Una vergüenza secular

José María Albert de Paco

Al encenderse las luces todavía aletea en la sala el eco de las últimas palabras de Félix de Azúa: "Quiero que me entierren en Madrid". Ésa es también la voluntad de Albert Boadella, quien hace siete años emprendió un singular proceso de descatalanización por el que se fue despojando de todos y cada uno de los atributos que aireaban su pertenencia al terruño, incluido el idioma, "origen", sostiene, "de nuestros males". Ambos protagonizan, junto con Federico Jiménez Losantos y Xavier Pericay, Gente que vive fuera, un relato polifónico sobre el totalitarismo en que su autor, Arcadi Espada, ha tratado de plasmar "lo que hace el nacionalismo con las personas". Aparten a las criaturas.

Boadella sostiene que eso que llaman cultura catalana es "una absoluta ficción"; no en vano, "es el talento el que se vuelca en las lenguas, no las lenguas en el talento". A Pericay le incomoda el ambiente, es decir, las esteladas en los balcones, alguna que otra conversación oída al vuelo o ese omnipotente foco de irradiación que es TV3. Félix de Azúa cree "interesante" que Mas declare la independencia desde un balcón, en la esperanza de que ese gesto induzca una respuesta del Estado. La clase de afirmaciones, en fin, que serán exhibidas por el nacionalismo rampante como se exhibía en Bañolas al negro de Botsuana.

Las palabras de los personajes tienen como telón de fondo una serie de abruptas antipostales de la Ciudad Condal en que se aprecia un vago afán alegórico, y que actúan, en cualquier caso, como descansillo meditativo. Este poemario cuasi brossiano constituye una operación simbólica que pretende trasladar al cine el aire de los periódicos. También aquí, en efecto, hay noticias. Así, De Azúa cuenta que en cierta ocasión un alto cargo de CDC le confió que, veinte años atrás, en un cónclave del partido, captó una conversación entre Marta Ferrusola y Jordi Pujol que, a la luz de los últimos sucesos, bien cabe tildar de premonitoria. "Els nostres fills aniran a la presó", le advertía él. Y FJL narra cómo le ofrecieron matar al one-hit wonder del terrorismo que le descerrajó un tiro en la pierna. Y que declinó la oferta."Yo mataría a Hitler, no a un mamarracho". El disparo no se oye, se ve: tras la rememoración de FJL, una bandada de palomas estalla en el cielo, en un plano que acaso restituye el único punto de vista admisible en el relato de un atentado, de cualquier atentado: el de la víctima; en este caso, un filólogo que se juró que no sería menos que nadie por el hecho de ser español y que ahora, al ver manar la sangre, aún consciente, teme morir desangrado. "¿Y si la bala me ha desgarrado la arteria?", se sigue preguntando.

Con todo, el film encierra un triunfo inapelable. Vean por qué. A FJL le tirotearon, a Boadella le boicotearon; De Azúa no quiere que el profesorado catalán, vivísima destilación de 30 años de pedagogía del odio, tenga el menor roce con su hija. En cuanto a Pericay, una noche fue al teatro y, al salir, se dio cuenta de que ya nada le retenía en Cataluña. Atrás quedaba su vano intentó de vivir del catalán sin ser nacionalista. Y se largaron, sí, mas Cataluña y sus lúgubres adherencias no han sido óbice para que hoy, además de influyentes profesionales, sean tipos razonablemente felices.

Tan razonablemente que ni siquiera caen en la tentación sentimental. Pericay: "Mi Barcelona son ahora cuatro amigos". FJL: "Fui feliz en Barcelona, sí; pero, ojo, también lo fui de crío en Teruel". De Azúa: "Me gusta ser madrileño y que me pongan una tapa con la cerveza, qué demonios, y criticar esos absurdos parquímetros en que uno ha de teclear la fecha de nacimiento de su abuela". Boadella: "Tengo un gran recuerdo de lo que fue el paisaje de mi enamoramiento, pero vaya, lo importante fue el enamoramiento". Entre tanto, unos bañistas tientan las aguas de Barcelona y el mar se descompone en un destello infinito, cegador.

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