Sumisión contra disciplina

José María Albert de Paco

Hubo una época en que el PSC se elevaba sobre un pedestal de suficiencia intelectual, forjado en torno a conceptos presuntamente sofisticados. Catalanismo de progreso, federalismo asimétrico, principio de subsidiariedad... La doctrina que emanaba de los Obiols, Rubert, Maragall y, si me apuran, Mascarell era plomiza, vaga e instruida: los mismos atributos que proyectaban sus autores. Parecía, por lo demás, bienintencionada. Y en boca del mejor alcalde que jamás haya tenido Barcelona, incluso jovial. Se trataba de camuflar entre oropeles retóricos la sumisión al nacionalismo, sí, pero al tiempo que se escenificaba la distancia, quién sabe si insalvable, entre el socialismo catalán, ese florido pensil, y el socialismo español, con su verbo de pana. Cuando Maragall, en fin, escribía a Pujol, solía incluir en copia a Felipe, por ver de ir paliando su flagrante ausencia de sensibilidad para con Cataluña. Escolta, Espanya.

Aquellas ínfulas desaguaron el 24 de septiembre en un pinar de Gavá, Iceta decretando el fin del mundo con el mismo fanatismo con que Jorge de Burgos clamaba, en El nombre de la rosa, contra la risa. "Un monje ciego", escribió Eco, "que hablaba como si aún poseyese el don de la vista". La deriva sectaria del PSOE/PSC refiere la evidencia de que a hombres como Sánchez o Iceta no se les conoce más convicción que el odio al PP. Con el agravante de que, a diferencia de sus antecesores, no acreditan ninguna otra publicación científica. En el caso de Iceta, aún más aberrante que el "¡Líbranos del PP, por Dios!" fue su intervención en el Comité Federal del pasado febrero: "En Cataluña el acuerdo con Ciudadanos ha tenido una lectura un poco diferente por el origen de Ciudadanos como fuerza política muy basada en un anticatalanismo casi me atrevería a decir que primario". Casi. La compasión que se reserva a los leprosos.

Iceta y Parlon (o, como diría Federico, ¡Icetarlón!) han salido indemnes del contubernio de Ferraz. Como si el PSC y ellos, muy concretamente, no hubieran sido los grandes avalistas del enroque de Sánchez. Ello no tiene que ver con que España dispense a sus haters un trato de privilegio. Ya no. La correa de transmisión se ha roto. Y la desconexión respecto a España que preconiza el independentismo tiene en el PSC y su probable indisciplina de voto en el Congreso a su avanzadilla, su cabeza de puente. Su seguro servidor.

A continuación