Somos gente normal

José María Albert de Paco

En consonancia con la retórica torturada que ha presidido el procés, la proclamación de independencia de Puigdemont dejó una postrera palabra para el glosario de la infamia: desescalar. "Asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república", declaró solemnemente el ¿todavía? presidente de la Generalitat, para, inmediatamente, anunciar una petición al Pleno (que se quedó, por cierto, en anuncio, por lo que cabe concluir que la independencia está en vigor) de aplazamiento de los efectos de la declaración en aras de una negociación. Eso sí, entre iguales. La fórmula empleada, entre el toco y me voy y el coitus interruptus, suscitó una mueca de contrariedad entre las diputadas de la CUP, que aplaudieron la frase-término que ha regido sus vidas con cierta desgana. En este sentido, parecía cuestión de minutos que Arran acusara a Puigdemont de haber traicionado el proceso, como así sucedió. El desconcierto también cundió en el gentío agolpado en el Arco del Triunfo. No era ésta, desde luego, la épica balconera con que soñaban los más fervientes militantes; menos aún, obviamente, después de haber protagonizado tantas diadas memorables.

Con todo, y pese a lo turbio que pudiera resultar el discurso de Puigdemont, la declaración de independencia es inequívoca. De lo contrario, la petición de aplazamiento carecería de sentido, por mucho que nada lo tenga ya. Un columnista de provincias, en efecto, capaz de embutir (y nunca mejor dicho) en el discurso más importante de su vida la enunciación "Somos gente normal, no estamos abducidos", acababa de sumir a Cataluña en la anomia.

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