernan, y en el que deberían mirarse los que tienen la capacidad de poner fin a esta ignominia.

Gracias, mi general, por la amistad que mostró a España.

Gracias por el ejemplo que nos dio a quienes andamos por la senda del servicio público.

Y que la tierra le sea leve.


José Ramón Bauzá, eurodiputado de Ciudadanos, es miembro de la delegación para las Relaciones con EEUU del Parlamento Europeo.

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