El 'milagro' del legado sanitario de Esperanza Aguirre: más hospitales y más médicos en Madrid

José María Rotellar

Hoy la sanidad de toda España, la sanidad de todo el mundo, libra un duro combate contra el coronavirus. En el caso español, la imprevisión del Gobierno, la ausencia de medidas ágiles para prevenir y proteger a los mayores y el impulso de las manifestaciones del domingo 8 de marzo, han provocado que un virus que es muy contagioso pero que para una inmensa mayoría de la población no es letal, infecte simultáneamente a tantas personas y colapse los servicios sanitarios. Con esa concentración aumenta, además, el riesgo de fallecimiento de las personas mayores, uno de los grandes grupos de riesgo. Tras no haber hecho nada a tiempo, el Gobierno adoptó después unas muy duras medidas, que restringen la libertad de las personas y la libre apertura empresarial en muchos sectores, con un frenazo en seco de la inmensa mayoría de nuestra capacidad productiva, que puede generar una pérdida de miles de millones de producción y PIB y de cientos de miles de puestos de trabajo. Medidas duras que, probablemente, ya no había más remedio que tomar en el momento en que se adoptaron, porque el tiempo de poder haber implantado otras prevenciones que evitasen este desastre sanitario y económico ya había pasado. Esas medidas nos pueden llevar a una gran recesión, especialmente si se empeñan en empeorar la situación con medidas nocivas, como la prohibición del despido, o si después de Semana Santa no permiten que se recupere la normalidad económica.

Ahora bien, como venimos diciendo desde hace días, no es momento de analizar en profundidad el motivo que nos ha colocado en esta situación, porque ahora lo esencial es que el virus sea extinguido o, al menos, controlado, y que la economía vuelva a recuperarse. Todos los esfuerzos deben concentrarse en ello. Tiempo habrá de hacer una revisión profunda de la gestión, de la información dada por los responsables en cada momento y de la ausencia de reacción temprana. En ningún caso se nos va a olvidar hacerlo, pero ahora no es el momento. Es cierto que si estuviese gobernando el PP, con la millonésima parte de lo que está haciendo el Gobierno de Sánchez es muy probable que, con cuarentena o sin ella, las calles estuviesen incendiadas y las sedes del PP rodeadas: ya lo vimos ante otra tragedia sufrida por España. No obstante, no es el momento de analizarlo en profundidad, pero cuando salgamos de esta crisis sanitaria, habrá que poner a cada uno ante el espejo.

Como digo, lo fundamental ahora es trabajar todos juntos y ayudar a salir de esta catástrofe. Sin embargo, los de siempre, aquellas personas a las que les ciega el odio y el rencor, atribuyen el colapso de la sanidad madrileña no a una imprevisión del Gobierno de la nación y sus socios a la hora de frenar la expansión de la pandemia o a no ser diligentes a la hora de comprar material no defectuoso, sino a que el PP realizó recortes, hecho que, por cierto, es falso. Hablan de la sanidad a nivel nacional, pero enseguida centran su objetivo en Madrid, porque no soportan que Madrid haya demostrado que se puede gobernar de otra manera: gastando de forma eficiente, teniendo los mejores servicios esenciales y bajando los impuestos hasta dejarlos en el nivel más bajo de España, al tiempo que todo ello genera más actividad económica y empleo y logra incrementar la recaudación.

Como eso no lo toleran, arremeten contra una de sus obsesiones, Esperanza Aguirre, a quien, junto con José María Aznar, detestan, porque no admiten que se les haga frente con principios, valores, eficiencia y datos contrastados. Por eso, ahora achacan el colapso sanitario a lo que ellos llaman los recortes de Aguirre. Qué confundidos están o cómo mienten -más bien lo segundo- porque, precisamente, si la sanidad madrileña ha podido atender mejor a la oleada masiva de pacientes de coronavirus es porque Aguirre impulsó como nadie todo el sistema sanitario público madrileño.

Así ha evolucionado la sanidad madrileña

En su primera legislatura en Madrid, cuando gozábamos de la parte alcista del ciclo económico, Aguirre invirtió fuertemente en las grandes infraestructuras: Educación, Servicios Sociales, Transporte y, sobre todo, en Sanidad. Es verdad que el exceso de ingresos podría haberse destinado a reducir deuda, pero con una población que había crecido un millón y medio en pocos años, era imprescindible dotar de las infraestructuras adecuadas que permitiesen que no colapsasen los servicios públicos, y en esas circunstancias, mejor hacerlo en los momentos de mayor desahogo económico.

Por eso, en dicho período inicial (2003-2007), se llevó a cabo buena parte de la gran extensión de la sanidad madrileña: el esfuerzo presupuestario se incrementó en alrededor de 1.000 millones de euros, los hospitales pasaron de 74 a 82, el número de recetas aumentó en casi 12,5 millones, las consultas de atención especializada aumentaron en un millón y los profesionales sanitarios colegiados se incrementaron en casi 9.000.

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Ahora bien, pese a la dura crisis económica que España atravesó entre 2007 y 2015, el gasto sanitario siempre fue prioritario. Si en 2007 había ocho nuevos hospitales, en 2015 -ya en el mandato de Ignacio González- llegaron a ser doce los hospitales nuevos abiertos por Madrid.

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Esos doce nuevos hospitales son los que hacen posible que, pese al colapso provocado por el coronavirus, pueda haberse atendido adecuadamente a los pacientes hasta que llegase el refuerzo del hospital de campaña instalado en Ifema. Son doce hospitales que han salvado, salvan y salvarán muchas vidas, miles de vidas. Y cada vida es un tesoro.

De la misma manera, en todo el período de la era de Aguirre, que después continuó Ignacio González, aumentó el número de médicos en 3.300, desmintiendo otras de las falsedades esgrimidas ahora por quienes quieren tapar incompetencias propias o de sus allegados políticos. Esos 3.300 médicos adicionales constituyen unos recursos humanos imprescindibles para luchar contra esta enfermedad y cualquier otra a la que nos enfrentemos. Además, la red asistencial sanitaria aumentó en ochenta sus centros de salud, reforzando, así, los centros de atención primaria y especializada.

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Como culminación de todo ello, Madrid -ya con Ignacio González como presidente de la Comunidad de Madrid, dentro del mismo proyecto de Aguirre- inició una gran reforma sanitaria en 2013. Esa reforma sanitaria que impulsó la Comunidad de Madrid, paralizada políticamente aprovechando un defecto de forma o error material que se iba a subsanar, tenía su base en una búsqueda de la mejora de la eficiencia para lograr unos ahorros de costes que permitían mantener la misma prestación de servicios, a la misma población y sin que los pacientes tuviesen que pagar nada por recibir dichos servicios.

Al fin y al cabo, no era más que la aplicación de una de las posibilidades que da la teoría de la elección pública a la hora de decidir cómo gestionar y producir los bienes públicos, donde la disyuntiva se encuentra en si los produce el sector público directamente, o el sector privado, siempre bajo la financiación y provisión pública de dichos bienes, que son y seguirán siendo públicos.

Por tanto, a la hora de tomar esta decisión, la Comunidad de Madrid y, concretamente, la Consejería de Sanidad, se basó en el análisis de comparación entre los distintos modelos de gestión, tanto desde el punto de vista del coste, como desde el punto de vista del servicio, con la premisa de no menoscabar ni un ápice el servicio ni la cobertura del mismo, pero abaratando el coste.

Y esa decisión la pudo tomar la Consejería de Sanidad con fundamento, porque en la Comunidad de Madrid se contaba con los dos modelos de gestión: el público directo y la externalización del servicio, todo ello manteniendo el servicio público y la financiación pública.

En definitiva, lo que se pretendía era ahorrar fondos a los ciudadanos, que financian la Sanidad y otros servicios con sus impuestos, sin disminuir en nada ni la calidad ni la cantidad de prestaciones sanitarias, para poder emplearlos en incrementar los servicios sanitarios. Es decir, se trataba de hacer más con los mismos recursos, de ser más eficientes para poder prestar más servicios. No eran recortes, como siempre repite el mantra de la izquierda. Se trataba, en definitiva, de garantizar y mejorar la sostenibilidad del Sistema Sanitario, de la excelente sanidad madrileña de la que gozan los ciudadanos, de asegurar que se iba a poder seguir prestando en el futuro.

A los ciudadanos les es indiferente quién prepara la comida, quién realiza la labor de lavandería o si la gestión del hospital la realiza directamente la Comunidad de Madrid, el sector público, o si la realiza una empresa a la que se le encarga la prestación del servicio.

Lo que los ciudadanos quieren es poder seguir gozando de los mismos servicios, con la misma calidad, que lo que pagan con sus impuestos dé sus frutos en forma de unos servicios excelentes, como lo es la sanidad madrileña, y que los sigan atendiendo a todos. Y, precisamente, esta reforma sanitaria es lo que garantizaba: que gracias a los ahorros que se conseguirían por la vía de la eficiencia, este sistema sanitario sería viable y podrían seguir disfrutando de él todos los madrileños de manera reforzada. Tan sencillo como eso. Ésa era la realidad de la reforma.

Sus sucesores siguieron el camino marcado por Aguirre al reforzar la sanidad madrileña, de manera que el número de sanitarios ha alcanzado los 80.200, el presupuesto sigue representando, como con Aguirre, casi la mitad del gasto madrileño y el esfuerzo que se ha hecho para afrontar la pandemia pasa por el incremento de 6.000 efectivos en la sanidad, 1.000 camas más de UCI’s o UVI’s y 6.000 camas adicionales, más el mencionado hospital de campaña.

No, Aguirre no recortó la sanidad -y el PP tampoco-, sino que hizo posible que la sanidad madrileña se situase entre las mejores del mundo. No recortó el número de médicos, sino que los aumentó. No recortó hospitales, sino que se construyeron uno por año de mandato de las legislaturas entre 2003 y 2015. Amplió la sanidad, la modernizó, la extendió. Hoy, la situación es dramática, pero sin aquel impulsó dado por Esperanza Aguirre sería mucho peor. Seguirán atacándola los de siempre, pero su legado, su, en estos momentos, milagroso legado sanitario, permanece, a pleno rendimiento, salvando vidas. Es de justicia recordarlo y agradecerlo.

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