La facultad de la política

José María Albert de Paco

Como recordarán, el profesor Monedero anotó en la cuenta de Podemos la abdicación de Don Juan Carlos, la dimisión de Rubalcaba y el hecho de que el Partido Popular empezara a hablar de regeneración democrática. Fue, si no me equivoco, unos días después de que asegurara que el Estado trató de desmovilizar a la juventud vasca por el procedimiento de sumirla en la heroína. La penúltima fanfarronada de la Anticasta ha corrido a cargo del profesor Iglesias, que se ha jactado de que los sms del 13-M "salieron de la Facultad de Políticas". Nótese, a este respecto, que las secreciones opinativas de los líderes de Podemos no se cifran en artículos divulgativos o ensayos académicos; ni siquiera son perlas que se hallen ladinamente incrustadas en conferencias, discursos o mítines. Antes bien, el pensamiento podemista es estrictamente televisivo o, en su defecto, rastreable en Youtube, esto es, infratelevisivo.

En el caso de nuestros charlistas, el dónde es todo un preludio del qué. No en vano, la mayoría de sus habladurías no son refutables por la sencilla razón de que no pertenecen al orden fáctico, sino al fangal de la leyenda urbana. Atribuir la autoría del "¡Pásalo!" a una brumosa inteligencia asamblearia no difiere en exceso de acusar a la policía nacional de repartir caramelos a las puertas de las herriko tabernas. Por demás, ambos casos ilustran a la perfección la arrogancia consustancial al marxismo, que da en explicar el mundo asomándose a él por el ojo de una aguja. Así, Iglesias pretende, nada menos, que Podemos es un proyecto largamente madurado en probeta, donde todo tuvo sentido desde el minuto cero, desmintiendo así a quienes lo consideramos un aluvión espontaneísta. A Monedero, por su parte, no le tiembla el pulso a la hora de arrogarse la liquidación del último felipista. Cualquier osadía parece admisible a condición de limar la complejidad que, inexorablemente, se cierne sobre los asuntos en que interviene la naturaleza humana.

A todo ello se suma la indiscutible ventaja de ser de izquierdas. Me refiero, claro está, al monopolio (oligopolio, si sumamos el nacionalismo) de los buenos sentimientos. Pillados en un renuncio, arrojan contra sus adversarios "L'Estaca", "Al alba" o "A galopar", bien entendido que sus errores están hechos del barro de la mejor intención, y frente a eso cualquier pejiguería, ay, es una canallada. Ojo, no una canallada contra ellos, sino contra la humanidad. Como los malos periodistas, a donde no llegan con la mentira pretenden llegar con el estilo. El Orinoco triste paseándose por mis ojos y el pajarico de Maduro no sólo son un revival; también son un programa.

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