A Podemos no le gusta viajar: las fortalezas del sector turístico al que ataca

José María Rotellar

Es una realidad totalmente contrastada que viajar abre la mente, incrementa la cultura y contribuye, por tanto, a ilustrar a las personas. Obviamente, para ello hay que tener interés en aprender, no aferrarse a dogmas equivocados y, por tanto, visitar los lugares con ánimo de descubrir las aportaciones que cada enclave puede incorporar al bagaje de cada individuo. Sin embargo, parece que a los miembros de Podemos no les gusta a viajar, salvo que el destino sea Venezuela, Irán o algún país de su agrado, donde, la verdad, poco aprenden, porque en ellos no es que vayan libres de todo dogma, sino que es el dogma autoritario el que allí se imparte.

Por eso, quizás hayan empezado, desde hace semanas, a denostar al sector turístico. Enseguida, tanto su jefe político, hoy vicepresidente del Gobierno, como un conjunto de responsables regionales de su formación, han insistido en que España no puede depender del turismo como lo hace, sino que tiene que variar su estructura productiva hacia otros sectores. Es más, el ministro de Consumo, Alberto Garzón, ha menospreciado e insultado al turismo, al decir que es un sector "estacional, precario y de bajo valor añadido". No sólo es una falta de respeto, de educación y de tacto para todas las personas que trabajan en el sector, sino la muestra de un desconocimiento completo de la materia y de la economía española. Antes de criticar al turismo, deberían saber lo mucho que aporta a la economía y al empleo en España, como veremos más adelante. En cuanto a estacionalidad, precariedad y bajo valor añadido, donde van a encontrar de todo eso es en el Gobierno del que forman parte: aunque ya está durando más de lo que los españoles se merecen, el Ejecutivo será estacional y pasajero; es precario, porque el Gobierno es una jaula de grillos enfrentada con el único pegamento del reparto del poder; y es no ya de bajo valor añadido, ni siquiera nulo, sino de negativo valor añadido, porque gran parte de los ministros que se sientan ahí son contraproducentes para la prosperidad y libertad españolas que emanan de la Constitución de 1978. Que Iglesias y Garzón se pregunten qué aportan ellos a España, salvo el intento de sembrar el odio y de anhelar las prácticas de las dictaduras de sus correligionarios comunistas en Cuba -modelo de consumo sostenible para Garzón- y Venezuela.

Se nota que Iglesias y su equipo no han leído a David Ricardo, que como es un economista de la escuela clásica parece que desprecian -aunque deberían saber que Karl Marx lo estudió con detenimiento; a lo mejor, diciéndoselo se agolpan en las librerías para comprar los "Principios de economía política y tributación" del insigne economista inglés- , que, entre otras muchas aportaciones defendió las ventajas comparativas unidas al comercio internacional. Así, Ricardo sostenía que cada economía debía producir aquel bien en el que estuviese más especializada para lograr ganancias de eficiencia y reducciones de costes con el intercambio de dichos bienes gracias al comercio internacional.

Casi dos siglos han pasado desde el fallecimiento de Ricardo, e Iglesias y sus asesores siguen sin entender dicha teoría, como tampoco entienden la de la equivalencia ricardiana de la deuda, porque creen que los ciudadanos no piensan y no perciben que un endeudamiento elevado sin fin del Estado lleva al país a la ruina, y a ellos, al pago perpetuo de impuestos más altos, es decir, a la mencionada ruina. Así, además de a pagar más impuestos y endeudarse más, Iglesias quiere que España se concentre en otras ramas de actividad, que se reindustrialice, pero no dice cómo. Algunos de sus lugartenientes da un paso más y proponen que baje la aportación del turismo al crecimiento nacional y sea sustituida ésta por la economía circular, azul y sostenible, así como por las energías renovables.

Desprecio al turismo

Puede estar muy bien que queramos que España se convierta en una sociedad totalmente tecnológica, orientada a la I+D+i y a todos los sectores de alto valor añadido -por cierto, no a los ruinosos, en muchos casos, que mencionan los podemitas-. Ahora bien, querer cambiar por completo la estructura económica de España, despreciando el turismo, una de las actividades que más aporta a nuestra riqueza y que más puestos de trabajo crea, es no sólo una locura, sino que hacerlo de la noche a la mañana es imposible.

España tiene unos recursos y condiciones que hacen que sea un atractivo turístico para muchos ciudadanos de todo el mundo: tiene contrastes importantes en su clima; fantásticas playas y estupendas aguas las de los mares que bañan todo el territorio nacional, ya sea peninsular, insular o perteneciente a las antiguas plazas africanas, hoy convertidas en ciudades autónomas; una gastronomía de primer nivel que satisface al turista; y tiene un recurso natural magnífico, como es el sol que ilumina nuestro país y que es reclamo de muchos visitantes extranjeros, amén de un carácter, el de los españoles, que hace que seamos un lugar acogedor para cualquier visitante.

Con todas esas características, España no va a renunciar a la alta tecnología, a la investigación y a tantas actividades muy productivas y de alto valor añadido, como, de hecho, no renuncia, pues nuestro país es puntero en muchas de ellas, desde ingeniería a banca, pasando por las investigaciones sanitarias. Ahora bien, tampoco ha de renunciar a la industria turística, y a toda la industria indirecta a la que da servicio y que se complementa y vive del mismo, sector en el que es una gran potencia.

El turismo, la principal fuente de riqueza

Por si el vicepresidente Iglesias no lo sabe, el turismo genera un 6,4% del PIB de manera directa y un 12,3% de manera total. Eso son muchos miles de millones de euros que contribuyen, entre otras cosas, a sostener la magnífica sanidad de la que gozamos y que permiten que España pueda pagar las prestaciones por desempleo y mantener esa gran solidaridad. ¿De dónde se cree que sale el dinero que sostiene todos los servicios públicos, incluido su sueldo? Al menos, en ese porcentaje se deriva de la actividad económica del turismo.

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Es más, esa aportación al PIB español ha ido subiendo desde hace años, y ha pasado del 11% en 2015, al 12,3% en 2018 (último dato disponible). Es decir, ha aumentado 1,3 puntos, que equivale a un incremento del 11,82%.

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O traducido en euros, para que lo entiendan mejor los podemitas, vemos cómo ha aumentado desde 118.118 millones de euros en 2015 hasta 147.946 millones de euros en 2018 (último dato disponible). Esto supone un incremento de la actividad económica en el turismo de un 25,25% en términos nominales en sólo tres años.

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Ese crecimiento, ya iniciado en los años sesenta del siglo XX y basado en un clima excepcional, una situación privilegiada, buenas infraestructuras, magníficas instalaciones y restauración y mejor servicio, ha hecho que cada año sean más los ciudadanos extranjeros que quieren visitar nuestro país. Hasta tal punto llega, que el gasto turístico receptor, es decir, el realizado por los no residentes, equivale a un 54% de todo el consumo turístico interior realizado en España. Ni más ni menos que 79.910,2 millones de euros aportan los no residentes al gasto turístico interior. Ese gasto ha crecido un 16,4% en términos nominales en sólo tres años.

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Con la nueva normativa, impuesta por el ministerio de Sanidad, de aplicar una cuarentena de dos semanas a los turistas que vengan a España desde el extranjero, puede hacer que muchos turistas extranjeros se lo piensen dos veces este año antes de reservar sus vacaciones en España, pues aunque dicha restricción se levante tras el estado de alarma, como no sabemos ni cuánto va a durar éste ni si el Gobierno, dentro de su "nueva normalidad" que nos quiere imponer, va a mantener algunas de las restricciones actuales, es lógico que un potencial turista tenga miedo a la hora de reservar sus vacaciones. No es de extrañar que Alemania y Reino Unido hayan recomendado a sus ciudadanos ser cautos a la hora de reservar sus destinos turísticos, especialmente en España. Con esta política del Gobierno, que no ayuda al sector turístico, está empeorando la llegada de turistas extranjeros, y hay que recordarles a Sánchez y a su Gobierno de coalición con los podemitas que el Reino Unido aporta el 19,7% de los turistas extranjeros que recibe España, Francia el 14,3%, y Alemania el 13,8%.

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Todo ello hace que el empleo que se genera con esta actividad pese cada vez más sobre el total nacional de puestos de trabajo. Así, si en 2015 suponía el 12,1% de todos los empleos en España, ahora alcanza el 12,7%.

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Eso significa que si en 2015 había 2.324.100 personas empleadas en el turismo, ahora hay, con los últimos datos disponibles, 2.616.300. Es decir, el empleo en el turismo creció, en sólo tres años, un 12,57%.

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Toda esa prosperidad, todo ese empleo, es el que puede destruirse por carecer el Gobierno de un plan sensato de reapertura. Al negarse a hacer test masivos, opta por una reapertura lenta -turismo, ocio, comercio y hostelería, hasta diciembre cerrados, según los deseos de la ministra de Trabajo-, que puede hacer agonizar a la economía española. Eso hará que muchos españoles pierdan su puesto de trabajo, pero el Gobierno también opta por una economía subsidiada en lugar de por una economía productiva. Por supuesto que hay que respaldar a quienes se encuentren en dificultades por esta situación, pero no crear una crisis crónica en la que tengan que depender de un subsidio.

Estas ramas de actividad (la turística, la hostelería, el ocio y el comercio), son las que Podemos -y quizás parte de los ministros socialistas- quieren postergar, cuando no se dan cuenta de que es algo en lo que somos imbatibles. Corren a hablar de alta tecnología -que, insisto, también la hay, y mucha, en España- y desdeñan a un sector como el turismo. Poco les importa que muchas familias y buena parte de la prosperidad y servicios públicos españoles dependan de él. Después de todo, parece que dividen a los españoles entre los que trabajan en sectores de alto valor añadido y los que ellos consideran que no lo son, pese a la riqueza que aportan. Está claro que, al final, los comunistas son los más clasistas, tanto con su actitud hacia este sector, al minusvalorarlo, como con sus decisiones que impiden que las personas prosperen por sí mismas. Si Sánchez no rectifica estas políticas equivocadas, el quebranto económico que puede producir en España será terrible durante largos años.

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